Elecciones en Uruguay
EL TERCERO RESUELVE
Rosalba Oxandabarat*

Es probable que el domingo 8 de noviembre muchos uruguayos confirmaran que no hay caso, que este país no puede cambiar. Entre las varias manías de un país con complejo de petiso no es la menor un cierto fatalismo, resultado combinado de que tanta gente se aburra en oscuras oficinas -¡la burocracia!-, del gusto por el tango, de la herencia inmigrante, del espíritu de la clase media, de los libros de Onetti y de ese viento tan fuerte y frecuente. (Factor principal, según el escritor Carlos Liscano, del tardío reconocimiento del Rey de España de que estas vaquerías entre la laguna Merín y el río Uruguay, intermitentemente recorridas por indios bravos, le pertenecían a él y no a Portugal, como intentó probar, corriéndose un tantito -hasta las barbas de Buenos Aires, nada más- el angurriento lusitano.)

Como si fuera poco, que el siglo XXI empiece con el país gobernado por un Batlle (Jorge, 72 años, cinco veces candidato a la presidencia) tal como empezó el XX (por José Batlle y Ordóñez) es como para acordarle cierta razón al fatalismo. No se sabe si el republicanísimo Don Pepe, constructor del Estado benefactor y de la democracia a la uruguaya, intuía que estaba fortaleciendo una dinastía. Su padre, el general Lorenzo Batlle Grau, fue el primero de la familia en vestir la banda presidencial, en 1868. Su sobrino Luis Batlle Berres, padre de Jorge, asumió la presidencia en 1947, cuando murió su compañero de fórmula Tomás Berreta, y presidió el Consejo Nacional de Gobierno (Colegiado) en 1955. Y ahora el sobrino nieto, cuya constancia está fuera de discusión. Pero bueno, el Partido Colorado que siempre albergó a los Batlle es, según afirmó una vez el fallecido líder nacionalista Wilson Ferreira Aldunate, un eufemismo uruguayo para nombrar al gobierno.

La desazón después de la euforia. Bastante antes de que las encuestas  «a boca de urna» y las proyecciones sobre los circuitos electorales escrutados acordaran el domingo 31 de octubre que las fuerzas de la izquierda, nucleadas en el Encuentro Progresista-Frente Amplio (EP-FA), obtuvieron casi el 40 por ciento de los votos en la primera vuelta de elecciones presidenciales, la ciudad estallaba de banderas, cornetas, máscaras -era Halloween- murgas improvisadas, y hasta camisetas de Peñarol, sobre todo en barrios populares como El Cerro, La Teja y Capurro. Unos cuantos lloraban abiertamente; los testigos, o simplemente memoriosos, de lo que debió sufrir una izquierda perseguida sin cuartel de 1972 -preludio de la dictadura inaugurada oficialmente un año después- a 1984, cuando los militares se aprestaron a devolver el poder a los civiles.

Lágrimas y bulla de una inauguración: ser la primera mayoría política del país, frente a un 32 por ciento de votos del Partido Colorado y un magro 23 del Nacional o Blanco. Ese día sí las cosas habían cambiado. Las correcciones a la Constitución votadas en plebiscito en 1996, cambiaron la viejísima rutina electoral uruguaya: separaron las elecciones parlamentarias y presidenciales de las municipales, establecieron internas para que cada partido marchara con un candidato único a la presidencia, una primera vuelta con todos los partidos, en la que queda integrado el Parlamento, y una segunda -balotaje- entre los dos presidenciables más votados. Descontando a la minúscula Unión Cívica y al Nuevo Espacio, liderado por Rafael Michelini -formación de centroizquierda desprendida del Frente en 1989, que mantuvo poco más del 4 por ciento de los votos- la carrera real era entre el doctor Jorge Batlle, por los colorados, el doctor Luis Alberto Lacalle, por el Partido Nacional (blancos), y el doctor Tabaré

Vázquez, por el EP-FA. Cabe aclarar que si los tres son doctores, el primero y el segundo lo son por el Derecho, y el tercero por la Medicina, diferencias sumadas a que Batlle y Lacalle vienen de familias «patricias» y vinculadas a la política desde siempre, y Vázquez, hijo de un obrero tipográfico de La Teja, sólo emergió a la luz pública en 1989, como candidato del Frente Amplio a la Intendencia de Montevideo (que ganó).

Los blancos y colorados son, en este país, la tradición. Su colorida denominación deviene simplemente de los pañuelos (divisas) usados en su lucha a muerte durante la Guerra Grande (1839-1851)  para distinguirse los unos de los otros. Se siguieron peleando durante todo el siglo XIX, y la mitología de ambos partidos está abundantemente nutrida por héroes y víctimas de ambos bandos, con el matiz de que usualmente los colorados eran  «el poder» y los blancos  «los que se alzaban y se iban pa’ las cuchillas». Fue precisamente con la derrota y muerte del caudillo blanco Aparicio Saravia, en 1904, que las peleas pasaron sólo al terreno institucional, aunque no faltó algún duelo con muerto y todo.

La izquierda, por su parte, después de poco estimulantes experiencias de unidad en la década del 60, recién la logró efectivamente en 1971, con la fundación del FA, que nucleó a los viejos partidos comunista y socialista con grupos independientes y fracciones desprendidas de los partidos tradicionales. En las elecciones de ese año obtuvo apenas el 18,3% de los votos, en 1984 creció al 21, 3% y allí se mantuvo en 1989, pese a haberse producido la escisión del Nuevo Espacio y el  «ajuste de cuentas» que le tocó a todas las izquierdas del mundo con el eclipse del socialismo del este europeo. En 1994 trepó al 30, 6% de los votos -ya bajo la fórmula EP-FA, mediante la alianza con Rodolfo Nin Novoa, proveniente del Partido Nacional-, declarándose por primera vez roto el  «bipartidismo» en el Uruguay, que se dividió políticamente en tres. La izquierda alcanzó el mismo peso que los partidos tradicionales, cada uno con otro 30%. Ya era un cambio.

EN OCTUBRE HAY MILAGROS
Los contendientes para octubre eran oficialmente cinco, pero la pelea ya aparecía centrada en dos con opción a tres. En la primera vuelta, a los blancos les fue mal. En las internas de abril, el nivel de enfrentamiento entre el ex presidente Lacalle y su opositor dentro del partido Juan Andrés Ramírez había sido tan áspero, especialmente en torno a graves denuncias sobre episodios de corrupción ocurridos en el gobierno blanco (1990-1995), que se temió una fractura irreversible. El descenso de su votación en más del 7% se atribuye a  «heridas imposibles de curar» en una colectividad donde lo emocional juega un papel preponderante. Tratando de recuperar imagen, la campaña de Lacalle prácticamente se limitó a recordar lo bien que se vivía bajo su gobierno, mientras la batalla dura y real se daba esencialmente entre el Partido Colorado y el Encuentro Progresista. La campaña fue encarnizada y agitada. Pese a la fama de liberal aggiornado de Jorge Batlle, su partido no vaciló en sacudir todos los crímenes de Stalin, del muro de Berlín, del paredón cubano, la revolución cultural china y cualquier otro cometido en nombre del socialismo, al mejor estilo de los años 70.  «Es la última elección de la Guerra Fría», escribió un corresponsal estadounidense. Al mismo tiempo, como publicidad adicional, el gobierno colorado desplegó todos sus méritos reales o imaginarios - in que faltara la sonriente y cejuda cara del presidente Julio María Sanguinetti- en incansables spots televisivos. Por su parte, el Encuentro desplegó varias líneas publicitarias, afines a las características de sus varios componentes, desde el neorrealismo de denuncia del MPP -donde conviven los Tupamaros con otros grupos radicales-, hasta cómics onda Los Simpson de la Vertiente Artiguista, que algunos chismosos (frentistas) sindican como  «la izquierda chic». Todos aprovechando -y exagerando- aspectos folclóricos del candidato Batlle, que suele ser pródigo en ellos, desde su propuesta de criar avestruces para exportar plumas hasta la resurrección del virreinato del Río de la Plata para enfrentar exitosamente a Brasil. El resultado de octubre deparó varias sorpresas. La primera, que la izquierda, que gana en Montevideo desde 1989, pudo esta vez llegar al reacio y más tradicional interior, triunfando en algunos departamentos claves -como Canelones, Paysandú y Maldonado- y en varios otros afianzarse como segunda fuerza. Otra, la comprobación de que el  «malón colorado», en vez de ahuyentar votos centristas para la izquierda, reflotó adhesiones puestas en cuestión por los sentimientos encontrados que despierta Tabaré Vázquez. Primer líder carismático con que cuenta la izquierda en toda su historia, dueño de una calma casi eclesiástica, capaz de conquistar sectores antes reacios más con gestos que con palabras, no son pocos los miembros de la izquierda intelectual y clásica que resisten sus desplantes populistas y actitudes donde no faltan los tintes de caudillismo.

A CAZAR BLANCOS
El balotaje, que no pocos analistas de izquierda ven como la táctica blanqui-colorada para cerrrar el paso al EP-FA, instituye esa paradoja: el que dirime en la segunda vuelta es el perdedor en la primera. Aquí, los blancos. Por lo que, para capturar los votos de los blancos, hubo que elaborar discursos para ellos. Para la izquierda, además de limar cualquier radicalismo, bucear en el imaginario nacionalista para avivar su memoria del tiempo  de «las cuchillas». Una horrible idea fue un spot en el que Tabaré Vázquez presentaba a una nieta de Aparicio Saravia que anunciaba que lo votaría, porque  «un blanco no puede votar a un Batlle».  Al otro día, los colorados sacaron nietos de Aparicio hasta de debajo de las piedras, para anunciar lo contrario. (No deja de ser irónico fantasear en que, si la izquierda hubiera resultado tercera en la disputa y ésta se hubiera dado entre blancos y colorados, ambos habrían tenido que desempolvar sus fantasmas rebeldes y competir en progresismo. Noviembre hubiera sido un mes de discurso esperanzador, y no el reflote de las peores disputas de los años 70, de amenaza de división de un país en dos (como realmente fue). Para los colorados la pelea fue más fácil, habida cuenta de la historia reciente. Si nadie albergaba dudas sobre cuál sería la inclinación del Directorio del Partido Nacional (Lacalle compite con Batlle en su prédica por el liberalismo económico), quedaba un margen de duda sobre las inclinaciones de la  «otra» parte del nacionalismo. Pero antes que los adversarios reaccionaran, los colorados no sólo lograron un rápido acuerdo con todos los sectores blancos, incluidos los más  «dudosos», sino que eligieron dónde estaría el ring. La propuesta de impuesto a la renta anunciado por el EP-FA (aunque no se crea, este país comparte con Paraguay, quizás por asuntos de nombre, el dudoso honor de ser el único de la América donde tal impuesto no existe) fue presentado con tonos tremendistas y machacones. Todos los jubilados y empleados veían diezmados sus ingresos. Los ricos no, porque esos siempre saben como evadirse. (Que los únicos que efectivamente pagan hoy un impuesto a las retribuciones, decretado por el gobierno de Sanguinetti, sean justamente los asalariados, no provocó rubor en los sesudos economistas que aparecían tan sueltos de huesos en la televisión todos los días y a toda hora explicando la aviesa intención encuentrista de meter la mano en los bolsillos de la clase media, convocada en sus tradiciones prudentes y sus peores temores.)

La contrapropaganda de la izquierda, además de tardía fue inadecuada. Actuó por reacción en una cancha marcada por el rival. Pero el triunfo de Batlle con un 52% frente a un casi 45% de la izquierda probablemente no encuentre en este mes crispado, irracional, cargado de presagios, su explicación. La más razonable dice que la izquierda ya alcanzó su techo actual en la primera vuelta, y que todavía hacerse con un 5% más en la segunda no es poca cosa. La tristeza de su gente, que además sigue siendo la mayoría en Montevideo, es comprensible pero fácilmente aventable. Por lo pronto, los más connotados jefes de las empresas encuestadoras -grandes vedettes en este país desde 1989- acordaron que, de no mediar un fenómeno extraordinario, atendiendo a la tendencia de crecimiento de la izquierda no hay cómo impedir que sea gobierno en el 2004. Y, por lo pronto, el doctor Batlle, presidente electo, bajó el tono de su discurso y Tabaré Váquez también. Se fueron los cucos y volvieron los caballeros.

El primero sabe que necesita al menos algunos votos encuentristas en el Parlamento, para el caso de leyes especiales que requieran ser aprobadas por dos tercios o tres quintos de sus integrantes. El segundo, que ser la cabeza visible de casi la mitad del electorado y de la primera fuerza política del país confiere una responsabilidad especial.

Pese a la circularidad que puede dar la idea de los Batlle, este país empieza el siglo con novedades importantes.
 

* Periodista del semanario Brecha, Montevideo, Uruguay. Residió varios años en Lima, donde laboró en El Caballo Rojo (suplemento de El Diario de Marka) y en las revistas 30 días y El Buho.



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