RETRATO CON MUJERES
Iván Thays


 

LA VENGANZA DE HERA
El principio fue un mito. Un día, Hera y Zeus estaban discutiendo sobre quién sentía mayor placer en el coito. Decidieron llamar a Tiresias, el vidente, para que revelara aquella verdad silenciada durante siglos olímpicos. Éste contestó que, si el placer consta de diez partes, la mujer recibe nueve y el hombre sólo una. A Hera no le gustó la respuesta y, enfurecida, cegó a Tiresias. Podría resultar extraño para las feministas de fin de siglo que Hera, en vez de vanagloriarse por esa superioridad destacada incluso sobre Zeus, se sintiera ofendida y castigara a Tiresias. Sin embargo, lo que ofendió a Hera fue algo más íntimo, más importante: la revelación de uno de esos misterios que los videntes tienen la obligación de custodiar antes que revelar.

Durante siglos, los hombres se han dedicado a descubrir, domesticar y gobernar lo ingobernable, indócil y secreto. Ellos han hecho las guerras, han inventado la épica, han desdeñado como menores los sentimientos íntimos, se han burlado de la fragilidad y, en tiempos de paz, a falta de batallas mejores, han convertido todos sus actos (el amor, el trabajo, el deporte) en una intensa competencia, pobre remedo cotidiano y pueril de sus antiguas conquistas y de los combates épicos que añoran con masculina nostalgia. Las mujeres, en cambio, durante aquellos mismos siglos han mantenido el perfil bajo, dedicadas a formar a los hijos que irán a las guerras y a las mujeres que darán el reposo al guerrero. Pareciera que ellas se contentasen con pequeñas felicidades: el beso de Héctor a Andrómaca antes de la batalla; Ariadna esperando la llegada de Teseo o Dionisio, un dios o un hombre, capaz de regalarle una bonita historia de amor.

Si las cosas están así, ¿por qué provoca Zeus esa discusión con Hera? Pues porque las cosas no son tan sencillas como aparentan. Porque después de haber conquistado todos los territorios y festejado sus hazañas, los hombres vuelven los ojos hacia sus mujeres con la punzante sospecha de que en ellas, en sus corazones, en sus cerebros, en sus espíritus, hay fortalezas inexpugnables. Y un guerrero no soporta que se le pongan cercos. Pero ésa era una batalla que sabían perdida de antemano. Las mujeres ya estaban rendidas, a veces hasta humilladas, y sin embargo... Y sin embargo, esa mirada, esa sonrisita, esa complicidad cuando se encuentran a solas, entre ellas, y susurran echando de vez en cuando miradas suspicaces. ¿Qué secreto esconden? ¿Qué cosa hay tras la cortina de la aparente fragilidad, de la rendición simulada? Como dice el novelista italiano Roberto Calasso, interpretando la discusión de Zeus y Hera en Las bodas de Cadmo y Harmonía: «Es posible que la mujer(...) supiera mucho más de su dominador, siempre dando vueltas entre la palestra y los pórticos».

BITÁCORA DEL MIEDO
No es fácil para un hombre aceptar la existencia del secreto. No es fácil reconocer que la palabra impotencia, la más dolorosa y temible para un hombre, surge de manera inevitable cada vez que se intenta poseer ese misterio. La única respuesta de los hombres ante un contendor tan inefable como las mujeres es el menosprecio, la burla, el insulto, el agravio. Ninguno como Cesare Pavese ha expresado mejor la derrota de los hombres cuando deciden, con heroísmo, con locura, aceptar el reto y emprender batallas de amor:  «Las mujeres mienten, mienten siempre y a toda costa. Y no hay que asombrarse: tienen la mentira en los mismos genitales. ¿Quién sabrá nunca cuándo ha gozado una mujer? ¡Qué majadero es el hombre con su miembro enorme, colorado y descubierto, tieso y palpable, que eyacula en presencia de Dios y se lo ve escupir y colgar y aflojarse!  Entre otras cosas, la natura femenina tiene el aire de una boca que ríe. Él lo hace todo fuera, a la luz del sol, pero en la mujer hay que penetrar, hurgar, y todo sucede en las vísceras, en los raigones de la carne». Citas como ésta han contribuido a que se considere el diario de Pavese un manual de misoginia, aunque en realidad sólo es una bitácora del miedo.

LA LITERATURA FEMENINA
¿Existe una literatura femenina? Quizá sea discutible desde una perspectiva textual o estructural; pero si tenemos en cuenta que de hecho, sin discusión alguna, existe una literatura producida por mujeres, entonces debemos aceptar que sí hay una literatura que puede apellidarse «femenina», pues esa tensión, esa lucha constante desde el tiempo de Hera y Zeus, entre el secreto que se quiere descubrir y el misterio que no se debe revelar, necesariamente debe reflejarse en los textos y, de manera distinta, en los que tienen el poder y en las que tienen el secreto.

El problema puede plantearse así: estructuralmente hablando, no cambiarían los rasgos textuales de las obras de Borges si descubriéramos que éste era en realidad una mujer; literariamente sí, pues el cambio de contexto implica un cambio de interpretación. Considero que el estudio de una obra literaria, o de un fenómeno como el de la «literatura femenina», depende de muchos factores convergentes como el texto, la intención del autor, el dictado de su época, las expectativas que el texto tiene implícitas y las expectativas que se actualizan en cada época y cada recepción. Si tenemos en cuenta todos estos factores, el estudio de género en las obras literarias no es un absurdo sino un campo fértil e interesante que puede decir mucho sobre la literatura y, desde luego, sobre nosotros mismos y la verdad que se encierra en el arte.

Ahora bien, la pregunta pertinente es: ¿podría ser un hombre el autor de los poemas de Plath o de las novelas de Woolf? Desde la perspectiva puramente formal la discusión sería bizantina: dentro de las posibilidades de combinaciones lingüísticas está generar tal texto sin necesidad de que el autor sea del género masculino o femenino, humano o computadora. La pregunta por la identidad del autor es, para el estructuralismo o el formalismo, una pregunta ociosa pues no puede integrarse al análisis con rigor. En cambio un criterio más amplio, que pretenda afrontar la investigación literaria desde perspectivas menos encorsetadas -aunque eso implique que sean más divagantes- no puede soslayar esa pregunta en cuya esencia está la naturaleza misma de la existencia de una literatura que responda a las necesidades e ideología de su productor.

PERSONAJES FEMENINOS
Los personajes femeninos de mi novela no existen. Son todas fantasmas, espectros que se repiten en el espejo. O maniquíes cuya existencia sólo tiene sentido porque hacen sufrir o salvan a los personajes masculinos. Desde que empecé a escribir, siempre rechacé varios retos que se supone deben ser retos compartidos por «todos» los escritores. Jamás me interesó hacer la «novela de la Lima de hoy», y tampoco la novela sobre «la violencia senderista». Nunca me puse como reto, por lo demás, crear un personaje femenino inolvidable; aparente triunfo de todo «buen escritor».

Sin embargo, admiro mucho a algunos personajes femeninos de otros autores; no por ser femeninos, sino por ser convincentes. He aquí una lista de la que, por cierto, he excluido, no sé por qué, los personajes de novelas escritas por mujeres y de obras no narrativas. Ana Karenina y Emma Bovary, para empezar con lo mejor. Ambas tienen una vida hermosa y real, más allá de las palabras que las encierran. En el extremo opuesto de estas mujeres físicas y casi concretas, están las mujeres fantasmales. Mis favoritas son la dupla creada por Bruno Schulz: la poderosa empleada Adela, reina diurna y sensata, y la maligna Magda Wang, reina de un reino perverso y sadomasoquista. Entre uno y otro mundo, el real y el fantástico, se halla la Ada Veen (de Nabokov), hermoso ser del bosque, y la luminosa Clea Montis (de Durrell). Asimismo, odio con especial insistencia a todos aquellos personajes femeninos locos o problemáticos, como la Maga (de Cortázar), Alejandra (de Sábato) o Justine (de Durrell), cuya existencia sólo sirve para la infelicidad.

En la literatura peruana, y siempre siguiendo el pulso de mi arbitrario gusto, considero a Ana, Adela y Graziela, protagonistas de distintos cuentos de Otras tardes de Luis Loayza, los mejores personajes femeninos en cuanto a existencia física y tangible. En el lado espectral, el ser sin alas Giulia (de Eielson) y la adorable Catita (de Martín Adán). Y siempre me enamoro de las mujeres de Bryce: la elegancia de Susan, las minifaldas de Inés, la erótica bondad de Octavia de Cádiz. Las novelas de Bryce, por cierto, siempre me han parecido una summa total, un continuo, como si todas no fueran sino una larga y delicada carta de amor.

¿Qué lugar ocupan mis pálidos personajes femeninos en este mundo de mujeres literarias perfectas? El lugar de un cielo cubierto de pájaros fugaces, de sinfonías inconclusas, de mujeres melancólicas que pasean de un lado a otro por las avenidas de mis cuentos acostumbrándose a su fantasma, o tratando de librarse de las amarras del sueño que las contiene.

LA BODA DE AQUILES
Juan José Arreola definió con bella precisión la actitud que los artistas toman frente a las mujeres. Dijo: «La mujer tiene siempre la forma del sueño que las contiene». Así como aquel primitivo de Altamira encerró el dibujo de un bisonte en una cueva oscura para secuestrar su alma y domesticar su voluntad, el artista encierra a sus mujeres en libros para convertirlas en un simulacro al que se puede vencer, cuyo secreto se puede raptar o desdeñar, cuyas ofensas no hieren. Otra vez un mito griego nos da la pauta: Aquiles detestó a Helena mientras luchaba contra los troyanos.  Pero cuando muerto la encontró en el Hades, la amó tanto que decidió casarse con ella. Es decir, temía al ser vivo pero amó a su espectro.

Quizá Aquiles no hubiera tenido tanta rabia contra los troyanos de haber sabido que, tras sus muros, no se escondía Helena sino su fantasma. En efecto, el mito cuenta que Helena y Paris, después del rapto, se detuvieron en Menfis donde Proteo, su rey, enterado del secuestro, decidió retener a Helena y dejar ir a Paris hacia Troya pero solo; o, más bien, acompañado únicamente del simulacro de Helena. Entonces, la sangre de troyanos y aqueos había sido derramada por culpa de una mujer que no existía, por un fantasma impalpable. ¿Por qué silenció Homero ese dato? Porque no convenía a la épica, desde luego, pero no sólo desde la perspectiva literaria (en donde el engaño o el silencio se justificaba por la ficción) sino también cultural. En el fondo de esa ficción homérica está el desprecio -o el temor- de los hombres hacia las mujeres. Los troyanos, de tener a Helena en su poder, se la hubieran devuelto a los aqueos de inmediato. ¿Qué ganaban ellos cuidando a una mujer traidora entre sus muros? No hubiera habido guerra, ni hazañas, ni héroes, ni luchas; y eso es algo que nadie debe impedir, menos aún una mujer. Era un alivio para los guerreros que Helena sólo fuese un simulacro; así podían obviarla y darle una justificación más elevada y digna a la guerra, como el poder o la épica. De haber estado Helena en medio de la batalla, quizá hubiera podido subir las escaleras y observarla con esa sonrisa llena de triunfo y secreto que hubiera desarmado a los contendores de ambos bandos quienes, en realidad, hubieran dejado de ser héroes para ser víctimas de una mujer, sus caprichos y sus misterios. Homero no podía permitir eso. Ningún escritor podía permitirlo.

Así, creo yo, la existencia de una literatura hecha por mujeres, tanto como la de personajes femeninos, es el resultado de la latencia de una literatura hecha por hombres, que pugnan por afantasmar a sus heroínas, contra otra literatura hecha por mujeres, que buscan darles aliento de vida a las suyas  permitiéndoles existir bajo la luz de la tierra y no sólo bajo esa maraña de sueños y fantasías que los hombres han inventado para arrebatarles su realidad.



 Regrese al índice Nº 121