MUJER ESCRIBIENDO
Carmen Ollé

Veremos, me dije, qué hago yo para construir un personaje masculino desde mi sensibilidad femenina. Primero, parto de la idea de que mi sensibilidad es algo genético o cultural que no tiene carta de ciudadanía, es decir no está a la vista, sólo en mis nervios.

Desde ya la imagen de que soy una mujer escribiendo sobre un hombre sería un estorbo; el producto de ese intento, una tesis  taimada, peligrosa. Creo también, como la escritora española Rosa Montero, que la literatura no debe ser utilitarista.

Sin embargo, la mirada personal que tiñe mi literatura está altamente cargada de mi condición genérica; mientras que los personajes surgen como resultado del arduo trabajo que realizamos, consciente o inconscientemente, con un plan o sin él.

Se dice que las escritoras no construyen mayormente personajes masculinos, pero no es así. Desde Margarita Yourcenar en Memorias de Adriano, tanto como en Alexis  o  El tratado del inútil combate, hasta Patricia Hihgsmith en Ese dulce mal, y Laura Retrespo en El leopardo al sol, constato que sus protagonistas son hombres. Hombres de personalidades conflictivas, psicópatas, asesinos a sueldos, narcotraficantes. Si hay algo que distingue a los personajes femeninos de los masculinos en Highsmith, por ejemplo, es que el protagonista de la saga de Ripley o el esquizofrénico de Ese dulce mal, pese a todos sus defectos y emociones o pulsiones asesinas, con hábitos y rutinas comunes a todos los mortales, despiertan siempre nuestra compasión y simpatía. Sus personajes femeninos, en cambio, se caracterizan por ser seres convencionales que no afectan la vida del lector ni transgreden el establishment.

La novela de la colombiana Laura Restrepo se distingue por el especial sentido del humor con el que logra una radiografía de lo real maravilloso. Los hermanos Barragan y los Monsalve resultan el producto de un mestizaje cultural donde lo aparentemente moderno, el compulsivo consumismo, da rienda suelta a múltiples frustraciones, al agobio y a un irrefrenable deseo de imitar la vida exitosa del jet set. Lejos de ser estereotipos ellos aman, lloran, se enamoran platónicamente.

Nunca olvidaré la impresión que me dio Alexis hace muchos años cuando lo encontré en la biblioteca de Mahon, en la isla de Menorca. En la obra, a manera de una larga carta, Alexis le confiesa a su esposa su homosexualidad. Entonces me pareció el retrato oculto de la autora, no sólo por su sello femenino que no identifico con su opción sexual, sino por la lentitud y cadencia de su discurso, y por la pasividad característica de una sensibilidad frágil y enfermiza que le señalaba un destino poco heroico. Me imaginé a Alexis un niño de doce años sorprendido en falta y completamente aislado, como yo en esa isla.

Curiosamente, tiempo después noté que Adriano tenía la misma voz, igual lentitud y cadencia en sus movimientos. Esta vez se trataba de un emperador romano, razón por la que nunca pude apreciarlo como tal sino como un amable vecino taciturno.

Cuando escribo tampoco me someto a una metodología en particular, no hago ningún casting para inventar un personaje masculino -no sé si ésa es la palabra exacta. Debo conjurarlo por una suerte de reciclaje onírico e intertextual, además de mis frustrados amores y los otros. Así, Jean, en las Dos caras del deseo, cobra forma gracias a un negro haitiano que conocí en las clases de inglés para inmigrantes en el Middle School, de Rahway. El se sentaba a mi lado durante un par de horas y debía traducirle al francés algunas palabras que no comprendía. La palabra mágica fue «le parapluie». Gracias a ese paraguas él me pidió el teléfono para invitarme a salir. Claro que no se lo di, aunque ahora no me resulte tan claro. Pero a partir de ahí se transformó en Jean, el artista vendedor de máscaras africanas con el cual comparto en la novela una serie de aventuras imaginarias. Probablemente me conmovió su tristeza cuando le contesté, aturdida, que en la pensión no había teléfono.

Construir un detective privado bastante excéntrico y de personalidad múltiple en Pista falsa, mi segunda novela, me costó el calificativo de imposible. En realidad, este personaje no es más que un caballero cínico e inteligente con la apariencia de un actor de cine, un excelente partner o un amable conversador para cenar a la luz de las velas y  recorrer la ciudad nocturna. Por esa época extrañaba tener un amigo a mi gusto, alguien que además de burlón, cínico e inteligente tuviera un pasado misterioso.

Creo que proyectamos en el personaje, ya sea mujer u hombre, las virtudes y/o defectos que echamos en falta en los personajes inacabados de otras novelas y en los de la vida real, especialmente.

Mi detective misterioso y ubicuo tenía algo también de Lauren Bacall y Bogart al mismo tiempo, no era privativamente masculino, su voz se parecía a la de Lauren, incluso su modo de mirar. Nunca lo relacioné con Humphrey Bogart sino con Jean Paul Belmondo o Gian Maria Valonté, no sé por qué.

En un primer momento del proceso el personaje se dirige a mí, escucho su voz, su manera de expresarse, los temas que propone, si tiene chispa o no, entonces recién me interesa saber cómo es físicamente, si alto o bajo, rubio o moreno. Prefiero sufrir su mirada antes que conocer el color de sus ojos. Y, sobre todo, lo que es capaz de hacer. A menudo me pregunto si sería divertido pasear con él un Viernes Santo o sobre qué conversaríamos un 28 de Julio. De manera especial, qué oculta detrás de esa sonrisa ladina: un filósofo, un asesino o ambas cosas.

Aparte de no poder reconstruir una eyaculación en mi vida real por imposible, no veo qué no se puede intentar en la personificación de alguien que no es de tu mismo sexo.  Pongamos  como reto un travesti, lo único que entra en juego además de la capacidad de novelar -innata o aprendida- es el hecho de ponerte sus zapatos sin asco o con pasión, según sea el caso. Pero sobre todo con el propósito de aprender del otro, no para transformarte en él, naturalmente, aunque hay personajes que invariablemente son la prolongación de uno mismo y tienen una alta dosis de nuestra composición química.

Incluso en los casos de la escritura más visceral y autobiográfica, el personaje no se pertenece del todo, tiene de él, de la autora, de lo soñado en él, de lo no vivido en ella, ya que la memoria es una mezcladora fantástica en la ficción, un piraña depredador. Si no fuera así, Por qué hacen tanto ruido no podría ser leído literariamente sino como un documento clínico.

Lo más difícil de preguntarme en el nacimiento de un personaje, hombre o mujer, es si será capaz de matar a alguien. Esta pregunta tiene que ver directamente con la trama y con la capacidad de planificar y visualizar el argumento desde el principio, cosa difícil para mí. Pero hay algo a lo que sí recurro como una conjura si se pone difícil: imagino al protagonista para guardarlo dentro de mí. Trato de percibirlo en momentos críticos y, aun más, de escucharlo susurrar, agonizar, cuando voy en el micro o estoy en un taller, un seminario, una asamblea, etc. Es decir, me encierro con él, me ensimismo a vista y paciencia de los que me rodean para bajarlo al papel. Nada más se puede hacer con la imaginación. Aunque ésta a veces -debido a ciertos gajes del oficio y algo de locura- se confunda con nuestro presente y nos guíe por caminos insospechados.



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