LOS NUEVOS LÍDERES LATINOAMERICANOS

    LA CALESITA DE TIEMPOS CAMBIANTES

    Rosalba Oxandabarat


        No parece facil diseñar un «nuevo perfil» del o de los líderes latinoamericanos contemporáneos. ¿Qué pueden tener en común Hugo Chávez, Carlos Menem, Ricardo Lagos, Fernando de la Rúa, Fernando Henrique Cardozo, Lula, Alberto Fujimori, el desconocido Alejandro Toledo, y por aquí Tabaré Vázquez o Jorge Batlle, en el supuesto caso que todos ellos pudieran ser englobados en la denominación de «líderes»?

        Algunos de ellos son actores de larga data, acostumbrados a capear temporales políticos y de los otros, y a cambios de sensibilidad en el electorado. Otros, como Fujmori o Tabaré Váquez -al que incluyo no a título de uruguayez, sino porque su rápida ascensión y afirmación son para este país algo más que sorprendente- aparecieron desde recoletos ámbitos académicos o científicos, sin que pueda decirse que ese origen sea muy perceptible en el tono de sus gestos o discursos, a menos que se entienda -como alguien lo hace por aquí- que el oncólogo Vázquez vea al pequeño Uruguay como un enfermo de cáncer y algún otro pueda deducir que el complicado entramado fujmorista entre militares, tecnócratas y masas populares tenga algún sesgo ingenieril. Hugo Chávez viene de filas militares, en un continente vacunado contra las venias durante los últimos veinte años. Cierto que en su país, los uniformados se habían quedado tranquilos en los cuarteles durante largas décadas.

        Lo que se lee en los diarios -independientes, claro- de las capitales sudamericanas no suele resultar esperanzador si de líderes políticos se trata. Pero, como decía Hannah Arendt, por más prejuicios que se tenga contra la política es todavía mucho más riesgosa la ausencia de política.

        Lo que sigue a continuación es un pequeña lista por la negativa -que no es definitiva ni totalizante- de aquello de lo que hoy parece signar a los Nuevos Conductores.

         

        -No hace falta la memoria, excepto para recordar los propios aciertos. Si Carlos Menem cita mal al autor de Martín Fierro -nada menos-, sólo lo toman en cuenta la oposición y los periodistas burlones. Total, es menos grave que haberse olvidado de una de las patas de la popularidad peronista: los programas sociales. Y recordar, en cambio, muy bien la otra: el gusto por la exhibición. Evita amaba los trajes caros y las joyas porque a su pueblo le gustaba verla como una reina. Menem privilegió la farándula y su oropel porque en medio de los sucesivos estallidos que vivió su presidencia comprobó su poder anestesiante. Y para no pensar que la desmemoria es exclusividad del justicialismo, basta leer lo que dijo a Página 12 el dirigente del MTA y la CGT disidente, Juan Manuel Palacios, después de la brutal represión al gremio de camioneros en la protesta que hicieron por la ley de desregulación laboral el miércoles19. «Hasta que llegaron al gobierno la Alianza venía a nuestras marchas». Y también el radicalismo olvidó sus posturas sobre la no intervención y la independencia frente a Estados Unidos y sumó su voto a la moción condenatoria a Cuba en la comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas.

         

        -Tampoco hace falta la coherencia. El presidente sociólogo, Fernando Henrique (como les gusta decir a los brasileños) no sólo se muestra encantado de alabar al Mercosur mientras acuerda bilateralmente con Argentina -dejando de lado a los socios chicos-. También se mostró comprensivo ante las manifestaciones indígenas que arruinaron el festejo en Puerto Seguro en conmemoración de los 500 años del desembarco portugués en Brasil. Reconoció que la expansión colonial se dio a costa de las tierras arrebatadas a los indios, y sacó de sus arrestos progresistas alguna frase como «Ecos del pasado esclavista, oligárquico y patriarcal hasta hoy pesan en la sociedad brasileña y hacen de ella una de las más injustas del mundo». En cambio, con las movilizaciones de los Sin Tierra, que arreciaron alrededor de la fecha en uno de los países más grandes y mal ocupados del mundo, no tuvo contemplaciones: los trató de fascistas.

        Y ni hablar de Menem (este hombre da para mucho...), cercano descendiente de inmigrantes que el año pasado alentó la xenofobia culpando a los inmigrantes en la Argentina por la inseguridad y el desempleo y permitiendo razzias, sobre todo en el Once, donde en enero de 1999 se detenía a unos 60 inmigrantes por día, en su mayoría bolivianos y peruanos.

         

        -Otra cosa innecesaria es la humildad. Si el primer prócer uruguayo, el general José Artigas, expresó su republicanismo en esa frase que todos los de aquí aprendimos de memoria en la escuela: «Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana», de quién emana la soberanía es cuestión sólo de tiempo de elecciones. Obtenido el poder, aparecen las veleidades monárquicas. Versión latinoamericana de Versailles: la Verdad (con mayúscula) soy Yo (sobre todo con mayúscula). Yendo mucho más allá de la frase, atribuida a Felipe González, de que «una cosa es la opinión pública y otra la opinión publicada», el menemismo se fregó en lo que de él decían los medios, en las denuncias, en la voz pública, a un grado desorbitado. No se dan explicaciones. El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti tampoco se molestó mucho en explicar, ante el cargamontón internacional que significó la averiguación del paradero de la nieta de Juan Gelman -nacida, en las turbulencias del Plan Cóndor, en el Uruguay, y sustraída a la madre, que siguió el destino de cientos de «desaparecidos»- por qué era imposible saberlo. Sólo dijo que era imposible. Su sucesor Jorge Batlle se mandó un golazo de media cancha al acelerar las verificaciones -y llegar a una muchacha de 23 años que se entrevistó con quién según los indicios es su abuelo, y aceptó la prueba de ADN- y recibir al poeta, que nunca había logrado ser recibido por Sanguinetti. Cuestión de estilo.

         

        -El «carisma», difícil de definir, y mucho más de poseer, siempre fue considerado requisito imprescindible para atraer, seducir, hipnotizar a la gente, cuánta más mejor. ¿Sigue haciendo falta? No se lo puede verificar fácilmente ni en Ricardo Lagos, ni en Fernando de la Rúa, ni en Fujimori, ni en Jorge Batlle, pese a su vivacidad y desenfado (por algo demoró tanto en llegar a la presidencia) y algo quizás en Fernando Henrique. Será por el peso de la televisión, que pone al carisma -o su sucedáneo virtual- en manos de publicitarios y asesores de imagen y, resultado impredecible, cómo da el candidato a líder en cámaras. Como en este asunto no hay palabras definitivas, carísimas campañas terminaron con pésimos resultados -algo así le pasó a Randolph Hearst, «citizen Hearst», con Marion Davies- por no entender bien qué diablos querían recibir esos molestosos votantes.

        El «carisma» por ahora queda sólo para el más controvertido y novedoso de los presidentes sudamericanos. Si Fujimori fue una sorpresa para la política peruana, Hugo Chávez lo fue para todo el continente: es militar, en siete años encabezó una revuelta putschista, fue a la cárcel, obtuvo un indulto, una popularidad impresionante y la presidencia de Venezuela. Entre las magnas visitas a la asunción a la presidencia de Jorge Batlle en marzo último, fue por lejos el mandatario más solicitado por la prensa y el público, y eso que es el menos cercano a las características de los políticos uruguayos al menos en 40 años, y que los comandantes en general no tienen por aquí buena prensa. Nada comparado a lo que sucede en Venezuela, donde el escritor argentino Mempo Giardinelli, que fue convocado junto al mexicano Carlos Monsiváis a una visita a palacio (y donde conversaron dos largas horas con el presidente) encontró a la entrada centenares de personas que pugnaban por hacerse oír por los guardias, y un gran buzón donde rezaba: Correspondencia para el Presidente de la República. Fue informado adentro que Chávez suele leer personalmente los reclamos y dispone algunas ayudas concretas. El presidente, desde antes de serlo, había sabido lograr hasta una «chávezmanía editorial», otorgando a los por lo general sufridos libreros de Caracas una ganancia extra con títulos como Habla el comandante, El dilema del chavismo, La rebelión de los ángeles o El oráculo del guerrero -todos sobre él, su política, su revuelta de 1992, sus propuestas, etcétera-, además de ensayos sobre la Constituyente. En el carnaval de 1999, informó IPS, miles de niños se disfrazaron imitando el atuendo de Chávez. Le gusta aparecer en los medios, y conversar como de entrecasa. «Fascinante y sospechable», escribió Giardinelli del presidente comandante, aclarando que lo primero va porque le gustan muchas de las cosas que Chávez hace, y lo segundo por el aura de providencialidad que lo rodea y porque, argentino al fin, le parece peligrosa la falta de controles.

         

        Resumen (incompleto). Los líderes se fabrican (en las internas de los partidos, en los cenáculos del poder, cualquiera éste sea) pero no necesariamente lo propuesto es aceptado. Aun en las incompletas democracias de este continente, aun contando con el poder de grandes medios económicos que casi todo lo pueden, llegar al corazón de las gentes no tiene receta previa. Entre otras cosas, porque las necesidades, y la imaginación sobre aquellos que pueden remediarlas, van cambiando. No se sabe, por ejemplo si el pálido De la Rúa ganó per se, o -como en la vieja discusión sobre si el vaso está medio vacío o medio lleno- el porcentaje que le dio el triunfo sólo indicó el cansancio argentino ante el largo, barullento, mediático y tortuoso gobierno de Carlos Menem, que supo sin embargo, antes, concitar un apoyo impresionante. Tiempo de Menem, tiempo de De la Rúa, como antes hubo un tiempo de Perón y uno de Alfonsín, y aquí uno de Sanguinetti y uno de Lacalle, y en el Perú uno de Belaúnde, otro de Alan García y éste -¿durará?- de Fujimori.

        Lo que es seguro es que, de no haber dictaduras o autoritarismos de por medio, cada uno de esos tiempo pasa. Ninguno es Gardel, que murió hace 65 años y aun vende muchos discos a generaciones sucesivas. El siglo XX tuvo varios de estos monstruos duraderos y longevos, sobre los que es tarde reflexionar cuánto encarnaban a su gente y cuánto a sus círculos de poder. A pesar de su peso mitológico, es bueno verse libre de ellos. El único que los representa, solitario e imponente, es Fidel Castro.

        Los otros, siglo XXI, deben someterse a la calesita implacable de su propio tiempo. Como todos nosotros.



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