DE MARGINALES, HETERODOXOS, BUFONES DE LA CORTE Y OTROS, FRENTE AL PODER
Miguel Gutiérrez
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Hay intelectuales que gustan cortejar al Poder -encarnados en jefes de Estado, dictadores o altezas reales- no sólo para usufructuar en algo el resplandor que éste proyecta y eventualmente para participar de los beneficios no siempre espirituales que procura, sino que por exceso de vanidad y una falsa perspectiva del rol de los intelectuales creen que sus consejos y utopías extravagantes serán escuchados. Un segundo grupo de intelectuales está conformado por aquellos que mantienen una posición equidistante frente al Poder, posición que les permite asumir un rol fiscalizador y llegado el caso contestatario y aun de confrontación radical. Existen, por último, los intelectuales que optan por un rechazo a todo Poder y eligen -en su vida y actividad creativa- la marginalidad como principio de su existencia. Cuando se habla del compromiso del intelectual (pensadores, artistas y escritores) se piensa, sobre todo, en el segundo tipo de intelectuales, cuyo primer representante moderno fue Emilio Zola cuando, a propósito del caso Dreyfus, en 1898, en el diario L'Aurore dirigió una carta abierta al presidente de la república con un título que pasó a la historia: J'accuse. Sin embargo, pienso que al hablarse del «compromiso de los intelectuales», deben considerarse estas tres actitudes frente al Poder, cuyas formas de comportamiento, con figuras como Jeremías, se hallan ya anunciadas en el Antiguo Testamento. En el caso de Grecia, Platón y Aristóteles (ayo este último de Alejandro Magno) en la medida en que, má.as allá de sus respectivos aportes a la filosofía, dieron o pretendieron dar un fundamento racional al orden y el poder establecidos, constituyen los modelos más altos de intelectuales que pretenden embarcar a los gobiernos de turno en la realización de sus utopías personales. Sócrates, en cambio, puede ser considerado el antecesor lejano del segundo tipo de intelectuales, mientras que Diógenes constituye el indudable paradigma de los intelectuales que se oponen de manera radical a todas las formas de Poder.
La sabiduría de estos últimos (no me refiero, por supuesto a los farsantes, sino a escritores como Beckett) reside en que han renunciado a toda ilusión. Para los intelectuales contestatarios la situación es más compleja, si es que más allá de ser o pretender ser la conciencia y la memoria de la tribu, desean influir en los acontecimientos y hasta cambiar el rumbo de la historia. Porque es poco o nada lo que pueden conseguir salvo que detrás o junto a ellos esté la lucha de los pueblos. Fantaseando un poco: si los Premio Nobel hubieran unido sus voces, ¿hubieran impedido, por ejemplo, la Guerra del Golfo? No lo creo, pues ésta respondía a una razón de Estado, y detrás de esta razón estaban las despiadadas razones de los complejos económicos y militares. No sé si las valientes campañas de Sartre hubieran tenido algún eco con relación a la independencia de Argelia, si el propio pueblo argelino no hubiera librado su guerra de liberación, del mismo modo que por los años 60 «los juicios» del Tribunal Russell -acaso el foro de más alta jerarquía de humanistas y de intelectuales democráticos del siglo XX- sólo habrían tenido un valor simbólico de no ser por los duros años de guerra antiimperialista que libró el pueblo vietnamita y que terminó con la humillante derrota de la más soberbia de las potencias imperialistas de Occidente. En cambio, los bufones de la corte, por su cercanía al Poder (uno de cuyos secretos sueños acaso sea obtener el privilegio de acostarse con la reina) pueden ejercer una influencia tanto más siniestra cuanto menor sea su jerarquía intelectual. Aunque ellos pudieron pensar lo contrario, el loco Céline, el delirante Ezra Pound o el hermético Heidegger tuvieron una influencia mínima o más bien simbólica si se les compara con la que alcanzaron ciertos oscuros intelectuales, como el doctor Rudolf Hess, en las bárbaras prácticas del nazifascismo.
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Increíblemente el fujimorismo en su fase más autoritaria y antidemocrática cuenta con la colaboración de destacados intelectuales, por lo menos en el área de sus respectivas especialidades. En los primeros años de su gestión, como todo tecnócrata, Fujimori despreciaba y desconfiaba de los intelectuales, ya que para los fines de su gobierno le era más útil contar con una intelligensia, especie algo depravada de intelectuales que, según el ensayista mexicano Gabriel Zaid, tiene el significado de espionaje, de recabación de informes o de entendimiento y complicidad. Hombres oscuros de mediana inteligencia, tienen la inmensa ventaja sobre sus congéneres de mayor rango intelectual de carecer de todo escrúpulo moral. Algunos nombres se conocen y brillan con luz siniestra (un ex-capitán expulsado del ejército por el delito de traición a la patria y convertido después en abogado de narcotraficantes; un psiquiatra que purgó condena por homicidio...), pero hay otros que se las arreglan para mantener un perfil bajo, entre los cuales no es improbable que haya filósofos, científicos sociales y hasta algunos poetas y escritores, sin contar a la burocracia académica encargada de la intervención de las universidades nacionales. No hay que engañarse, sin embargo: el fujimorismo cuenta también con la simpatía y admiración de ciertos representantes de las capas intelectuales y artísticas, cuya fervorosa adhesión, cosa insólita, es básicamente gratuita porque ninguno de ellos ocupa cargo alguno en el gobierno ni en el mundo académico.
De los cuatro intelectuales de mayor jerarquía que apoyan al régimen de Fujimori, dos de ellos me resultan más fáciles de entender. Como una perfecta combinación del doctor Jekyll y el señor Hyde, Martha Hildebrant ha logrado separar su condición de rigurosa lexicógrafa de su condición de aguerrida congresista del oficialismo, siempre dispuesta a acatar y defender todos los legicidios y atentados contra la razón perpetrados por el fujimorismo. De modo que, por ejemplo, mientras el doctor Jekyll impulsa actividades culturales en el Congreso y promueve el Fondo Editorial del mismo, el señor Hyde suma votos para liquidar el Tribunal Constitucional. Es conocida la debilidad de la doctora Hildebrant por los gobiernos autoritarios, pero no creo que esta atracción fatal sólo responda a rasgos de su personalidad, menos aún creo que la impulse la consecución de vulgares beneficios materiales y, aunque los placeres que procura el Poder no le sean ajenos del todo, ninguno de estos factores explica su adhesión incondicional al actual régimen. No, la idolatría que profesa la doctora Hildebrant por los regímenes autoritarios es una cristalización a escala mayor de la mentalidad feudal-aristocrática o feudal-colonial que subyace en considerables sectores de la intelectualidad peruana.
Como cuadro intelectual del Opus Dei, la vinculación de Francisco Tudela con el gobierno de Fujimori trasciende, desde luego, el ámbito de las simpatías personales. Pudiera ser que incluso estas simpatías no existan, pero el fujimorismo contiene interesantes elementos de los cuales la secta confesional a la que él pertenece se puede servir para la constitución de un modelo de gobierno capaz de sobrevivir al propio Fujimori. A su vez un gobierno que se jacta de su pragmatismo y que mediante la intimidación y corruptela manipula conciencias y voluntades, necesita, llegado el caso, de una cierta legitimación teórica que obviamente el Servicio de Inteligencia es incapaz de proporcionarle. Más allá de sus contribuciones a las políticas coyunturales del gobierno de Fujimori, Tudela se ha venido erigiendo como una suerte de teórico de la autocracia fujimorista. Con una sólida formación en teoría política confesional y muy versado en asuntos de política exterior y de Derecho Internacional, y bajo inspiración del Opus Dei, Tudela se halla empeñado -como se puede advertir en su opúsculo Libertad, globalización y políticas nacionales- en elaborar no sólo para el fujimorismo, sino para la nueva derecha que él representa, una doctrina acorde con la situación mundial en los albores del próximo milenio. Para decirlo a la manera de Vargas Llosa, después de la descomposición y hundimiento del mundo socialista, la Bestia contra la que hay que luchar, según Tudela (y el Opus Dei) ya no es el comunismo sino el humanismo, a propósito del cual asevera que es: «Una especie de pasión por el hombre divinizado en sus derechos, siempre crecientes, independientes de toda naturaleza y esencia, reinterpretados 'ad eternum' en un continuo ideológico... Estamos frente a un fenómeno que no solamente es político, sino que, a través del fervor por el futuro venidero del reino humanitario, sacraliza intensamente lo que hasta hace poco fue una filosofía secular entre otras». Palabras que suenan a música celestial para una autocracia que ha hecho escarnio de los derechos humanos.
Recuerdo que cuando hace algunos años leí el admirable libro El país de las colinas de arena, experimenté dos emociones; la primera, fue de indignación y vergüenza al enterarme, con el respaldo de una copiosa documentación, del trato bárbaro, abusivo e inhumano que propietarios, autoridades y capataces (éstos generalmente descendientes de africanos) dieron a los inmigrantes chinos que en calidad de siervos llegaron al Perú a reemplazar a los recién liberados esclavos negros; la segunda fue de simpatía intelectual, moral y artística por el autor del libro, pues esta dilatada obra en dos volúmenes, en la que se combinan la novela no ficticia, la investigación histórica rigurosa y el tratado de reflexión jurídica, revelaban a un intelectual de indudable filiación humanística y democrática. Nada sabía entonces del autor -Fernando de Trazegnies-, pero luego averigüé que era un prestigioso profesor de Derecho de la Universidad Católica, que tenía a su cargo la cátedra de Filosofía del Derecho y que era autor de otros libros (alguno de los cuales he leído con interés y placer). Enseguida me enteré de un dato más bien curioso: de Trazegnies poseía varios blasones que lo emparentaban con la nobleza europea; el hecho no dejó de asombrarme pues hasta ese momento yo creía que la nobleza en el Perú era una capa social extinguida y, si no me equivoco, un noble debe ser monárquico por naturaleza y debe pleitesía a su rey. Se me dirá (y estaré de acuerdo) que estas cuestiones heráldicas no son más que boberías coloniales, pero el conjunto de todas estas circunstancias hicieron para mí más encomiable esa suerte de humanismo democrático que anima las páginas de El país de las colinas de arena. Pero, de pronto, Fernando de Trazegnies se convierte en una figura pública al ser nombrado por Fujimori, después de la liquidación del Tribunal Constitucional, ministro de Relaciones Exteriores, y esto ya no me pareció encomiable. No me referiré aquí al rol protagónico que desempeñó en el asunto del Tratado de Paz con el Ecuador: aunque controvertible -como lo es para mí-, su gestión puede de alguna manera explicarse. En cambio, resultan injustificables y merecen el legítimo repudio otras actuaciones del ministro de Trazegnies en apoyo del fujimorismo.
Según he tratado de mostrar, los vínculos de intelectuales como Francisco Tudela y Martha Hildebrant con el gobierno de Fujimori responden a una cierta lógica (si se quiere a una lógica perversa) que no es aplicable al caso de Fernando de Trazegnies, un intelectual que en sus escritos y en su cátedra universitaria ha defendido los principios universales del Derecho y la legalidad. ¿Cómo explicar este cambio que no es sólo de piel? Dostoievsky afirmaba que Dios y el Demonio se disputan el alma del hombre, y que, en palabras de Sábato, «el campo de batalla es el propio corazón de esta criatura trágicamente dual». El inconveniente de esta explicación mitológica es que, por una parte, confiere un halo de grandeza trágica a todos los apóstatas y, por otra, que en el fondo los absuelve de antemano, ya que su abjuración tiene lugar tras una dura y desigual lucha con el Angel. Pero vivimos en un mundo secular y desacralizado y las explicaciones deben ser estrictamente terrenales. Tres son las formas principales con que las tiranías enajenan conciencias y doblegan voluntades: el chantaje, la corrupción y el ofrecimiento de privilegios en el campo de la actividad profesional. Y me resisto a pensar en la sola posibilidad que el autor de un libro tan valioso para la cultura del país haya sucumbido a alguno de estos llamados o amenazas.
Más misterioso, más enigmático, también más traumatizante, es el paso a las filas del fujimorismo del gran historiador Pablo Macera. Hace años escribí largamente sobre él; ahora me limitaré agregar unas pocas palabras. Recuerdo que cuando le manifesté mi consternación por el paso dado por Macera a un amigo historiador, éste me dijo que aquel acto debió ser el resultado de una profunda reflexión cuyo verdadero sentido se revelaría con el tiempo. Recuerdo que pensé: tal vez en alguno de los infinitos porvenires del que nos habla el venerable Tsui Peng en El jardín de los senderos que se bifurcan la opción elegida por tan brillante historiador se nos revele como justa y correcta.
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Mario Vargas Llosa es en el Perú y quizá en todo el mundo de habla hispana el intelectual que más perfectamente encarna el ideal sartriano del escritor comprometido con su época. Gran novelista y ensayista excepcional, ha hecho de las cuestiones relativas al Poder -las formas en que se manifiesta, las vías para acceder al poder político y los medios para mantenerse en él- uno de los temas centrales de sus ficciones y sus polémicos y apasionantes ensayos. Pero aquí sólo me referiré al intelectual que no sólo escribe sino que, llegado el caso, es capaz de participar directamente en situaciones críticas, como lo hizo en Uchuraccay, en la lucha contra la privatización de la Banca o en una contienda electoral en su calidad de candidato a la presidencia de la República en momentos en que el país vivía una prolongada guerra interna. Es conocida la trayectoria ideológica-política de VLl: una primera fase juvenil de simpatía combatiente por la revolución cubana, una segunda en que se convierte en un abanderado del anticomunismo después de su ruptura con Fidel Castro en 1968 y una tercera fase -la actual- de combate por la democracia desde una posición más bien libertaria, como lo viene haciendo en la coyuntura política por la que atraviesa el Perú. Hay, sin embargo, ciertos rasgos comunes que confieren una continuidad vital a la trayectoria de Vargas Llosa; de estos destacaré dos. Uno de ellos es la vehemencia y lucidez con que el autor de Contra viento y marea defiende las ideas que hace suyas; y el otro es su permanente rechazo al militarismo, el fascismo y los regímenes dictatoriales. Y en esto reside la coherencia de Vargas Llosa, más allá de sus virajes ideológicos. Así, el Vargas Llosa que hoy combate el autoritarismo fujimorista es el mismo que de adolescente rechazó la disciplina castrense del colegio militar Leoncio Prado y de joven la dictadura de Odría.
Como intelectual comprometido, el momento crítico de Vargas Llosa fue el de la ruptura con el socialismo. Hay que recordar que esta ruptura se produce cuando con escasas excepciones la intelectualidad latinoamericana se consideraba de izquierda o, como se decía entonces, era por lo menos progresista. Según la metáfora maoísta, el viento de la historia soplaba hacia el este, lo cual quería decir que la tendencia principal en el mundo era
la revolución. En estas circunstancias Vargas Llosa fue sindicado como escritor de derecha, y en los años 60 y 70 el peor insulto que se le podía hacer a un escritor peruano era precisamente acusarlo de pertenecer a la derecha. A su vez, el novelista -en la mejor tradición de González Prada, es decir, la de romper el perverso hábito de hablar a media voz- criticó duramente a la izquierda intelectual peruana, ganándose enemistades que creo yo aún no terminan. Lo cierto es que si en su primera etapa Vargas Llosa podía considerarse un francotirador dentro de la izquierda, desde los años 70 defiende los principios y valores de la derecha liberal, si bien con una independencia y un radicalismo que algunas veces deben resultar enervantes para sus aliados eventuales. Particularmente discrepo de muchos de sus planteamientos teóricos y en más de una ocasión he criticado participaciones suyas en asuntos concretos de la política del país, pero esto no me impide respetar la profunda coherencia que anima su escritura y los actos de su vida. En la actual coyuntura de lucha contra la dictadura y de defensa de la constitucionalidad y de los derechos civiles que vive el país, la prédica de Vargas Llosa llevada desde muchos años atrás coincide no sólo con el reclamo de los sectores altos y medios de la población peruana, sino con las perspectivas de la causa popular. Poco o nada, decíamos al comienzo de estas páginas, es lo que puede lograr la voz de un intelectual comprometido, si no va acompañada de la lucha de los pueblos. Hoy se ha producido esta convergencia. Y es de esperar que este encuentro, no importa si temporal, determine cambios más allá de lo meramente coyuntural en la historia de la sociedad peruana.
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Para los intelectuales marxistas, las dos últimas décadas han sido especialmente difíciles y problemáticas debido a dos acontecimientos de dimensiones históricas: la guerra subversiva -sobre todo la impulsada por Sendero Luminoso- y la descomposición y hundimiento del mundo socialista; en el primer caso porque los enfrentaba al dilema sobre el camino a seguir y en el segundo porque la debacle del socialismo ponía en cuestión la teoría misma en que se fundaba su pensamiento y acción. Ahora bien. Para evitar una terminología demasiado ideologizada y partidarista, hablaré, a propósito del compromiso de los intelectuales, de un marxismo ortodoxo y otro más bien heterodoxo. En ambos casos creo yo que el papel de los intelectuales ha sido siempre problemático.
El pilar fundamental del marxismo ortodoxo es la idea de un partido de estructura vertical regido por el principio «del centralismo democrático». Pueden existir diferencias incluso antagónicas de acuerdo a las líneas ideológico-políticas entre los diversos partidos comunistas, pero sean «revisionistas» o «maoístas» siempre será un factor clave para llevar adelante la revolución la existencia del partido. Y aquí empiezan los problemas para el intelectual que quiere asumir de manera auténtica el marxismo, ya que, como es sabido, uno de sus postulados clave es que no basta con comprender el mundo sino que hay que transformarlo. De modo que si el intelectual de verdad quiere transformar el mundo debe ingresar al partido comunista. Cierto, tal ingreso será un acto de libertad y de fe, pero la fe deberá ser lo suficientemente robusta como para acallar eventuales dudas teóricas. Porque una vez dentro de la organización partidaria debe renunciar a toda independencia de pensamiento: según la consigna leninista, recordémoslo, el intelectual revolucionario debe ser «tuerca y tornillo» de la revolución. (En este sentido, los sacerdotes que fundaron la Teología de la Liberación se hallaban en una situación equivalente a la de los intelectuales con militancia partidaria: su pensamiento crítico no podía transgredir ciertos límites si no quería caer en la herejía, ni tampoco podía sustraerlos a ese culto a la personalidad que es el sometimiento a la autoridad papal. Una triste prueba de ello me la dio uno de los más connotados representantes de esta doctrina, con la sumisión y obediencia que mostró frente al reaccionario Papa Juan Pablo II cuando éste visitó Lima). No obstante que esta concepción es el caldo de cultivo para futuras disensiones, lo cierto es que las grandes revoluciones del siglo XX llegaron a convocar, por lo menos en la etapa heroica, a lo mejor de los intelectuales y artistas de sus respectivos países. No fue esto lo que ocurrió en el Perú; por el contrario, desde la muerte de Mariátegui los oscuros burócratas que, como Del Prado y Paredes, manejaron las riendas del partido espantaron a intelectuales democráticos de jerarquía, lo cual determinó un atraso en el desarrollo del pensamiento marxista. Como veremos enseguida, distinto fue el caso de la relación de Sendero Luminoso con los intelectuales, en especial con los marxistas heterodoxos.
Por cierto, los marxistas heterodoxos (como me permitiré llamarlos aquí) han recorrido también las páginas de Lenin, Stalin y Mao, además de los escritos de Trotsky, pero su fuente principal son los textos del propio Marx, a veces según la lectura de los pensadores filomarxistas como los de la llamada escuela de Francfort. A veces brillantes, generalmente más cultos y mejor informados sobre las corrientes del pensamiento burgués del siglo XX, rechazan la idea leninista del partido en la medida que implica una restricción a un pensamiento crítico e independiente. Pero precisamente este pensamiento crítico, que muchas veces deriva en criticismo, los inhabilita para una relación organizada con las masas capaz de transformar la sociedad. ¿Cuál es, entonces, el ámbito de su actividad? El aula universitaria, el mundo académico, la investigación científica a través de fundaciones y otras entidades como las ONGs. En cuanto a producción cultural, el resultado es generoso en cantidad y algunas veces en calidad, pero su universo de lectores es muy reducido: no trasciende los linderos universitarios y los lectores más atentos y competitivos son quizá los propios integrantes de esta intelectualidad heterodoxa. ¿Y la cuestión del Poder tan central en la teoría marxista de la historia? Los más radicales entre ellos optan por la lucha sindical y parlamentaria, formas de combate que se desenvuelven dentro de la legalidad establecida.
El desencadenamiento y desarrollo de la guerra subversiva en los años 80 e inicios de los 90 tuvo un efecto traumatizante y significó un reto para este sector de la izquierda peruana, porque el hecho mismo de haberse tomado las armas para establecer otro Poder, implicaba un cuestionamiento de sus planteamientos ideológico-políticos y de sus formas de existencia. De los dos grupos subversivos, fueron comprensivos y mostraron discreta simpatía por el MRTA; no ocurrió lo mismo con Sendero Luminoso con el cual deslindaron posiciones desde el inicio mismo de la guerra. Por supuesto esta izquierda intelectual no forma un solo bloque: entre los que lo conformaron existieron matices y aun voces discrepantes. Pero el sector más influyente por su cercanía a los medios de comunicación se convirtió en feroz enemigo de SL y tanto fue el apasionamiento de alguno de ellos que llegó a revelar identidades. Armados de una coraza ideológica, política y moral, sindicaron a SL como un grupo extraño, como una excrecencia, como la escoria del movimiento popular, cuyo lider era un individuo que bordeaba la patología. Pero no es necesario entrar en detalles porque es historia conocida. El odio político y el asco moral que suscitó este movimiento han sido de tal magnitud que uno de los más destacados representantes de la heterodoxia marxista, en un conocido espacio televisivo, con palabras dignas de monseñor Cipriani, sentenció que Sendero Luminoso era el Mal.
Yo no he sido ajeno a los dramas que vivieron ortodoxos y heterodoxos. En otro texto he revelado los problemas que afronté como novelista ante los requerimientos del compromiso social. Pero hace algo más de veinte años comprendí (bastante antes de que lo leyera en Kundera) que mi verdadero y único partido era el de la novela. En cuanto a mis acciones ante el llamado social, éstas han sido modestas y más bien irrelevantes. Hacia mediados de la década del ochenta escribí un largo ensayo en el que intenté estudiar a una generación en el terrible contexto de la guerra interna que conmovía al país, lo cual explica en parte la vehemencia de su escritura y quizá algunos excesos verbales cometidos. El libro cayó en el más absoluto silencio, aunque según me fueron revelando algunos amigos a lo largo de los años había sido objeto de discusión y crítica en diversos sectores de la intelectualidad peruana. En realidad, el libro no convenció del todo a los intelectuales de posiciones más radicales (¿cómo así es que consideraba a Eielson el mejor poeta de su generación?, ¿por qué había capitulado ante el reaccionario Vargas Llosa considerándolo un notable novelista?...) y disgustó y ofendió a los intelectuales progresistas, incluyendo a los heterodoxos del marxismo. A estos últimos los irritó la manera irreverente con que, según ellos, había tratado a prestigiosos intelectuales de la izquierda peruana y, sobre todo, por el estatus de intelectual de la mencionada generación que le confería al líder de SL. No decía una falsedad, sin embargo, pues ésta era la condición de Guzmán: la de un intelectual que desarrolla su actividad dentro de un partido. El texto lo escribí en 1986 y mis impresiones se basaban en el conocimiento que tuve de él más de quince años atrás, cuando coincidimos como profesores en la universidad nacional de Huamanga. No es éste el lugar ni yo soy la persona idónea para hacer un enjuiciamiento histórico de la guerra que dirigió y perdió el líder senderista con costo tan alto. Sin embargo, pese a todos los horrores y atrocidades que cometieron las fuerzas en pugna, me niego a escarnecer la memoria de los combatientes que pagaron con su vida la temeridad de sus acciones. Y es en consideración a ellos, en particular, que pensé, que sigo pensando, que Guzmán no tenía el derecho de caer en la forma que lo hizo.
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La marginalidad –la auténtica y absoluta- es otra opción que tienen los intelectuales con relación al Poder. Algunas figuras de la intelectualidad peruana acuden a mi mente, encabezados desde luego por Martín Adán. Pero esta marginalidad deriva de la tradición de la bohemia romántica que es, finalmente, autodestructiva. Existen, por otra parte, intelectuales que no son marginales sino más bien una suerte de «lobos esteparios», por su apartamiento de los mundillos académicos y literarios, entregados en silencio a la meditación y la escritura. Pero cuando me refiero a figuras marginales pienso en hombres como Beckett, Cioran, Genet o el mismo Bukowski, cuya vida y obra radicales (en la mejor tradición de Diógenes, llamado el Perro) se basan en una ética igualmente radical que no admite ninguna concesión a los convencionalismos sociales y a los poderes que gobiernan el mundo. Quizá haya excepciones, pero entre nosotros por desgracia la marginalidad, que en el mejor de los casos es en la vida de estos intelectuales una etapa antes de su reinserción en el orden vigente, es una impostura –como el malditismo exhibicionista, como los cultos a la locura y extravagancias que reclaman a gritos al fotógrafo-, grosera parodia que constituye una afrenta a estos seres que acaso aspiran a otra santidad por los caminos más peligrosos y desesperanzados.