EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN

Eduardo Toche


Hace una década, la caída del muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética fueron interpretados como las señales inequívocas del fin de la izquierda. Latinoamérica tuvo además sus aportes locales a esta percepción: la inesperada derrota electoral del sandinismo en 1990 y la denominada «hora final de Fidel Castro» –cercado ante el cierre de la ayuda soviética y el caso Ochoa.

Poco a poco la izquierda regional confirmó y aceptó que en los veinte años previos el mundo había cambiado de manera paulatina pero muy profunda, dejando fuera de lugar a sus ideas y prácticas políticas. Sin embargo, ni los más optimistas pudieron predecir que al cabo de algunos años iba a producirse su vuelta al escenario político. ¿Qué pasó para que el discurso de izquierda empezara a tener nuevamente audiencia entre los latinoamericanos? En parte, esto se debió al incumplimiento de la promesa ofrecida por el neoliberalismo.

Recordemos que el neoliberalismo no fue sólo una crítica a los postulados de los círculos de izquierda. También fue una respuesta que intentó ser devastadora, atreviéndose incluso a afirmar que las aspiraciones de sus enemigos ideológicos podían lograrse bajo el imperio de su modelo. De esta manera, aseguró que el mercado era la única vía para superar la pobreza, la injusticia, las abismales disparidades sociales y otros males estructurales que aquejaban a Latinoamérica.

Pero, al cabo de los años el neoliberalismo no solo demostró su incapacidad para resolver los problemas de siempre sino que en algunos casos, incluso, los agravó ocasionando mayor pobreza y aumentando la vulnerabilidad de los hogares.

Sin embargo, el fracaso del neoliberalismo no es el único factor que ha posibilitado la reaparición de la izquierda latinoamericana. A pesar de su profunda crisis, nadie puso en duda el peso que representa la izquierda en la formación política de la región. Este background es también importante para explicar su vigencia.

Una idea toma cuerpo

Desde fines del siglo XIX se fue configurando un ambiente social propicio para la aparición de un pensamiento crítico, que si bien buscó interpretar las demandas de los nuevos sectores populares –obreros y clase media- aún no podía desligarse del esquema cerrado y excluyente practicado por los sectores dominantes.

Fueron más bien respuestas incipientes que se dirigieron contra las ideas y los operadores del sistema, aspirando a reemplazarlos por, digamos, un esquema más «moderno». Como afirmó Angel Rama, «se trató de una sustitución de equipos y doctrinas pero no de un asalto a los principios ...»

Aunque estas reacciones no pueden ser asociadas a la izquierda, tuvieron varios elementos que luego serían reivindicados por ésta como, por ejemplo, las fuentes de la nacionalidad. Si para las oligarquías ésta residía en la figura del héroe nacional, el pensamiento crítico volteó su mirada hacia el contorno redescubriendo una «cultura popular» que la asumió como la base del sentimiento nacional.

Asimismo, parte de sus esfuerzos se dirigió a superar la visión localista de la política y construir una percepción global que insertaba los procesos nacionales en marcos más generales, tal como la idea de la integración latinoamericana. Una tercera cuestión fue un intuitivo sentido de la democratización que se contraponía al elitismo de los sectores dominantes.

Mientras esto ocurría en el plano de las ideas, en la realidad social los nuevos sectores populares venían experimentando su propia dinámica. Concentrados en las urbes y en los centros de extracción de materias primas, tenían que adecuarse a sus nuevos roles productivos sin que su bagaje cultural les sirviera de mucho en este novedoso contexto.

A pesar de los esfuerzos de adaptación, reinventando y readecuando una serie de usos y costumbres, estaba claro que estos grupos actuaban sobre límites bien definidos y con escasa capacidad de éxito en su enfrentamiento contra el statu quo.

Esta situación varió radicalmente cuando aparecen los partidos politicos, que por primera vez permiten que las demandas sectoriales encuentren mecanismos de identidad ideológica, criterios organizativos y, también, un medio que otorgaba un sentido más amplio a su experiencia, que pasa de una percepción local a una nacional.

Entre ellos irrumpen los partidos de izquierda. Aunque no resulta difícil identificarlos, dadas sus radicales posiciones contra el orden imperante, no son sus ideologías ni sus programas lo que concita la casi inmediata adhesión de las fuerzas sociales populares e intelectuales latinoamericanas.

La convocatoria masiva que suscitan los partidos de izquierda se debió sobre todo a la fuerza moral, de innegable contenido redentorista, que traslucía su mensaje de cambio. Otro aspecto importante fue la simbiosis que realizaron entre las ideas universales desde las cuales derivaban sus programas de acción con las realidades y las tradiciones políticas locales.

Sin embargo, nada de esto ocultaba sus lados débiles. Uno de ellos, el más importante, es que nunca terminaron de resolver el problema del ejercicio del poder. Es decir, de alguna manera se especializaron en las formas cómo podían acceder a él pero no sucedió lo mismo cuando debieron desarrollar fórmulas de gobierno que guardaran armonía con los radicales discursos que enarbolaban.

Este problema irresuelto hizo que las primeras manifestaciones de la izquierda, los partidos comunistas y las organizaciones nacionalistas y/o populistas, dejaran de lado paulatinamente sus interpelaciones desde fuera del sistema para ir acercándose a él y, finalmente, terminar formando parte del mismo.

Las esperanzas se renuevan

Hacia mediados del siglo XX otras variantes de la izquierda fueron incorporándose al quehacer político latinoamericano. En ese período aparecen los movimientos reformistas que intentaron llevar a cabo un limitado programa de cambios sociales y, junto a ellos, veremos la consolidación de otros dos grupos, que Jorge G. Castañeda denomina la izquierda social y la izquierda intelectual.

La primera de ellas conformada por organizaciones sociales autónomas que luego de una inicial etapa de luchas reivindicativas se asentaron con programas propios que sirvieron para identificarse ante el Estado y ante los partidos políticos. En el caso de los intelectuales no eran necesariamente militantes de una organización, aunque sí tenían un perfil ideológico definido y una obra insertada en la agenda programática de la izquierda.

Ahora bien, este panorama de la izquierda latinoamericana se vio profundamente alterado con el triunfo de la revolución cubana -en 1959- porque, entre otras cosas, este hecho asienta la confianza en la lucha armada como la forma de tomar el poder. Fueron muchos los casos que siguieron el ejemplo cubano, pero entre ellos resulta ilustrativa la experiencia desarrollada en el Cono Sur, específicamente en Uruguay y Argentina.

En el caso del Uruguay, la formación del MLN-Tupamaros tuvo directa relación con la aguda crisis económica de principios de los 60 y la represión que recayó sobre los trabajadores, bajo el argumento de que sus reclamos salariales eran la causa de la espiral inflacionaria que comenzaba a asomar.

Asimismo, habría que agregar la presencia de bandas armadas de derecha que asaltaban a sindicatos y centros universitarios, al punto que hacia 1964 parecía inminente un golpe de Estado. En este ambiente, la Convención Nacional de Trabajadores, que tenía en los azucareros una de sus bases más importantes, aprobó un plan de resistencia.

El movimiento se amplió, incorporando a otros sectores sociales y fue cuando Raúl Sendic, por entonces asesor legal de los trabajadores del azúcar, resultó nombrado coordinador de la lucha popular y resolvió enfrentar la ofensiva del oponente utilizando incluso métodos violentos. Es así como el MLN empezó a tomar forma.

Los Tupamaros se autodefinían como una organización cuyo objetivo era la construcción del socialismo, aunque nunca dijeron en qué consistía éste, conformándose con la vaga fórmula de que «el socialismo era un tipo de sociedad que se conformaría en el proceso histórico y sería el pueblo el que le daría su idiosincracia».

En otras palabras, estábamos ante un intento político voluntarista que dedicó toda su atención a las formas de lucha que llevaría a cabo, pero descuidando en grado sumo los objetivos hacia los que debía conducirse.

En un inicio combinaba formas legales y no legales de lucha, hasta que en diciembre de 1966, luego de un confuso enfrentamiento con la policía, decide pasar a la clandestinidad y planificar una acción espectacular: la toma de la ciudad de Pando, que terminó en un estruendoso fracaso. Sin embargo, el revés militar se tradujo, paradójicamente, en un triunfo político pues a partir de ese momento la organización y su periferia crecieron a un ritmo acelerado.

Esto confirmó la percepción según la cual el MLN-Tupamaros nunca fue en realidad una guerrilla sino una entidad política que utilizaba la «propaganda armada», que años después también sería utilizada por otras organizaciones -como el M19 de Colombia-, como manera de acumular fuerzas.

La respuesta no tardó en llegar. Ante el intenso accionar tupamaro el gobierno, con el apoyo del Parlamento, decretó el Estado de Guerra Interno e integró a las fuerzas armadas a las tareas de asegurar el orden interno, junto a la policía. Fue el principio del fin. Una represión indiscriminada, que fue continuada por la dictadura militar que se instauró en 1973, pudo finalmente desarticularlos.

En el caso del Movimiento Montonero también debemos remitirnos a las condiciones específicas del escenario argentino para entenderlo. La experiencia peronista había permitido el reavivamiento del nacionalismo pero bajo una versión que incidía en una vaga retórica antiimperialista y antioligárquica, muy útil para convocar a sectores sociales diferentes y hasta contradictorios, entre los que resaltaron los obreros urbanos, que lo vieron como el protagonista de un drástico cambio social con base popular.

Sobre este antecedente aparece y se desarrolla una denominada izquierda peronista, promediando la década de los 50, producto de la radicalización de gran parte de la militancia que se hallaba frustrada por la pérdida de la capacidad adquisitiva de que habían gozado durante el gobierno de Perón.

Asimismo, esta corriente incorporó a jóvenes «peronizados» que inicialmente formaron parte de la derecha católica. La transformación experimentada por estos grupos juveniles se debió en gran medida a la influencia que tuvo sobre ellos el nuevo mensaje emanado de la Teología de la Liberación y el Concilio Vaticano II.

Por otro lado, también contribuyeron a la formación de esta ala las ambigüedades del gobierno de Arturo Frondizi respecto al movimiento peronista, la necesidad de mayor definición cuando surgió un peronismo sindical conciliador -el «vandorismo»- y, por supuesto, la influencia de la revolución cubana.

Pero debió pasar todavía algún tiempo para que ingresaran los Montoneros a la escena política argentina. Fue en 1968 cuando se decide su fundación y luego de prepararse durante dos años anunciaron su existencia en mayo de 1970.

A estas alturas, casi cerrando la década de los 60, los Montoneros estuvieron convencidos de la imposibilidad de provocar cambios utilizando los mecanismos legales. En este sentido, tuvieron un par de buenas justificaciones en la represión al denominado «Cordobazo» y el aplastamiento ejercido contra la parte no conciliadora de la Confederación General del Trabajo (CGT).

En suma, los Montoneros fueron una expresión populista de socialismo, producto de la combinación de un catolicismo radical, el nacionalismo y el peronismo. Aunque esto no les dio gran fuerza ideológica sí les permitió convertirse en la expresión política de amplios sectores sociales y lograr una flexibilidad táctica muy eficaz en situaciones de extrema fragilidad.

Bajo estos endebles fundamentos los Montoneros, más pronto que tarde, se verían entrampados y sin poder hacer frente a la militarización del Estado. La falta de precisión programática, por ejemplo, hizo que rechazaran las propuestas unitarias que provenían de las otras fuerzas de izquierda e, insólitamente, prefirieran buscar aliados «tácticos» en una inexistente ala reformista de las fuerzas armadas o en las juventudes de los partidos derechistas. Con ello, su aniquilamiento estuvo a la vuelta de la esquina, como de hecho sucedió, a lo que se sumaron cargos de corrupción dirigencial e, incluso, colusión con los agentes que reprimían y torturaban a sus propios militantes.

Ahora bien, cuando se habla del protagonismo de las organizaciones de izquierda durante los 60 no puede dejarse de lado a la experiencia chilena. A diferencia de lo acontecido en Uruguay y Argentina, en Chile la izquierda logró llegar al gobierno mediante elecciones.

Pero a pesar de haber usado otros métodos, la derrota también se impuso aquí y casi por los mismos motivos expuestos en los casos anteriores. En resumen, lo que sucedió en Chile fue la imposibilidad de desarrollar un programa de justicia social, que se entendía como una vía pacífica de construcción socialista, sin querer afectar la estructura misma del poder.

Con la muerte del Che en 1967 y la de Salvador Allende en 1973 finalizó, no sin frustración, un ciclo que se había iniciado con grandes esperanzas sobre la posibilidad de cambios rápidos y profundos en la realidad socio-política de la región.

La segunda ola armada

A pesar de los reveses, la idea de tomar el poder mediante la lucha armada no provino de la agenda de la izquierda latinoamericana, como se comprobaría años más tarde en otro rincón del continente: Centroamérica.

Allí se originaría una segunda oleada de revoluciones izquierdistas hacia fines de los 70 y comienzos de los 80 que si bien se generalizó en toda esta área alcanzó sus puntos más altos en Nicaragua y El Salvador.

En Nicaragua, durante décadas la lucha contra la dinastía somocista se había desarrollado sin solución de continuidad debido a la carencia de una dirección política capaz de darle organicidad. Pero fue la influencia de la revolución cubana lo que finalmente permitió a los revolucionarios nicaraguenses tomar otros rumbos.

En 1961 surge el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), una confluencia de organizaciones armadas que habían estado actuando cada una por su lado, con la intención manifiesta de crear una vanguardia revolucionaria que se presentara como alternativa a la oposición de derecha.

Pero no fue sino hasta 1977, cuando lanza una acción en San Carlos -cerca de la frontera con Costa Rica- que fue seguida de un ataque a Masaya, que el FSLN puede iniciar la ofensiva que terminará en su triunfo.

Estos eventos, inscritos en un contexto de debilidad del régimen, sirvieron para que el FSLN tomara la iniciativa política justo en momentos en que se fortalecía la oposición conservadora, liderada por el director del diario La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro. Además, otro aspecto táctico que les resultó crucial para obtener éxito fue que no abrió frentes en el movimiento opositor, estableciendo en su lugar una política de alianzas.

Si llegar al poder fue una tarea ardua, mantenerse en él no lo fue menos. Una serie de contradicciones surgidas en torno a cómo debía manejarse el proceso, los garrafales errores cometidos en la resolución de problemas sociales y económicos, el cerco tendido por los Estados Unidos –que no quería otra Cuba en el hemisferio-, la actividad de los contras, entre otras cuestiones, terminaron por desgastar a los sandinistas al extremo de tener que retirarse del gobierno en 1990, luego de perder sorprendentemente las elecciones generales de ese año.

Una de las virtudes del FSLN es haber servido de ejemplo a otras fuerzas de izquierda centroamericanas, entre ellas a las salvadoreñas. Entre 1979 y 1980 los partidos de izquierda de El Salvador se integraron en un solo bloque político y promovieron el frente opositor, con otras fuerzas no izquierdistas, llamado Frente Democrático Revolucionario (FDR).

Pero el momento decisivo sobrevino el 10 de octubre de 1980, cuando se funda el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y, con ello, quedó lista la maquinaria militar que lanzaría la ofensiva de enero de 1980, inicio de la denominada guerra popular revolucionaria.

Desde ese instante se desencadenaría un prolongado período de lucha que, a diferencia de lo ocurrido en Nicaragua, no culminó con el triunfo de las fuerzas insurgentes aunque no evitó que el FMLN se constituyera en una fuerza importante en el escenario político salvadoreño.

Ya transformado en partido, hecho que ocurrió en 1992, el FMLN aceptó un desenlace negociado de la guerra y desde ese momento estableció como sus prioridades la ejecución de los acuerdos de paz e ir ganando espacios en el ámbito de la política formal, hasta lograr ganar las elecciones parlamentarias y municipales realizadas en el presente año.

Hacia adelante, mirando atrás

A modo de balance podemos preguntarnos: ¿cuál ha sido la contribución de la izquierda en la evolución política del continente? Tal vez uno de los rasgos que más destaca es el haber sido un decisivo factor de presión cuando no ejercía el poder. Que la idea de democracia se haya arraigado entre nosotros es, sin duda, un logro de la izquierda. Ocurre lo mismo con la noción de justicia social y lo que ésta significó en la construcción de Estados asistencialistas.

El problema, sin embargo, fue que sus aspiraciones resultaron incompatibles entre sí y muchas veces produjo desenlaces no buscados y hasta contrarios. No fueron pocas las veces que un gobierno de izquierda terminó en un represivo golpe de Estado, cuya justificación siempre fue el restablecimiento del «orden» ante el «caos» generado por los reformadores o revolucionarios.

Con estos antecedentes se podría dudar de la pertinencia de una opción de izquierda en Latinoamérica. La respuesta radica tal vez en el tipo de lectura que hagamos de su proceso histórico. En términos generales, existe la tendencia de negar sin mayor discernimiento todo el pasado de la izquierda y creer que su vigencia sólo depende de lo que pueda hacer de ahora en adelante. Con una operación de este tipo corremos el peligro de menospreciar el valor que puede tener recuperar la experiencia previa en la formulación de un adecuado proyecto político.

Como dice Juan Carlos Portantiero, la gran posibilidad del socialismo está en «imaginar una sociedad más justa o una sociedad donde puedan equilibrarse la libertad y la igualdad ... aunque fuera como tensión utópica para el mejoramiento del presente».

En otras palabras, el vigor de la idea socialista responde a esa dimensión moral que la acompañó a través de toda su historia. Recordemos que su legitimidad reposó, más allá de doctrinas y programas, en el hecho de haber insurgido contra una realidad percibida como injusta por amplios sectores de la sociedad. Por ello, si de algo puede servirle la historia a la izquierda es en la recuperación de este factor decisivo para su identidad.


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