SE BUSCA UN INTELECTUAL, RAZÓN AQUÍ
Martín Paredes Oporto
Concebir un pensamiento,
un solo y único pensamiento,
pero que hiciese pedazos el universo.
E.M.Cioran
Cuando le pregunto a Max Hernández Calvo qué es para él un intelectual; me contesta que «por la palabra, es alguien que emplea básicamente su intelecto, pero que es difícil definirla porque el término está signado por el estereotipo y el clisé, y que es difícil despojarlo de esas cargas. Sean peyorativas o incluso celebratorias». Celebratorias, como un escapulario colgando del cuello. Peyorativas, para restarle importancia a todo tipo de actividad de pensamiento, sobre todo cuando son posiciones críticas. «En las artes, en la escena limeña, es demasiado frecuente considerar a los artistas que piensan o se orientan más a lo conceptual, como malos artistas y que se dedican a ello como si no tuviesen el talento para las ‘artes’ como Dios manda». Max es ya un reconocido pintor y profesor en la Universidad Católica, de donde egresó. Exploró en la pintura pop y luego pasó al video, pero sin dejar la pintura, me advierte.
-¿Crees que tu pintura es vista como un trabajo intelectual? -le pregunto a Max.
-Me inclino a que no. Puede haber tanta dimensión intelectual en un trabajo hecho en óleo sobre tela. El problema es que en Lima (en el campo de las artes) la gente no le presta demasiada atención a esa dimensión intelectual. Están obsesionados por las virtudes formales de tu trabajo, cuán habilidoso eres, pero toda la dimensión reflexiva, crítica, se deja de lado. Y cuando se reconoce, suele hacerse con cierto desdén. Eso es en base a la ignorancia supina del medio, atravesando comentaristas, productores, consumidores.
Rafo Ráez se ha cortado su característica larga y lacia cabellera, aquélla que le tapaba un ojo, como una tapada. Ingresó a San Marcos a estudiar comunicación, «la carrera que estudia mucha gente que no sabe mucho qué hacer», y se trasladó a antropología siguiendo a una chica de la que estaba enamorado. Pero es, ante todo, uno de los mejores músicos de la escena alternativa nacional. No fue una decisión serlo, es algo que le pasa a uno. Un día escuchó «Anarchy in the U.K.» de los Sex Pistols y todo cambió para él. «La antropología es una pasión tan fuerte como la música, es la ciencia social más sutil. Soy un fan absoluto de la antropología». Ha grabado discos como «Suicida de 16», «El loco y la sucia», y «Muéranse», «discos con amargura y ternura, agridulces, como la comida china». Digamos que las clases de Julio Cotler en San Marcos, de las que era fan absoluto, fueron un terreno fértil para su música, aunque Rafo trata que no se note. No soy nihilista, dice, sólo una persona que mira la realidad crudamente y que tiene una esperanza cruda, en todo caso.
Se saca la gorra negra de lana para responderme qué es un intelectual. Y se la pone otra vez:
-En muy pocos caminos de vida uno puede ser lo que quiere ser. Un intelectual es aquél que puede ser lo que quiere ser. Y no tiene excusa para no serlo.
-¿Un músico de rock puede ser un intelectual?
-Habría que revisar la biografía de Lennon. Claro que él siempre negó que fuera un intelectual, él hablaba más por intuición. Pero frases como «Dios es un concepto mediante el cual medimos nuestro propio dolor» podría ser de Hannah Arendt, ¿no?
LAS LEYES DE LA ATRACCIÓN
Nos sentamos sobre unos cojines a ras del suelo, en su sala. Hay mucho color en armonía, afuera está gris. Veo dos veces a Natalia Iguíñiz, la que está delante de mí: de carne y hueso, y la que está detrás de ella: un autorretrato suyo colgado en la pared. Natalia es una de las más talentosas pintoras de su generación; su pintura introspectiva, íntima, de un ambiente melancólico recuerda a la de Edward Hopper, me contaría después, mientras almorzamos frejoles con arroz y huevo frito. Participó en la I Bienal Iberoamericana de Lima, hizo su primera individual en 1998, calificada como notable por la crítica. El año pasado sus afiches sobre las perras causaron escándalo en esta hipócrita ciudad. En las últimas elecciones elaboró unos afiches con la estética del serígrafo chicha, pero con frases como: «no al tecnofraude», «cambio y no cumbia». Luego, con Sociedad Civil, participa en la organización de «Lava la bandera», cada viernes en la Plaza Mayor. «Yo creo que todos somos de alguna manera intelectuales; todos tenemos reflexiones intelectuales, pero llamamos intelectuales a los que se dedican a un trabajo más metódico de reflexión. Aquéllos que hacen de la reflexión su ocupación». ¿Y tu trabajo, crees que es visto como intelectual? «Mi trabajo tiene reflexiones intelectuales, sí. Pero más que mi trabajo, mi vida; yo estoy acostumbrada a tener un tipo de reflexión que podríamos llamar intelectual, pero no pienso que esa sea mi profesión, mi quehacer cotidiano. No creo que un artista no pueda ser un intelectual. No desarrollo un trabajo intelectual sistemático. Investigo, leo para mis proyectos, pero no escribo mucho, diría que no soy una intelectual». Estamos de acuerdo en que Gustavo Cerati es lo máximo, que Soda Stereo es maravilloso. Pero a mí me gusta Szyszlo, y a ella no.
CUERPO A TIERRA
Creció –crecimos- con Sendero, el apagón, el coche-bomba. Nuestra generación tenía seis años cuando volvió la democracia y el terror, vivimos una guerra que no comprendimos. Nos tocaron malos tiempos en que vivir. Este año, Alberto Vergara y Eduardo Dargent publicaron un libro conjunto de ensayos sobre Sendero Luminoso e inocentes condenados por terrorismo: La batalla de los días primeros. Alberto estudia el último año de Derecho en la Católica, obtuvo el tercer puesto en el segundo concurso de ensayo del Ideele en 1998 y recibió una mención honrosa en el concurso de cuentos Adobe en 1999. Para él, un intelectual es «alguien que tiene un gran interés por estar informado de muchas cosas, las sistematiza y trata de hacerlas públicas» Y cuando le pregunto si tiene algún modelo de intelectual, sonríe y dice: «me resulta incómodo responder de la intelectualidad como si fuera uno de ellos».
¿Estás muy lejos de ellos?, ¿cómo te ubicas? «A mí me gusta leer, dejémoslo ahí», y vuelve a sonreir. Me explica que para él esa palabra «tiene una dimensión bastante grande, de importancia, que es difícil colgársela encima». Le gusta Octavio Paz, tanto como Camus y Bertrand Russell, Vargas Llosa por su honestidad intelectual, «no me gustan los intelectuales que defienden regímenes, ni ideologías, ni religiones, me gusta el pensamiento libre». Tiene en su habitación un afiche de Velvet Underground, la vanguardia musical de los sesenta abrigada por Andy Warhol. ¿Cuánto queda de los intelectuales sesenteros? «Creo que fue una generación que vivió vinculada a la política y en la que la intelectualidad era un instrumento del rollo político. Siento que los resultados de muchas de sus investigaciones era aquello que tu ideología te mandaba que encontraras, no en todas, pero sí en muchas. Como intelectualidad, francamente no nos han dado un Porras, un Basadre, un Mariátegui. A pesar de que el pensamiento intelectual en el Perú ha estado dominado por la izquierda, nadie ha podido siquiera acercarse a Mariátegui.»
Para Natalia Iguíñiz esa generación, la de sus padres, creyó que iba a cambiar el mundo, estaban trabajando para una revolución (Cuba influyó mucho), tenían una utopía más o menos clara. «Llegaron a tener un compromiso realmente alucinante, llegaron a hacer que sus vidas estuvieran en función de ese ideal. Te cuento una cosa graciosa: mi mamá cuando me iba a dar a luz, decía: ‘pero si vamos a hacer la revolución qué cosa es parir un hijo ante eso’».
Hoy, más que compromisos, lo que cada uno se exige a sí mismo es ser auténtico en lo que uno hace, en lo que uno cree, ser primero individual para luego ser colectivo: «eso de que uno no puede ser auténtico es una mentira que han inventado los mediocres para justificar la mediocridad con la que trabajan en el sistema capitalista. Fíjate, fíjate, fíjate», sentencia Rafo Ráez. La prueba -continúa Rafo- de que uno puede ser brillante en el sistema capitalista está en Sex Pistols, en ABBA, en Charly García y en John Lennon, que han realizado cosas de muchísimo talento y han hecho muchísimo dinero haciendo lo que les daba la gana de hacer. «Y yo también hago lo que me da la gana».
A Max Hernández le parece que en lo artístico es difícil delimitar hasta dónde llega tu deber. «Uno podría decir románticamente que tu compromiso es mantenerte fiel con tu trabajo, a lo que tú crees; pero el problema también es que el deber con uno mismo es comer. Es bien difícil porque el problema es que no hay mayores espacios que te den opciones y cuando tienes escenarios tan simplificados como en política, que están dividiendo todo en dos, como que tu compromiso sólo se puede definir bipolarmente. En lo artístico, o haces plata o te comprometes con tu trabajo. Estamos reproduciendo una estructura bipolar propia de la guerra fría».
LOS MEDIOS JUSTIFICAN EL PODER
Inmersos como estamos en una sociedad mediática, donde los medios construyen una realidad, donde el mundo pasa por los medios para justificarse, cómo se ubica un intelectual, acaso no pueda prescindir de ellos, ¿cómo habría trabajado Mariátegui en estos tiempos? Quizá hubiera tenido un programa de televisión por cable, una página web y chatearía con sus lectores: la soberanía del homo videns.
Max Hernández presentó en abril «La brecha», una muestra de imágenes de video manipuladas digitalmente. Él ve mucha televisión: «el rol de un intelectual que puede generar un cierto respeto entre la gente parte de un reconocimiento público que atraviesa los medios. Antes en política había el balcón; ahora entre salir a un balcón y salir en la tele, te quedas con la tele ¿no?, a menos que te guste el aire fresco».
Para Alberto Vergara, se trata de mostrar un producto que la gente consuma y ahora la gente consume medios masivos, mantenerse en circulación. Aunque existe también el intelectual recluido en la academia, son dos formas distintas de afrontar el mundo. Pasar por los medios «es una opción casi obligada, y más en países como el nuestro donde tienes que pasar por los medios para que vean tu libro, para que vean tu cuadro, para que sepan que salió tu disco». En estos últimos años hemos sido testigos de la manipulación impune de los medios masivos como la televisión, impermeable a lo que sucedía en las calles: «una manipulación que es bien desgraciada porque no sólo está destinada a crear una realidad virtual, paralela o inventada, sino que los medios están abocados a embrutecer a la gente. Es la culminación de la involución de la educación. Mira la televisión... Beto Ortiz es el intelectual de la televisión».
Ya es viejo el debate entre el intelectual y el poder. Sin embargo, llegar a ser un intelectual de prestigio ya implica tener una forma de poder, de influencia, quizá un poder más etéreo, menos mensurable. «¿Por qué un intelectual no debería ser fascista? ¿Por qué un intelectual tendría que ser de izquierda? ¿Por qué los de izquierda tienen que ser buenos? Quizá si mucha gente de izquierda hubiera llegado al poder, habría sido, no diría peor o igual, pero hubiera sido terrible también», dice Natalia Iguíñiz. Quizá la imagen más inmediata que nos asalta es la del intelectual, en su gabinete, en su cátedra, tentado, atraído por el melifluo canto de sirena del poder, por migajas de poder: el oportunismo. Alberto Vergara recuerda el caso de Martín Heidegger que adapta su teoría filosófica al nazismo y quema libros de judíos. En el Perú, a comienzos de siglo, la relación entre intelectuales y política es muy estrecha. En un discurso de 1900 sobre las profesiones liberales, Manuel Vicente Villarán da cuenta del rol del Estado como empleador de intelectuales. Los intelectuales también son dirigentes políticos: es el caso del Partido Civil, del Partido Demócrata (Capelo, Mariano H. Cornejo), otros fundan sus propios partidos (Riva Agüero, González Prada). «Leguía acribilla toda la generación anterior, la del 900 queda sepultada porque Leguía forma parte del civilismo. Y la siguiente generación, la del centenario, Haya, Sánchez, Mariátegui, no le tiene mucha simpatía. Yo creo que siempre vas a tener unos intelectuales dispuestos a subirse al carro. O sea, la intelectualidad en el Perú está tan mal recompensada que a veces puede ser bien conchudo criticar a un intelectual porque a los setenta años decide sumarse a un tipo de gobierno», dice Vergara.
«No sé por qué tendría que ser extraño que un escritor, que un intelectual esté en el gobierno; que seas intelectual o pintor no implica que no tengas una vida política», afirma Natalia Iguíñiz. El problema es la perversión del pensamiento. Y cuando le nombro el caso de Pablo Macera: «Ah no, claro. Para mí, Perú 2000 es algo totalmente negativo, es una cosa horrible, corrupta, lameculos, todos me parecen hasta el perno. Entonces tú dices, una persona que es inteligente, que proponía esquemas históricos diferentes (ambos leímos sus heterodoxos libros de texto de historia del Perú en el colegio), una persona que ha demostrado mucha lucidez, dices, ¿cómo? A uno lo impresiona, alguien que tú podías admirar, de pronto está metido con esa sarta de basuras».
Rafo Ráez, sobre el mismo punto, cree que Macera está siendo coherente con toda su vida. «El razonamiento de Macera es que no hay una opción mejor que la opción del fujimorismo, que es el razonamiento de Fujimori también».
EL ARTE TAMBIÉN PAGA
En los 80 aparecieron los yuppies, esos jóvenes profesionales aburridos de hacer dinero y bien a la tela. La década de los 90 fue la de los tecnócratas, la eficiencia y la reingeniería. ¿El intelectual es un aspirante a misio?, le pregunto a Rafo Ráez: «Los tecnócratas no tiene miedo de acumular dinero. El intelectual no sabe lo que es el dinero. No entiende que es una base de poder acumulable. ¿Cómo vas a empujar un movimiento de transformación sin una buena caja? Hasta para la subversión se necesita dinero. Lo siente ajeno, lejano a él, o cochino. Y finalmente, cuando tiene dinero se siente mal, se siente sucio, es capaz de hacer cojudeces con su dinero. En tanto tiene dinero, peor persona se vuelve. ¿Por qué? Porque siente que el dinero ya es una prueba de que él es una basura, lo cual es estúpido».
-¿Tú sí sabes lo que es el dinero?
-Ah, yo sí sé qué es el dinero. Yo quiero ser multimillonario. -Y una sonrisa inocente se dibuja en su cara.