Del matrimonio, la familia y la juventud a fines de siglo
HASTA QUE LA VIDA NOS SEPARE
Gladys Chávez de Tarnawiecki
La fuerza del amor no es permanente, no al menos en lo que concierne a los amores maritales. Vivimos en la era de la fragilidad de lo permanente, la caída del «hasta siempre», el momento en que los cuentos de hadas no funcionan más, cuando el imperio de lo efímero alcanza también a ciertos sentimientos. La era de la liberación del deber, era del pos-deber que empuja a la realización individual(ista).
Y con este discurso, hombres y mujeres ejercen su derecho a la libertad, aunque ellos históricamente llevaron la delantera en cuanto a adulterio se refiere y con el «Puma» José Luis Rodríguez «perdieron la cabeza por su amor», alentados y reconocidos socialmente por la valoración masculina.
Hoy las mujeres ejercen también esa liberación, se alejan del esquema de «querer a la mexicana» (cliché cultural de la mujer que sufre, se desgarra, sufre «como machos» de pie) y acaban con el engaño, el desamor, el maltrato, inaugurándose nuevas actitudes respecto al divorcio. A la vez, la sociedad protege más activamente a la mujer y a los niños del maltrato y el abandono a través de instituciones de orientación y ayuda. El resultado: un creciente número de «solteras/os con hijos», que llamamos familia uniparental.
Si bien el matrimonio como institución decae, la familia y sus responsabilidades sociales continúan. Y aunque las canciones relaten que «sín ti no sé sobrevivir» alentadas por el romanticismo sentimental –el mismo que exacerban las telenovelas-, el cuidado de los hijos deviene en el principal motor de recuperación y continuidad en la construcción de familia.
Las cifras revelan que todavía en el Perú la tendencia a la unión matrimonial formal o de facto (convivientes) es acentuada: 72% frente a 23% de solteros. Esto, si consideramos el estado civil de los peruanos de 25 a 39 años –los de la segunda juventud-, 46% casados más 26% que conviven. Y si sumamos la situación marital de los «muchachones de 40 a 64 años» tendremos que el 80% de los peruanos maduros prefieren vivir en unión familiar (de acuerdo a los datos proporcionados por la organización «Manuela Ramos», tomadas del INEI Censos Nacionales de 1993).
El creciente número de familias rotas, familias uniparentales, de un solo padre o madre con hijos –materia de la presente nota- no aparece censalmente. El único dato disponible se refiere a los que pierden su pareja por viudez, separación o divorcio: 6.2% en el país, pero no se mencionan los hijos.
Decíamos que los matrimonios y uniones rotas no acaban con la continuidad de la familia, institución fundamental que constituye el espacio donde se produce el nacimiento psicológico y social de las personas, donde se perfila la personalidad y se realiza el aprendizaje de los roles y comportamientos sociales que nos facilitan el desenvolvimiento en la sociedad y su cultura.
Aún ante los nuevos referentes de autonomía individual que llevan a la soltería «elegida», un conjunto de funciones tradicionales perduran. Funciones y roles que toda familia universalmente ejerce. Por ejemplo, aquella que el psicólogo Luis Herrera define como el «parto», que ilustra la difícil transición de niño a joven (luego adulto), proceso que tiene que ser «asistido» por adultos responsables que rodean el nacimiento del joven. Allí la familia es fundamental.
En el centro de la posmodernidad los medios de comunicación, atentos a esta recomposición familiar, reproducen en la pantalla vía Sit-Com o el cartoon esta tendencia. Las series de TV recogen en la ficción el tema: así «3 x 3», «Quién manda a quién», «La Nana», «El chavo del 8», «Baywatch», llevan en sus narrativas peripecias y mensajes del ejercicio familiar de padres solteros. En viejas, como «Papá soltero», hasta nuevas entregas «Jessy» (NBC) o «Dr. Kats» (Locomotion), el tema sigue presente.
Examinemos la serie «3 x 3»: la familia está compuesta por el viudo presentador del programa televisivo «Buenos días San Francisco» quien vive con sus tres hijas, dos párvulas y una adolescente. En su tarea familiar es ayudado por su cuñado y su mejor amigo. Ellos viven con él y lo ayudan en la crianza que es asumida «en equipo». Resuelven, aconsejan, «asisten» el nacimiento psicosocial de estas niñas.
Hacen frente a problemas escolares y domésticos, y a las ilusiones y ansiedades del amor adolescente. Con ejemplar horizontalidad, ejercen la paternidad resolviendo con éxito y humor las curiosidades, travesuras y «paltas» de las chicas. Típica familia uniparental que es extensa a la vez (incluye al tío y al mejor amigo). En la recomposición de la familia éste es también recurso común de los padres solteros: la búsqueda de apoyo en los pares. En la clase media o alta, las empleadas del hogar.
La tesis de esta serie –como muchas de su tipo- es la defensa y preservación de la familia, ideal que no se quiebra. Aquí obervamos un patrón de la ficción que convendría contrastar con la realidad. En los relatos la ficción apuesta por la familia en soltería: aunque el papá o la mamá se enamoren, puestos en disyuntiva, los hijos (la familia) están por encima de cualquier riesgo. En «Baywatch», por ejemplo, relato del padre divorciado que vive con su hijo, rodeado de mujeres hermosas, mantiene romances transitorios sin cuestionar su paternidad soltera.
En la tele-comedia americana, los padres solteros navegan en amores transitorios sin comprometerse, y terminan con cualquier candidato(a) que cuestione el supremo valor: su relación padre-hijo. Esto ocurre también en la historieta: el famoso soltero Donald y sus tres sobrinos-hijos amando a Daisy, su eterna novia, no plasma la unión, no se casan. El mismo esquema de Condorito-Coné y la novia Yayita o el profesor Jirafales y doña Florinda del «Chavo del 8». En este aspecto sería interesante conocer datos sobre la frecuencia de nuevas uniones, de familias con un solo padre.
Entre los paradigmas que se quiebran a nivel familiar está el del hombre como sostén supremo de la familia, como proveedor. Esto se vincula al tema, dado el creciente número de mujeres convertidas en «cabeza de familia».
Las mujeres devienen competitivas en el ámbito laboral. Llevar la responsabilidad económica de una familia plantea en todos los estratos sociales el mandato del éxito económico. Profesionales, empresarias, artesanas, empleadas, todas deben acatarlo. Al igual que los varones.
Esto en contextos de pobreza bien puede haber reforzado las estrategias de sobrevivencia (comedores populares, clubes de madres) que apelan a la solidaridad y a la unión para enfrentar las dificultades económicas. Allí las mujeres han demostrado su alta capacidad organizativa y de lucha.
Según estudios realizados por CEDRO, los principales motivos de ansiedad en los jóvenes peruanos son la pérdida o muerte de sus padres y el fracaso académico. Estas ansiedades, expresadas como «lo peor que les pudiera pasar en la vida», nos estarían indicando la gran importancia que los jóvenes conceden a su familia, asimismo la obediencia del mandato de la educación como valor, como garantía para desenvolverse en un medio más competitivo donde «tienen mejor cabida los mejor calificados y más fuertes económicamente».
El mandato de éxito educativo en el Perú es fuerte; lo exigen los padres y lo perciben los jóvenes. Sus metas: seguir con su carrera, alcanzar ingresos altos; ello les permitirá «tener para ser libres, para poder expresar su individualidad».
En el contexto de reestructuración de las familias por separación o divorcio, examinar estas ansiedades juveniles para aliviarlas subraya la necesidad de cubrir con mucho afecto, amor y comunicación los temores de orfandad que se producen en los hijos. Esa orfandad temida no es sólo miedo al desamparo, a la falta de cuidados y amor; lo es también a la carencia del referente más preciado, el primer modelo.
Las familias se ven afectadas por la presión económica que atraviesa todos los estratos sociales: la gerente que debe vender para cubrir el pago de planillas, el microbusero que trabaja 18 horas, los de clase media que luchan por extender el sueldo entre la tarjeta de crédito, la letra del carro, el colegio de los hijos, sin el tiempo necesario para dedicarlo a la prole.
Se producen así relaciones limitadas en la familia, comunicación de carácter «utilitario», no profundas, como el zapping de TV: se pasa livianamente de un «hola», «ya regreso», «quién me llamó» a «tu comida está en el horno», «dónde dejaste…», antes que verdaderas relaciones que formen el vínculo afectivo entre individuos que se muestren en profundidad. Quizá en su pedido por más comunicación los jóvenes quieran terminar con este mundo de relaciones entrecortadas y fraccionadas de la modernidad.
Quizá en las familias de un solo padre, la tensión y las presiones sean mayores y ello genere círculos de hostilidad que es necesario cortar. Si el sentido de la continuidad son los hijos, a ellos dediquemos la construcción de un buen futuro creando seres alegres, encontrados, realizados.
Después de todo, aunque a algunos nos cueste admitirlo, es conveniente recordar que también a los hijos estamos unidos «hasta que la vida nos separe», y que sólo la creación de un verdadero vínculo hará la relación preeminente.
En los últimos años del siglo de las mujeres, en pleno apogeo de las banderas de individualidad, de libertad, de liberación, se conjugan estas exigencias al lado de roles antiguos. La mujer contemporánea, activa dentro y fuera de la casa, desarrolla rasgos que Lipovetsky percibe como «lo que reconcilia lo nuevo con el pasado, lo que reconduce bloques de tradición al interior del mundo individualista».
A nuestro modo de ver, con la responsabilidad paterna/materna, a pesar de la reducción de actividades domésticas, la mujer de hoy carga cual compromiso mental con un rol que no ha variado en el seno de la familia. Allí funciona el triple turno que debe cumplir: trabajo-familia-sociedad (o política). Todos con calidad total. En tiempos de «divorcio al paso» en nuestro país, más mujeres asumirán la custodia de los hijos; con ellas se repertirá el esquema que aquí comentamos.
Paternidad o maternidad tienen lugar en la agenda de liberación y afirmación individual, como función que no contradice la realización del hombre y la mujer contemporánea. Son parte de ella.