LA URSS Y CUBA:
DEL COMUNISMO ORTODOXO AL SOCIALISMO TROPICAL
Ronaldo Menéndez
 

Historia de matriochkas

La izquierda en Cuba nunca fue siniestra. Pero el esfuerzo desmesurado del aparato estatal por hacernos creer a los cubanos que la Unión Soviética era un paraíso, fue algo imperdonable. Cuando a finales de los ochenta el comunismo de Europa del Este pasó a ser lo que el viento se llevó, la isla chica se convirtió en infierno grande. Aquello era una imposible broma de mal gusto: el paraíso no podía ser desterrado del reino de este mundo con la misma facilidad con que Adán y Eva fueron despachados de aquel otro paraíso de ficción.

Fue como si El Capital dejara de ser el tan cacareado libro científico que blandían los profesores de la Universidad de La Habana, para convertirse en una fatigosa novela de tres tomos cuyo protagonista moría de un inexplicable infarto en la última página. La razón de que el derrumbe del campo socialista a los cubanos nos cayera como una ducha fría, tuvo mucho que ver con la información. Ni glasnost ni perestroikas bañaron las costas de Cuba hasta el último minuto. Y ya se sabe que sólo conociendo las siniestras maniobras que empedraron el «bienintencionado» camino del sistema soviético, podía evitarse el gigantesco malentendido con su consecuente sorpresa.

La información era imprescindible: sobre la Revolución bolchevique, que muchos historiadores ya habían calificado de golpe de Estado, hasta el innecesario asesinato del zar con esposa e hijas (incluyendo los perritos falderos de palacio). Desde el tratado Hitler-Stalin, hasta los campos de trabajo forzado que florecieron en tiempos de Lenin, y luego los otros gobernantes se encargaron de sobrepoblar con intelectuales inconformes, delincuentes comunes, homosexuales, disidentes y retrasados mentales. Desde suicidios inexplicables como el del poeta Vladimir Maiacovski, hasta brutales destierros como el de Mijail Bulgakov, pasando por el hacha a lo Raskolnicov que aplastó –literalmente- las incómodas ideas que salían de la cabeza de Trotsky El conocimiento de estos hechos llevó a muchos a concluir que en el capitalismo brutal y salvaje, el hombre explota al hombre. Pero en el comunismo soviético, el hombre explota.

Sólo conociendo los medios, podía sospecharse que el fin distaba mucho de la construcción del paraíso terrenal. Pero hasta que no llegó el juicio final de la Perestroika, para los cubanos permanecieron inmaculadas las figuras de Lenin, Stalin, Andropov, Bresniev y el resto. Lo que estaba ocurriendo en términos de información se parecía a un juego de matriochkas: era imprescindible desarmar una figura detrás de otra para llegar a la semilla del problema y averiguar qué había fallado.

El filósofo Yuri Karyakin cuenta una anécdota que ilustra este fenómeno. Eran los años cuarenta, cuando el novelista Alexander Solchenitzyn acababa de ser premiado con la reclusión en uno de esos campos al fondo de Siberia. Había sido acusado de cuestionar la sabiduría de Stalin en una carta privada. En la celda vivía un prisionero medio idiota llamado Vladimir, encargado de limpiar los baños y sacar los urinales. Solchenitzyn entonces odiaba a Stalin, pero protesta encolerizado porque era una ofensa que la más abyecta de las labores la realizara quien llevaba el nombre del glorioso líder que instauró el comunismo en la URSS.

Había desarmado el primer muñeco del juego de matriochkas, pero seguía creyendo en Lenin. Era muy difícil saltarse las etapas. Se empezaba por el evidente camarada Stalin, que era una realidad cotidiana sembrada de cadáveres injustificados. Una vez quebrada su figura, aparecía otra en su interior, el padrecito Lenin, con su hambre de cada día y sus endurecidas vísceras ideológicas. Al final se llegaba el primer icono del juego de matriochkas, gordito, sonriente y barbudo, con un enorme libro bajo el brazo: Das Kapital, y su autor, Carlos Marx. Pero en Cuba nunca fue posible jugar a esta revisión progresiva porque los iconos ya estaban desmontados. Alineados uno al lado de otro por un inquebrantable orden histórico: iluminados por la pareja luz de la perfección.

Los hijos de David

De un día para otro, la flota comunista –reminiscencia de la armada invencible- había sido desarmada y hundida. Cuba se quedaba solitaria en el centro del Caribe a noventa millas de los malos, con la última bandera del comunismo izada a media asta.

Recuerdo exactamente el último titular que leí en un diario Pravda antes de que los periódicos soviéticos dejaran de circular en la isla: «Bresniev, un líder cómodo». Fue como conjurar un encantamiento: desapareció el idioma ruso que se impartía en los colegios, los cursos de Comunismo Científico de los programas universitarios, los feos animados rusos de la tele, las noticias sobre otra nave soviética que se iba al cosmos, y todo el vía crucis de interminables filmes proyectados los fines de semana con títulos tales como «Moscú no cree en lágrimas», o «Romance en una siderúrgica de los Urales». Ya no volveríamos a ver las olimpiadas con los soviets ganando todas las medallas, y empezarían a aparecer perversos neologismos como mafia rusa, o terrorismo separatista checheno.

El lema con que los colegiales clausuraban sus actos cívicos se volvió profundamente enigmático: «Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché». Esta frase, que con pueril entusiasmo fue repetida por todos los que nacimos después de 1959, cobró a finales de los ochenta su exacta dimensión. Y se completó con el nuevo lema con que Fidel Castro empezó a cerrar sus discursos: «Socialismo o muerte, venceremos». La izquierda cubana había dejado de recorrer los caminos del mago de la hoz y el martillo, porque el encantamiento se había quebrado. Fue como si se cumpliera el vaticinio de Vallejo: «Cuídate de la hoz sin el martillo, cuídate del martillo sin la hoz». Los principios no son negociables..., pero con los finales, no hay que ser tan estrictos. Para los cubanos, el socialismo dejaba de ser rojo y volvía a ser verde. Verde olivo como el ejército rebelde y como los cañaverales de la isla.

Comunismo tropical, le llamaron –en broma y en serio- algunos dirigentes del Partido. Una curiosa combinación del increíble Papamóvil en las calles de La Habana en el año 1998, cruzándose con ladas rusos y chevrolets de los años 50. Mezcla del antimperialismo yanqui de siempre, aderezado con el humanismo redentor a lo Ché Guevara y los principios de igualdad social defendidos al ritmo de la salsa. Tropicana, Varadero y hoteles sólo para turistas, aliviados con la famosa salud y educación gratuitas para todos. Desde entonces ha habido mucha hambre en la isla, pero nadie se muere de hambre. Los salarios no pasan de quince dólares al mes, pero la gente gasta más de veinte. Todo el mundo protesta porque la situación es crítica, pero nadie falta cuando el gobierno convoca una marcha de reafirmación patriótica frente a la embajada norteamericana.

La izquierda cubana fue tan diestra como la mano de un zurdo. Supo sacar del debilitamiento la fuente de fuerzas imprescindible para mantenerse a flote: el mito del destino único y redentor. El socialismo sigue siendo el Camino (con mayúsculas), y basta ver cualquier edición del noticiero nacional de televisión en la isla para confirmar que otros –tal vez más de la mitad del planeta, incluida la ex Unión Soviética- están peor. Y los que están mejor, algo habrán hecho para permanecer instalados en el Primer Mundo: algún pecado de bienestar directamente proporcional a la miseria de otros. Mientras tanto, Cuba insiste en lanzar la primera piedra, con la convicción de que su honda es la de David.



 

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