PUCP: MARCHA DE SOLITARIOS Y AUTOGOLAZO POLÍTICO
Jerónimo Pimentel
En noviembre de 1998, en vísperas de la temida semana de exámenes finales, una pequeña cola al lado de un salón distorsionaba el paisaje acostumbrado para el alumnado de Estudios Generales Letras de la Católica: paredes grises, alumnos dispersos, y por ahí uno que otro profesor yendo o viniendo de alguna clase. De pronto se empezó a sentir una aún incipiente agitación. Una chica, junto a dos amigos, comenzó a esparcir el rumor de que la votación era obligatoria. En menos de dos minutos la cola, que definitivamente no pasaba de cinco personas, se tuvo que empezar a contar por decenas. «Dos créditos de multa», «es obligatorio votar», se escuchaba. Diez minutos después, un muchacho se acercó a la cola: «La votación para la FEPUC no es obligatoria –dijo molesto-, la única votación obligatoria es la del Tercio Estudiantil, los están engañando para obligarlos a votar». Su voz era pausada y enérgica. «¿Qué es el Tercio?», preguntó uno, «¿qué es la FEPUC?», interrogó otro. Luego de un murmullo ambiguo, algunas quejas y varias sonrisas, la cola se dispersó. Los incondicionales, incrédulos o escépticos que siguieron tal vez se llevaron una sorpresa cuando, con la cédula en la mano y sentados en la carpeta que fungió de cámara secreta en el salón, se dieron cuenta de que sólo había una opción para marcar, una sola lista por la cual optar. Eso, viciar el voto o dejarlo en blanco.
APATÍA PARTICIPATIVA Y CRISIS DE REPRESENTATIVIDAD EN LA PUCP
Uno de los primeros factores que salta a la vista es que la anécdota referida data de 1998. Y tiene una explicación muy sugerente: las elecciones para la FEPUC de ese año fueron las últimas que se llevaron a cabo puesto que las de 1999 (que eligirían a la gestión del 2000) no se realizaron porque no se presentó nadie. Debemos mencionar que situaciones como ésta no han sido la excepción, pues en los últimos cinco años sólo ha habido tres gestiones, cuando lo normal hubiera sido una por año. Y, por lo general, las listas que salieron elegidas, como la que referimos, no compitieron con nadie, si no contamos, claro está, el temido porcentaje de votos en blanco que tienen que superar.
Del mentado pasaje se puede extraer otras lecciones. Una de las más importantes es que el alumnado, mayoritariamente, no distingue la diferencia entre centros federados, federación de estudiantes y Tercio Estudiantil, y esto es debido al laberíntico sistema de representación creado hace ya varias décadas, para otro tipo de realidad política, que confunde al estudiante y estorba a los dirigentes en sus funciones (conocidas son las fricciones entre los representantes de las mentadas instancias). A pesar de esto, existen otros entes, aunque a veces sólo en el papel, que (al parecer felizmente) desconocen los alumnos, como los fiscales, encargados de regular las gestiones de los centros federados y de la FEPUC, la Asamblea de Delegados de Aula (que simplemente no existe), etcétera. Demasiadas instancias para tan poca eficacia terminan por arruinar, deshumanizar y acrecentar la distancia que tienen los alumnos frente a las instituciones que supuestamente los representan. Nada mejor que un sistema de representación estudiantil tan confuso como para reforzar la sensación de anacronismo y lejanía que lleva consigo la imagen burocrática y retórica de las «organizaciones de representación estudiantil».
El Tercio Estudiantil es el único ente que reconoce la PUCP desde que se creó oficialmente en 1969 con Velasco, el único que tiene voz y voto ante las autoridades y (obviamente) el único al que elegir es obligatorio (so pena de los dolorosos créditos de multa). Los otros (C.F. y FEPUC) simplemente tienen voz. Una voz que se debería legitimar (que se legitimó en otras épocas) con la representatividad de los alumnos, pero que ahora, de la misma forma cómo ocurre con el sistema político nacional, sólo produce indiferencia.
La FEPUC gozó en los años sesenta y setenta de un gran prestigio. Entre sus principales logros estuvieron la introducción del sistema de escalas para las pensiones y la reforma del plan de estudios de Letras, en el que añadieron, entre otras cosas, el curso de Realidad Social Peruana. Sus reivindicaciones eran internas, para luego extenderse al ámbito político nacional. Presidentes de la FEPUC memorables han sido Henri Pease García, Enrique Bernales, Rafael Roncagliolo y Javier Diez-Canseco. Sin embargo, este sistema se resquebrajó a mediados de los ochenta para perder completa representatividad en los noventa (a la par con el ámbito político nacional). A partir de 1995 empieza tibiamente la labor de reconstrucción del sistema, pero la apatía participativa y el escaso interés del estudiantado los lleva a subsistir a trompicones. Prueba de ello es la ausencia de listas en las elecciones (cuando las hay) y la escasa convocatoria que han tenido sus actividades: hasta los Juegos Florales del año pasado tuvieron que aplazar las fechas de entrega por ausentismo. Los mecanismos de presión con los que se legitima una institución de este tipo tienen mucho que ver con la capacidad de convocatoria que tengan, ya que su injerencia no parte del reconocimiento oficial (como en el caso del Tercio), sino que radica en la facultad que t�engan de representar al alumnado (en el sentido de personificar las características esenciales de un grupo), y si esta relación de identificación no existe, es difícil entender la existencia real del mentado ente. Es mucho mayor el prestigio que tiene aún la titularidad del nombre externamente, que laepresentatividad real entre el estudiantado. La mayor prueba de ello fue que a pesar de haber apoyado públicamente al fallido Paro de abril de 1999, y de haber incitado a la población universitaria a plegarse a él, éste significó un verdadero fracaso dentro de la misma universidad.
Por otro lado, los centros federados subsisten tergiversando el sentido para el que fueron creados. Lejos de ser entes politizados (lo que en sí mismo no tiene por qué ser algo malo) o políticamente representativos, que encaucen y resuelvan los malestares y problemas de los alumnos dentro de sus Facultades, destinan sus esfuerzos, cuando los desarrollan, en prestar pelotas, tableros de ajedrez y sacar fotocopias. Dicho de otra manera, su existencia depende de la funcionalidad social que tengan, no de su funcionalidad política, que pareciera ser el tipo de identificación que cada vez más conscientemente tratan de evitar. Para completar la idea, en la recientemente creada Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación no existe centro federado, ni siquiera una junta de estudiantes, una instancia organizada que represente a los alumnos. Esto no parece representar un problema (sólo que hay que caminar un poco más porque las fotocopias se sacan en Letras) si no contamos entre éstos el reproche indirecto de los profesores ante esta desidia (y los falsos cargos de culpa que originan).
ACLARANDO LOS LUGARES COMUNES
La crisis de las ideologías (a nivel global), el desgaste de los proyectos modernos (a nivel nacional), el establecimiento del neoliberalismo como opción única y la preeminencia del individualismo y la subjetividad como filtros legítimos para asumir la vida (conceptos distintos pero directamente relacionados entre sí) han terminado por hacer ver a las ideas de organización política como desfasadas, históricas, engorrosas, poco prácticas, faltas de contenido real y, de alguna manera, siempre lejanas de la "realidad inmediata del yo" de los jóvenes (que es lo que finalmente importa). En todo caso, también asociadas empíricamente a violencia (Sendero Luminoso), desgobierno, caos e hiperinflación, los símbolos naturales del fracaso de los gobiernos populistas, lo que ha devenido en que se juzgue y califique a la política, malamente, en el rubro de «mal necesario».
El sistema político se ha transformado e individualizado: así como los emisores han dejado de ser los partidos políticos y han pasado a ser los outsiders, en mucho gracias a los medios de comunicación masivos, los receptores dejan de ser sindicatos para pasar a ser individuos. A su vez, esta interrelación ya no requiere políticos oradores–discursivos (los románticos ideólogos), puesto que una de las consecuencias del «fin de la modernidad» fue la pérdida de legitimidad de la palabra como elemento transformador o con contenido; se prefiere, en cambio, «independientes» ejecutivos–hacedores, que no hablen (o que hablen poco) pero que hagan (tecnócratas). Con la crisis de las ideologías viene el feroz resurgimiento del pragmatismo.
En el nivel socio–político, el individuo se siente continuamente más aparte de la esfera pública porque, también, ésta lo coerciona cada vez más y más pronto a que se responsabilice, se decida, se enfrente y se haga cargo de sí mismo. El período de moratoria social que se daba a los jóvenes para que se reconozcan, estudien y decidan el tipo y la forma de su incursión «al sistema» se achata cada vez más, forzándolos a elegir e incursionar en el mercado laboral cada vez más rápidamente (mediante prácticas cada vez más precoces o los famosos cachuelos). Esto conlleva que el proceso de individualización en el joven se refuerce más tempranamente, trayendo como consecuencia, entre otras cosas, que las fronteras entre el mundo juvenil y el mundo adulto se difuminen progresivamente, emergiendo a su vez el punto intermedio, el joven–adulto ejecutivo que en la primera mitad de sus veinte años ya se maneja efectivamente en el mundo laboral (el yuppie de los noventa). La identificación misma del grupo juvenil se torna difícil, puesto que no hay un mundo adulto-oficial definido y ajeno al cual oponerse (mediante el cual reafirmar una identidad), como tampoco existe una diferenciación de valores entre ambos. A diferencia de lo ocurrido con las juventudes de los años sesenta y setenta, los sistemas, valores y modas que imperan social y oficialmente (democracia, individualismo) son propios de todos los grupos y sectores, no hay opciones alternativas ni deseo de cambiar el estado de las cosas; no hay antagonismos ni diferencias. Es más, si algo ha tenido como eje a las manifestaciones estudiantiles en la segunda mitad de los noventa, ha sido justamente la necesidad de reafirmar esos valores (sobre todo el democrático). Las fronteras han desaparecido y ya no existen íconos generacionales (como antes lo fueron el rock y el jean) que encabecen la confrontación con «lo establecido».
Desde otro punto de vista, para hablar en un plano más mundano, las asociaciones políticas y los movimientos estudiantiles requieren de tiempo, capacidad organizativa y de asumir liderazgos y responsabilidades. Esto, de por sí, reduce las posibilidades de activismo político, en su mayoría, al grupo que puede afrontar estas implicancias y sacrificios materiales y temporales (clase media–media, media–alta y alta). Del resto, salvo unos pocos, nadie quiere jugar a ser el héroe, y son los menos los que se arriesgan a verse asociados con eso que requiere tantos esfuerzos y que para todos los demás es tan ajeno y repudiable (la política). Dentro de la lógica pragmática impera la necesidad de obtener resultados efectivos, y la actitud de compromiso político deja, en mucho, de ser un buen ejemplo de actividad beneficiosa para los jóvenes (aunque no deje de ser completamente necesaria): no trae consigo un bien material inmediato a cambio, y ni siquiera un bien social (fama). Aunque este último punto tenga matices discutibles (es claro que la titularidad de cargos como «representante de los alumnos de tal universidad» todavía tiene valor externamente), lo cierto es que la estricta lógica bicondicional del pragmatismo («dar-recibir») no funciona en este nivel. Esta lógica se puede llevar al funcionamiento de las instituciones de representación estudiantil. En la PUCP los entes representativos que no tienen una injerencia directa en la transformación de la realidad, los que sólo tienen «voz», los discursivos, se debilitan o tienden a desaparecer (es el caso de la FEPUC). El juego político pasa a ser pragmático, no ideológico. De esta forma los entes con posibilidades más directas de cambiar la realidad o con funciones más prácticas (los que tiene «voto») sobreviven (como el Tercio Estudiantil), aunque a veces, como los centros federados, tengan que modificarse para asegurar su subsistencia (préstamo de pelotas).
La falta de participación política entre los jóvenes es un indicador de una característica de la sociedad en su conjunto, no tiene la calidad de exclusiva. El problema es que se trata de exorcizar esta carencia achacándosela únicamente a ellos, ¿cuántos y qué representatividad tienen los movimientos políticos organizados actualmente?, ¿cómo funcionan sus bases partidarias?, ¿qué injerencia tienen en la vida política nacional?, ¿qué tanto de esta problemática es culpa de los jóvenes? Resulta sesgado no ver las cosas desde ambos lado de la moneda. Luego del fracaso de los proyectos nacionales, el sistema político peruano se ha desmoronado estrepitosamente debido a la carencia de propuestas partidarias o ideologías viables. Esta caída tuvo como consecuencia directa dos puntos precisos. En primer lugar, cayeron junto con ella las organizaciones estudiantiles universitarias. En segundo término, no se presenta a los jóvenes ninguna propuesta ideológica atractiva que los pueda comprometer o que les pueda crear lazos de afinidad política. ¿Por qué exigir, entonces, la atención de los jóvenes al mutismo programático que embargó al sistema político durante toda un década? No es tan simple como formular preguntas, está claro, de la misma forma que no es tan simple como echar culpas.
Por otro lado, este cambio dentro del sistema debió llevarse consigo sus formas de entender los comportamientos políticos (movimientos estudiantiles en el caso de los jóvenes), lo que hubiera permitido erradicar las sentenciosas nostalgias de pasados «activismos» que tanto se les reitera a los jóvenes. La experiencia subjetiva de éstos, ya sea a través de recuerdos o de experiencias indirectas (padres, profesores, medios de comunicación) los lleva inevitablemente a rechazar (con su silencio) o a «criticar» (con silencio nuevamente y por eso entre comillas) todo lo que tenga que ver con participación política u organizada.
A esta generación se le reclama torpemente manifestaciones propias de otra realidad (marchas, mítines), apego a convicciones asimiladas de una manera supérflua (democracia, Estado de Derecho), a la vez que se le acusa o asusta con identificarlos con el descontextualizado rótulo de «X». De aquí la euforia y ceguera de los anquilosados «políticos tradicionales» cuando en la (también multimediática) marcha de junio de 1997 y los sucedáneos rezagos de ésta, quisieron ver la herencia de sus propias marchas, de sus propios comportamientos políticos. Nada más falso. No había nada organizacional detrás de esta manifestación, sólo una respuesta moral y emocional ante un hecho aberrante hasta para el más primario sentido común, que de política sólo tuvo el contexto y el cascarón. Y, en este sentido, al ser tan despolitizada y espontánea, no se entendió que el golpe no se daba únicamente al gobierno, sino también (y nuevamente) a los «políticos tradicionales», pues la respuesta moral evidenció aún más la carencia de alternativas o propuestas políticas capaces de encauzar este descontento. Ni las marchas ni las arduas e inéditas «convicciones democráticas» expresadas en las esporádicas manifestaciones («como antaño») representan o han representado el resurgimiento de algo que se parezca a un movimiento estudiantil (a pesar de la creación de la ahora inexistente Coordinadora Universitaria). Simplemente porque las marchas no fueron el correlato de ningún tipo de estructura o compromiso político organizado.
Al referirnos a las convicciones asimiladas de una manera supérflua hacemos hincapié en un factor importante. El advenimiento de la posmodernidad se llevó consigo, junto a las ideologías y los partidos políticos, el sentido crítico moderno y el significado transformador de la palabra. Suplantan estas carencias, el pragmatismo y el individualismo, la asimilación pasiva de la realidad y la preeminencia de la imagen y/o de la cultura audiovisual sobre la escrita. En el análisis de las manifestaciones posteriores a la marcha de 1997 (en la que los alumnos de la PUCP participaron) podremos encontrar bastantes alcances.
La falta de contenido de estas protestas delineó desde un comienzo sus estrechos parámetros. Éstas se manifestaron como «oposición a», no como «opción de», es decir, y es de considerar que por culpa de ello no hayan podido llegar a ser nada más, no tenían una ideología que proponer, (y ni siquiera) una desde la cual criticar. Este fue el comienzo a la vez que el final. No fueron acciones políticas, sólo reacciones morales que se perdieron en la confusión de la heterogeneidad de conceptos mal aprendidos. El declive de éstas manifestaciones (simbolizadas con la figura de la marcha) tuvo que ver, entonces, con el vacío que escondían. «¿Y ahora qué?», fue la pregunta de la mayoría de los jóvenes que marcharon en junio de 1997. «¿Para qué más marchas?» Y, a pesar de los esfuerzos invertidos en intentar ir «más allá» (reuniones, foros), en la no-respuesta a esa simple pregunta se quedaron los intentos de resucitar la costumbre activista de décadas pasadas.
Sin embargo, y a pesar de estar amparados bajo el manto políticamente correcto de las reivindicaciones democráticas, se debe reconocer que se supo echar mano de los recursos mediáticos para esconder también (consciente o inconscientemente) esta falta de proposición real o de verdadera crítica. Aquí otro punto: ya no son necesarias las marchas multitudinarias si se tiene una cámara haciendo un efectivo primer plano de veinte personas alborotadas con pancartas ingeniosas. La imagen televisiva impacta, y aunque sufra de la vacuidad del elemento que no se explica a sí mismo, ese parece ser el motivo de su utilización. De ahí que manifestaciones como la barrida frente al Congreso, las manos blancas o la vigilia hayan sido escogidas como elementos de protesta. Son imágenes (no nociones) con un fuerte potencial multimediático, que no argumentan nada, pero que impresionan. Son, si se quiere, ingeniosos efectos, pero que se aniquilan en su misma espiralidad formal.
Con la crisis de las ideologías coexiste el colapso de la capacidad crítica del individuo, que se ahonda con los efectos de la aprehensión de la cultura visual, a detrimento de la escrita. Como bien explica Giovanni Sartori (Homo Videns, 1998), no es que ambas se excluyan per se; es más, lo ideal sería su armonización provechosa, pero lo cierto es que, sobre todo en los procesos formativos de las jóvenes actuales, se sobrepone una (la visual) a la otra (escrita). Factor que, como hemos señalado, ahonda las distancias en la utilización de conceptos y argumentos en las manifestaciones y protestas de los jóvenes.
VOLVIENDO AL INDIVIDUALISMO: CONCLUSIÓN FINAL
El año pasado, estudiantes de la Facultad de Trabajo Social hicieron un estudio descriptivo acerca de las agrupaciones que se habían formado espontáneamente dentro de la PUCP. Encontraron varias decenas de ellas, que iban desde grupos de acción y discusión multidisciplinaria (La Otra Margen), hasta comités de publicaciones de Facultades (como Impresión, periódico de la Facultad de Comunicaciones). Esto nos lleva a la siguiente afirmación: las necesidades de reafirmación individual pasan necesariamente por la asociación colectiva, y esta necesidad social y vinculante sigue latente en los jóvenes, por más pequeña que ésta sea, aunque no se trate de manifestaciones de carácter totalizante, transformador o institucionalizado (como la política). Es por eso que lo lógico sería analizar cómo los anteriores esfuerzos juveniles en movimientos estudiantiles, se han volcado en la creación de estos grupos (o «movidas», como las definiera Sandro Venturo) con fines específicos y particulares: rock, literatura, contracultura, etcétera. El individualismo no tiene por qué conllevar carga negativa alguna, de la misma forma en que el bien personal no tiene por qué estar disociado del bien común, precepto que de buena forma sintetiza parte de la lógica partidista dentro de la democracia
No se puede afirmar que estos grupos representen una forma alternativa de comportamientos políticos, pero sí dicen mucho acerca de las características reales de la supuesta apatía e indiferencia generalizadas que embargarían enteramente el mundo y la idiosincrasia de los jóvenes. No es así. Los universitarios no son individuos sedados por el neoliberalismo ni estupidizados por el pragmatismo. A pesar de que no aspiran a una intervención pública política, refuerzan sus pasiones en sus pequeños colectivos y en ellos vuelcan sus críticas e intereses, desde el plano socio–cultural. Tal vez este punto no diga mucho acerca de los caminos de reedificación del sistema de representación estudiantil, y menos aún sobre las pautas para la reconstrucción del escenario político peruano, pero sí da luces acerca de la pretendida anomia de la juventud (y la juventud universitaria). El detalle está en que ni siquiera su indiferencia es totalizante (la epidérmica pero clarificante paradoja del discurso posmoderno) y esto es bueno. Porque, de todas formas, es un indicador de la capacidad y necesidad real de interrelación social que, felizmente, todavía no se ha perdido.
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