EL GRAN TEATRO DE LA POLITICA
Alberto Adrianzén M.
Algunos grupos sociales comienzan a experimentar que todo es posible en el país. Incluso convertir a la democracia en un simple simulacro. La idea de que estamos ante el fin de una teatralización de la vida llena de aventuras y dramatismo, con posibilidades de actos heroicos y desinteresados, con actores de primer orden y con guiones (o relatos) que levantaban pasiones, se abre paso en la mente de muchos. Se tiene la conciencia de que se vive un sainete. Un simulacro de teatro. Con actores de segundo y hasta tercer orden. Con guiones conocidos. Lo que sorprende no es tanto la vida sino más bien el comportamiento de algunos o de muchos que deciden participar, si se quiere, en este simulacro o degradación teatral.
Que la vida y sobre todo la política sean percibidas como teatro, y en el caso nuestro de muy mala calidad, no es algo que debiera extrañarnos. El desarrollo y manejo de los medios ha hecho de la política cada vez más espectáculo y show. La política moderna surgió de la mano con la teatralización de la política misma, cuando ésta dejó de ser entendida como una misión moral y pasó a convertirse en el arte de gobernar, pero sobre todo cuando los intereses terminaron por derrotar a las pasiones como norma de convivencia. El arte de gobernar y los intereses crearon la trama necesaria para dar nacimiento a los representantes y representados. La política se teatralizó no sólo para guardar el secreto de los intereses y apaciguar las pasiones, sino también para convertir a los ciudadanos en simples espectadores del espectáculo de un orden que tenía como función principal ocultar las desigualdades y la dominación. Ocasionalmente, cuando los espectadores no gustaban del espectáculo de la política, podían acabar invadiendo la escena, eliminando a los actores-protagonistas y, eventualmente, a los «autores», ocultos siempre entre las bambalinas del poder. Nuevos actores, salidos del «común» de espectadores, entraban en reemplazo de los viejos enarbolando un texto o guión nuevo. Asistíamos entonces a lo que acostumbramos llamar una revolución.
Desde el punto de vista de la teatralización de la política lo que diferencia a una democracia (liberal) de una dictadura es que los «espectadores» (léase ciudadanos o electores) pueden, sí así lo deciden, cambiar de teatro y de obra sin que por ello se generen grandes convulsiones sociales ni mucho menos derramamiento de sangre. En un régimen autoritario o dictadura estos mismos espectadores están condenados a ver siempre la misma obra y, lo que es peor aún, a fingir que ven la obra por primera vez o que ahora está mejor. La reiteración se convierte en un simulacro permanente y el aplauso y la crítica, benevolente o constructiva, en el acto de hipocresía política por excelencia.
En contados casos, algunos grupos de espectadores, que nunca faltan, buscarán subirse al escenario para participar en la obra asumiendo diversos papeles: algunos limpiarán, después de la función, el escenario para que todo parezca nuevo; otros vigilarán para que ningún espectador intente moverse de su asiento y menos aún que abandone el teatro, y cuando esto sucede gritarán «incendio, incendio» para poder recluirlos en algún lugar del mismo teatro; mientras que otros buscarán perfeccionar la obra para darle un mayor tono de realismo y novedad, es decir, esconder el secreto de la reiteración y del simulacro incorporándose como nuevos actores. Finalmente, unos pocos se atreverán a decir que esa obra es una farsa y que la compañía de actores, como la obra misma, debe ser cambiada.
Cuando esta reiteración o simulacro se da en una sociedad sacudida por apetencias de libertad, el resultado, como sostiene José Antonio Maravall, será «una sociedad dramática, contorsionada, gesticulante, tanto de parte de los que se integran en el sistema cultural que se les ofrece, como de parte de quienes incurren en formas de desviación, muy variadas y de muy diferente intensidad». La sociedad se dividirá entre los que aplauden y los que rápidamente muestran su desencanto, entre los que escriben loas y los que callan, porque saben, añadiendo así un tono de dramatismo a sus vidas.
Pero como la compañía que es dueña del teatro y de la obra está interesada en que se repita, llenará de propaganda la vida de los espectadores para lograr su asistencia que es, en última instancia, una nueva forma de disciplinamiento social y político. Así, paredes, cerros, edificios, postes, televisión, radio y periódicos, serán cubiertos por ella. Donde se mire, ahí estará ella. Y si alguien intentara borrarla, se le golpeará porque está borrando la obra de arte del Estado.
Así no hay vida política por fuera del Estado o, mejor dicho, la política la encarna únicamente el Estado. Un extraño miedo u horror al vacío envolverá a los dueños del poder. El ciudadano convertido en espectador perpetuo no deberá pensar ni interpretar sino, más bien, caminar en un espacio de señales y símbolos reconocidos y puestos amigablemente por el poder autoritario. Es decir, caminar en un espacio público que si bien n�oo le es ajeno no le pertenece porque no ha participado en su construcción, ni mucho menos lo controla. El horror al vacío tiene como contraparte el dominio del escenario y del espacio público por el poder. Cuando la política estatal autoritaria deviene en propaganda, cumple una función que podemos llamar «educativa», nos enseña a ser buenos y tranquilos ciudadanos, nos alienta a seguir las «vidas ilustres» de aquéllos que están en el poder. Pero, ades, muestra a cada uno los caminos de la salvación o de la perdición política.
A ello se suma lo que describe bien Peter Skrine: «Los príncipes de la época, para ensalzar su nombre y magnificar sus hazañas, recurrirán a escritores generalmente dispuestos a poner su talento al servicio de sus protectores y a cantar sus alabanzas en empalagosas odas, epitalamios festivos y rimbombantes epitafios, escritos todos por encargo». Nace así la industria de los ayayeros que enumeran las virtudes del líder, pero que también dividen la sociedad entre leales y desleales. La obsesión por investigar el pasado de estos últimos se propone demostrar que dicho comportamiento desleal (tipificado por el poder como peligroso e irracional) tiene como única explicación un pasado equivocado, porque lo «natural» es la lealtad. El pasado siempre termina por condenar al desleal, que es un ser atípico, y la deslealtad es una conducta marginal y extraña a un orden estatal que se postula cuasi perfecto.
No importa que el leal haya cambiado de tienda, olvidado sus ideas o que, de ser elegido, pase a integrar el elenco de actores. No importa que en el pasado haya sido aprista, izquierdista, populista o un ilustre intelectual iconoclasta, o que durante muchos años de su vida haya anunciado catástrofes y flagelado, más de una vez, a su sociedad calificándola de inútil e hipócrita. Tampoco que viva y goce de triunfos ajenos, construyendo su nuevo papel con cadáveres lejanos o cercanos. A los leales todo les será perdonado, incluso la traición. Por eso, las elecciones, antes que competencia, son una suerte de «casting» político y electoral en el que algunos o muchos candidatos sueñan con ser llamados a integrar el elenco de actores, y así participar en la obra de teatro. Los que actúan en contra de sus convicciones y de su conciencia, lo harán siempre de mala gana, con el rostro adusto y la voz fuerte. Buscarán cambiar la trama y los diálogos, añadirán a su vida una suerte de dramatismo sincero. Su principal enemigo será el tiempo, porque deberán asistir penosamente, una y otra vez, a la misma función.
Cambiar de teatro y de actores supone construir otro edificio y buscar nuevos actores entre los espectadores para una nueva obra. Sólo así nuestro país tendrá futuro.
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