Retratos del poder chileno
Carlos Franz*

 «Lagos lleva la máscara de la tragedia; Lavín, la máscara de la  comedia. Lagos tiene las huellas en el rostro de muchos pasados; Lavín, asegura haber nacido ayer, u hoy mismo. Uno promete los  trabajos del "crecimiento",  el otro promete las fiestas del "cambio". ¿Que preferirá Chile, en la segunda vuelta, el 16 de Enero del 2000? ¿Crecer o cambiar? ¿Recordar u olvidar ? ¿Pensar o  reir?»

El escritor chileno, Carlos Franz, intenta responder a esas preguntas  esbozando un retrato literario de los dos candidatos finalistas, luego  del electrizante empate en las recientes elecciones presidenciales de  Chile.

Escribo estas líneas en la misma noche de la última elección  presidencial chilena de este siglo. Si un gesto facial pudiera resumir  el ánimo de Chile en esta hora, a ambos lados de la brecha política, este sería una gran boca abierta. El lider indiscutido de la centro  izquierda, el campeón de las encuestas de popularidad durante una década, Ricardo Lagos, disputa centímetro a centímetro la meta con  el candidato de la derecha. Técnicamente, han empatado en un 47%. Muchos aun no caen en la cuenta. Después de diez años de gobiernos básicamente exitosos, dirigidos por la misma Concertacion de Partidos  por la Democracia que derrotó a Pinochet, la derecha se ha dado el  lujo de castigar a esa alianza sacando su votación más alta en la  historia chilena de este siglo.

Habría que retroceder casi 50 años  para encontrar un caso similar. Ni Pinochet con todo el poder de su  dictadura, obtuvo más en el plebiscito que perdió.
Estadísticamente, ninguna encuesta había previsto esto. Aunque las  cifras de intención de voto más favorables a Lavín, lo elevaban a  un 43 %, esa misma gente, ante la pregunta de quien ganaría, le daba a Lagos el triunfo con un 60%, aproximado. La propia gente de Joaquin Lavín, aun no se lo cree del todo, también se demoran en cerrar la  boca. Las celebraciones, en los barrios acomodados de la capital, han  empezado con cierta perplejidad, cierta incredulidad. Hacía demasiado  tiempo que la derecha había dejado de creer en una victoria política  por el voto, en lugar de por la fuerza. Y la Concertación, aun con  ventaja de algunos miles de sufragios, no celebra en absoluto. Por el  contrario, Lagos se dirige a sus electores con un nudo en la garganta,  pidiéndoles no perder la fe.

¿Qué ha pasado? ¿Quién se equivocó? Políticos, sociólogos,  periodistas empiezan a renunciar a sus averiados aparatos de análisis,  y se ponen líricos o esotéricos. Con cierta repugnancia, afirman que  estos nuevos votantes son impredecibles, y que, al parecer, se inclinan  por las personas de los candidatos, en lugar de por sus ideas o mensajes. Algo inusitado en Chile, algo que quizá marque la política del próximo siglo, no sólo acá sino en muchos sitios de Latinoamérica. En todo caso, un fenómeno nuevo que posibilita -o exige- nuevas maneras de leer nuestra realidad. Creo que una de ellas, una de las pocas miradas confiables que nos quedan, es la lectura  literaria. La literatura, con su acento en los destinos individuales de sus personajes, con su énfasis en las historias con h minúscula, en lugar de la gran Historia con H mayúscula, puede ser el último recurso para entender estos tiempos que sorprenden en paños menores a  los discursos científicos; tiempos que se resisten a las  generalizaciones y contradicen las teorías.

La narrativa, tiende a leer los hechos privados y también los sociales,  como material de novela. Es decir, no como hechos abstractos, sino como fenómenos encarnados en sus protagonistas. Un escritor ve en las personas lo que el origen griego de la palabra significa: máscaras. Y en las máscaras a los personajes que éstas representan. Los personajes  en la campaña presidencial chilena, por ejemplo.

Lagos, el trágico.
El protagonista de esta novela, qué duda cabe, era el candidato de la  Concertación de Partidos por la Democracia, Ricardo Lagos. Lo era por  el puro peso de su condición de trágico. Macizo, rotundo, lo  distingue un rostro de asumida fealdad, lucida con un desdén casi  imperial. La frente redonda, la nariz de punta aplastada, los labios  gruesos que sugieren una sensualidad en pugna con esos ojitos oscuros,  inteligentes y melancólicos; en fin, una summa del mestizaje chileno.  Cara de andaluz araucanizado. Si la novela de esta campaña se adaptara  alguna vez al cine o al teatro, tendría que escogerse para representar  este papel central a un actor de mucho carácter, un Vittorio Gassman,  por ejemplo. O en todo caso, alguien de mucha habilidad para expresar  estados de ánimo contradictorios. Dotado de un vozarrón que alcanza hasta las últimas filas de platea, Lagos se pasea por la escena  pública con un aplomo que, sin embargo, no alcanza a ocultar una íntima timidez, una tensión que jamás se relaja del todo, en fin, una tristeza.

Observando esa tristeza, no puedo evitar recordar que Lagos estudió  leyes en las marmóreas frialdades de la Escuela de Derecho, en la  Universidad de Chile. Yo también estudié en esa Escuela. Y aunque  ignorara que él lo hizo, lo reconocería por la lengua, por esa gomina verbal que peina hasta sus improvisaciones; los casi enternecedores terminachos de la oratoria forense: estamos «contestes»,  por «estar de acuerdo»; la «sana doctrina», en lugar del «sentido  común». Pero sobre todo, lo reconocería por la herencia contradictoria de esa educación. Lagos, como muchos hombres enseñados a buscar la justicia, parece más a gusto en las abstracciones que en los casos reales.
Casos reales como los que encontró a cientos en su campaña. En una de sus propagandas televisivas se lo muestra caminando al encuentro de una mujer pobladora. La cámara lenta permite estudiar sus movimientos  en detalle. La mujer gorda y desdentada le abre los brazos como quien recibe a su esperanza, y Lagos la abraza. Pero lo hace de medio costado, sin apretarla, cohibido por esa proximidad. No es que no quiera verdaderamente a su pueblo; lo que ocurre, alcanzamos a imaginar, es que lo quiere demasiado, es que se emociona y no sabe qué hacer con ese  sentimiento. Y como a muchos tímidos profundos, las emociones lo  abruman, lo intimidan, y se pone a un brazo de distancia de ellas.  Excepto de una: la indignación. Cuando se indigna, él y su rabia  son de una pieza. Como cuando llamó al orden a Pinochet, todavía en  plena dictadura, apuntándolo con el dedo índice muy erguido a  través de la cámara de televisión, ante todo el país. Nadie antes se había atrevido a tanto; aunque eso es característico  también de los tímidos, son de la sorpresiva madera de la que están  hechos los héroes. Ese dedazo hizo la fortuna política de Lagos. Y sin embargo, esa ira es la única espontaneidad que conoce, al menos en público (porque en privado ¿qué gracia tiene ser espontáneo?). El resto es su patente incomodidad ante las audiencias,  el envarado miedo que debe vencer. Si sale Presidente, los chilenos contaremos ya dos tímidos seguidos en La Moneda.

Aunque Frei lo es de otra especie, la de los «operados de los nervios», como él mismo se describe, mientras lija una carcajada con sus dientes amarillos. En  cambio, Lagos, tiene todos sus nervios conectados al alto voltaje de su  inseguridad. Uno llega a preguntarse ¿qué habrá llevado a desear  ser político a un hombre que sufre tanto en público? ¿De qué penas  antiguas le viene esta sed ambiciosa de aceptación y amor? Sabemos  que es hijo de dos soledades.

Hijo único, de una madre viuda, que casi  no conoció a su padre. E hijo de esa otra viudez: la clase media venida a menos, a punto de desbarrancarse en la pobreza. Se ha hecho a sí mismo a pulso, a pura inteligencia y determinación, solo contra el mundo. Y ha llegado hasta la cúspide del mismo modo. Milita en dos  partidos, el socialista y el PPD -que él mismo creó, para aliviarse  la soledad de la dictadura-; pero bien sabemos que habitar en dos sitios  equivale a no vivir en ninguno. Es agnóstico, lo que significa que  nadie lo acompaña en el universo. Se ha casado dos veces, lo que para un hombre con ese sentido del deber equivale a haber muerto ya una vez.  Y aquí está. Solo en el podio, alzando los brazos, pidiendo que lo  quieran.

Lavín, el comediante.
Si Lagos es un trágico, Lavín es un comediante. Todo escritor sabe  que, desde un punto de vista argumental, el protagonista  de una novela no siempre es el más interesante. Carga con demasiadas  responsabilidades narrativas que lo abruman. Y de esto suelen sacar partido sus antagonistas. Esta elección presidencial chilena confirma esa regla. El personaje más interesante no ha sido el angustiado protagonista, sino su activísimo antagonista, el candidato de la  derecha, Joaquín Lavín. No es de sorprenderse. Si en el pasado la derecha latinoamericana proveyó en abundancia a la imaginación literaria con dictadores y caudillos, parece que en la actualidad se está volviendo una fuente insustituible de materia prima narrativa,  proporcionándonos candidatos exóticos o imprevisibles, y presidentes  de farándula.

Joaquín Lavín es un economista, de 46 años, proveniente de una  familia de agricultores asentados en el lluvioso sur chileno. No viene  exactamente de la aristocracia terrateniente, pero sí de sus más fuertes  extramuros, la burguesía de provincias. Su retrato no puede ser más diferente al de Lagos. Todo lo que en aquél es experiencia sufrida, en  Lavín es inocencia de vida. Tiene lo que en Chile se llama,  popularmente, «carita de guagua», rostro de bebé. Un bebé sonrosado, de frente tersa, como si jamás la hubiera angustiado una arruga, con las mejillas regordetas y satisfechas, del lactante que mamó bien. Si  sale Presidente, en la segunda vuelta, será el más joven que haya  tenido Chile, en un siglo.

Se ha dicho mucho que su master en economía en Chicago (of all  places!), es dato suficiente para entender su ideología: la de un  neo-liberal duro y puro. Un joven tecnócrata capaz de tomar decisiones  despiadadas, con una sola mirada a la calculadora. Se ha dicho también  que su afiliación al Opus Dei, bastaría para revelarlo en su íntimo  conservadurismo. Que de allí vienen la misa diaria, la mística de trabajo, el espíritu de cruzados que los anima a él y a sus correligionarios. Por ultimo, se mencionan antecedentes más circunstanciales, de estrategia: sus viajes a Lima, donde al parecer fue a buscar la iluminación fujimoriana, para el arte marcial del populismo; ese «jiu-jit-siu» que consiste en doblarse con todo el cuerpo a  la izquierda del adversario, durante la campaña, sólo para enderezarse de golpe cuando el otro cayó en la elección, quedando parado a  la derecha, en el centro mismo del poder.

Pero yo tengo para mí, que el rasgo que mejor define el retrato de  Lavín está en lo obvio, está en su cara. Es su imborrable,  impajaritable e indeleble, sonrisa. Una mueca feliz y automática, de  esas que se activan al menor contacto visual con un extraño. Y yo creo  saber de donde le viene esa sonrisa.
Basta mirarle su «carita de guagua», a Lavín, para entender que todo  lo que sabe lo aprendió de chico, en el colegio; en el tradicional Colegio de los Padres Franceses de la Alameda, en Santiago. Chile es todavía un país lo suficientemente pequeño como para que pasen estas cosas: por pura coincidencia, yo también estuve en ese colegio.  Y aunque duré solo dos años en él, lo que sé sobre nuestro paternalista sistema de clases -las sociales, no las escolares- lo  aprendí allí. Tenía siete años y recuerdo que una, o serían dos, veces a la semana, las «madames» suspendían nuestro recreo de las doce un poco antes y nos obligaban a refugiarnos tras los ventanales de las salas, antes de abrir un par de inmensos portones que comunicaban con el  «patronato». Un colegio paralelo para niños pobres que los curas, por no olvidar del todo su vieja vocación misionera, mantenían con el  producto de su negocio principal. Las grandes puertas del patronato,  llenas de talladuras y marcas, crujían como las mismísimas puertas del infierno esculpidas por Rodin, y se abrían. Una horda de niños  vociferantes y raídos invadía entonces el patio y se apoderaba de «nuestros» juegos metálicos, se revolcaban en los mullidos prados que  teníamos prohibido pisar, y se trepaban por el mástil donde ondeaba la tricolor francesa, junto a la chilena. Durante diez minutos, los alumnos del patronato paralelo se tomaban esa pequeña bastilla del patio, ocupados en un juego febril y voraz que trataba de sacarle el máximo de diversión a esa aventura semanal.

Mientras nosotros, los niños del antiguo colegio, encerrados en nuestras aulas, con las narices pegadas a los cristales, los observábamos con miradas  estupefactas, entre el miedo y la envidia, provocando que algunos se  burlaran de nosotros y nos sacaran la lengua. Pero finalmente la  victoria siempre era para «el colegio antiguo», pues al sonido de una campana aquellos «niños paralelos» terminaban por ser arreados  nuevamente hacia el oscuro interior del edificio contiguo y las puertas  se cerraban, por una semana más.

Con los años he llegado a pensar que el espectáculo era deliberado, que se trataba de una corta y temprana -pero contundente- lección de  ciencia política. Y no me cabe duda de que Joaquin Lavín, como el  mejor alumno que fue en ese Colegio de los Padres Franceses, debe haber aprendido bien la lección. De que en esto, al menos, nunca ha salido  del colegio.

En estos días de campaña, viendo a Lavín recorrer el país en su  cronometrada «caminata por el cambio», bajando del podio para bailar  cueca o cumbia con los pobladores, poniéndose cascos de minero y chullos de aymaraes, sin jamás dejar de sonreir, he recordado esos  diez minutos de  recreo para los niños pobres del colegio paralelo,  esos diez minutos de fiesta tras los cuales todo volvía a quedar en su sitio y nada había cambiado; los gruesos portones de la sociedad chilena volvían a cerrarse y cada cual volvía a su sitio. Hasta el próximo recreo, hasta la próxima campaña. Y me parece que es porque conoce bien ese secreto, que Lavín, siempre, ha sonreido tanto. Tragicomedia chilena.

La literatura sigue creyendo en esa manera de la alquimia que es el  rostro humano, la trasmutación del alma en rasgos físicos. Los  personajes centrales de esta campaña se han comportado de acuerdo a  sus retratos.

Lagos grave, adusto, tristón, no ha necesitado más que poner la cara  para promocionar las viejas virtudes -un tanto infladas, pero siempre preferibles a la demagogia- del estado republicano chileno, que él  representa. Sobriedad, meritocracia, laicismo. Palabras decimonónicas que deben pronunciarse con el rostro meditabundo de un tribuno de la  plebe y una punta de melancolía lírica en la voz. Esa melancolía que hasta cierto punto fue consustancial a Chile, un país flaco y demasiado serio, de pie contra el rincón de América. Una melancolía  que también es la de una izquierda que lleva las heridas de muchos agravios y equivocaciones, de demasiados muros que les han caído encima.  Pero que, antes que nada, es la tristeza personal de Lagos, que no se le destiñe del fondo de los ojos oscuros ni cuando se ríe. Porque el  «crecimiento con igualdad», que ha sido su eslogan, en realidad es como él creció, empatando su destino a pura fuerza de voluntad contra  tantas desigualdades.

Esta misma tristeza, sin embargo, ha sido su peor enemigo en la  campaña. En el nuevo Chile, americanizado por el boom económico que nos heredó Pinochet, «al que ríe la suerte le sonríe»; «el que ríe al último lo hace mejor»; y el que ríe más fuerte de todos, es el  rey.

Y ha sido esa risa contagiosa, nerviosa, el arma más poderosa de  Lavín. Su son-risa inedeleble, digitalizada, metáfora y cifra de los  tiempos, de esta fiesta de fin de milenio donde celebramos lo que va a  morir. La sonrisa de Lavín representa la inocencia, la perfecta falta  de pasado de un niño, la conciencia que nace todos los días como si  no hubiera un ayer. «Viva el cambio», ha sido su eslogan, lo que  podría traducirse como la oferta de vivir en el cambio perpetuo, en ese presente continuo que parece ser la única eternidad restante en la sociedad virtualizada. Su risa es la mejor metáfora de la comedia del Chile nuevo, donde medio borrachos de excitación, abrimos el closet en busca de una máscara para la fiesta de fin de año y nos salta de adentro un esqueleto. ¡Que buena broma!, gritamos y seguimos bailando.  Lavín ha ido por Chile bailando en sus concentraciones y haciendo reir  a mandíbula batiente a las masas, con sus conjuntos de batucadas, sus  hombres en zancos y sus populistas promesas de una prosperidad que  chorreará de la mesa del banquete, hacia el Chile paralelo. Sólo hay que sentarse a esperar que suene la hora del recreo. Cuando los portones se abrirán y los niños pobres entrarán a jugar y reirse y montarse  sobre los juegos de los otros, por un rato. Como en el antiguo colegio.

Lagos lleva la máscara de la tragedia; Lavín, la máscara de la  comedia. Lagos tiene las huellas en el rostro de muchos pasados;  Lavín, asegura haber nacido ayer, u hoy mismo. Uno promete los  trabajos del "crecimiento",  el otro promete  las fiestas del "cambio".  ¿Que preferirá Chile, en la segunda vuelta, el 16 de Enero del 2000? ¿Crecer o cambiar? ¿Recordar u olvidar? ¿Pensar o  reir?.  Sospecho que la respuesta no será válida sólo para Chile. Sospecho que nuestra elección contribuirá, con una pequeña pincelada, a pintar el retrato, triste o risible, de lo que será este próximo siglo en Latinoamérica.
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* Carlos Franz es escritor. Su ultima novela, El lugar donde estuvo el  paraíso (Ed. Planeta, 3a. edición, 1998), fue Primer Finalista en el 10º Premio Latinoamericano de Novela Planeta, otorgado en Buenos  Aires,  y ha sido traducida a ocho idiomas.
 



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