Carlos Tapia
- I - Se trataban de "Doctor". Ceremoniosos los dos. Con estilo aristocrático y celoso de guardar los modales, Vladimiro sabía que el lomo saltado era el plato preferido de Abimael, y que le gustaba acompañarlo con una copa de vino tinto. En realidad, cuando Abimael fue trasladado de la isla de San Lorenzo a la base naval del Callao, Vladimiro fue un asiduo concurrente a las tertulias que con el jefe terrorista se llevaban a cabo en las noches en que decidía dormir en su pequeño alojamiento acondicionado en dicha base. Todo se filmaba. Y Abimael, con seguridad, lo sabía. No le parecía raro; consideraba normal que los videos fueran concebidos como material de estudio e instrucción por sus captores. A fin de cuentas, él se consideraba el depositario del «pensamiento Gonzalo», expresión y síntesis de lo «más avanzado de la materia conciente», pensamiento que llevaba a quien llegaba realmente a comprenderlo, a descubrir las leyes que determinaban el desenvolvimiento de la realidad en sus diferentes aspectos. No por gusto se consideraba la cuarta espada del marxismo-leninismo. Ni mas ni menos, la última chupada del mango. De un mango producido por una planta que sólo aparecía cada cien años.
Una de las cosas que más asombraba a Vladimiro, era la astucia con que Abimael había logrado construirse un poder al interior de su organización terrorista, utilizando métodos comunes a cualquier tipo de secta. Es decir, ganarse la lealtad incondicional del círculo de personas más cercanas, para las cuales tenía preparado un discurso fundamentalista, alucinante, en el que les tenía asegurado un rol supuestamente trascendente. Y a partir de esa camarilla incondicional -cómplices de lo más oscuro de su personalidad- saber construise una imagen de líder todopoderoso ante sus demás seguidores. De esta manera, el poder del líder se había construido sobre las falsas hazañas realizadas o reconocimientos mal conseguidos. Así, Vladimiro ideó para el grupo de sus más cercanos secuaces y seguidores una historia verdaderamente alucinante. En cerradas reuniones contaba que su baja deshonrosa del ejército por abandono de destino, falsedad y falsificación de documentos -denunciado públicamente por el general Francisco Morales Bermúdez-, si no de traición a la patria por haber entregado información secreta de nuestro ejército a la CIA y, parece ser que a través de ésta, al Estado Mayor ecuatoriano, era parte de un complejo operativo de contrainteligencia de nuestro ejército, en el que él había cumplido un sacrificado rol. Dejaba entrever que lo acontecido con él era parecido a lo que en l9O5 -durante la guerra ruso japonesa- había sucedido con un famoso capitán Tanata del ejército japonés, que cumplía el papel de contrainteligencia haciéndose pasar por alguien que había sido ganado por la inteligencia militar zarista, con el objetivo de –llegado el momento decisivo del enfrentamiento bélico- dar una información falsa al enemigo que favoreciera su derrota. Como, cuenta la historia, esta estratagema verdaderamente sucedió cuando los japoneses vencieron a los rusos en la famosa batalla de Puerto Arturo. El capitán Tanata se habría sacrificado aceptando ser fusilado, acusado de traición, para lograr convencer a los militares zaristas de que sus falsos informes, en los que detallaba el plan de ataque japonés, eran verdaderos.
-II-
Cuando Fujimori, con chaleco antibalas y botas de soldado, aparecía comandando una decena de camionetas con su guardia personal y seguido por una nube de periodistas en el supuesto afán de detener a Montesinos en Chaclacayo, en realidad lo que estaba buscando era algunos comprometedores videos. Parecería ser que nunca los encontró, pero en la casa de la esposa de su ex asesor, junto con las joyas y relojes, sí halló en cambio algunos de los videos que con más de 8OO horas de conversaciones con Abimael y miembros del SIN, incluido Vladimiro, habían sido guardados por el ex asesor.
Aburridos monólogos y peroratas sobre lo que iba a suceder con la desintegración de Yugoslavia, acompañaban a intensos diálogos, tipo ping pong, donde el ex asesor mostraba su interés por la tesis según la cual «la política no era más que la guerra sin derramamiento de sangre; y la guerra, la política con derramamiento de sangre». El recuerdo de las simulaciones de combate de los «azules» contra los «rojos» en las campañas de práctica de los últimos años de la Escuela Militar, ahora adquirían otra connotación. Útil para considerar a los adversarios políticos como enemigos a los que hay que saber destruir. Seguramente algo de eso le fue dicho a la señora presidenta del Congreso, cuando al iniciarse la crisis con la divulgación del video Montesinos-Kouri, se negó a renunciar anunciando enfáticamente que «algunos no se dan cuenta, pero estamos en una guerra». Aunque no se crea, algunos de los oficiales de las FFAA que en algún momento habían integrado los órganos de Inteligencia de sus respectivos Institutos, y por esa vía habían participado en los interrogatorios, conversaciones o análisis de lo expuesto por el «presidente Gonzalo» en alguna de las videadas noches de tertulia con Vladimiro, consideraban que Abimael era una fuente permanente de conocimiento y aprendizaje. No eran pocos los casos en que varios de esos mismos oficiales -ahora destacados al interior del país- podían volver a ver y escuchar algunas de sus peroratas, para supuestamente sacar de ellas lecciones útiles para su práctica político-militar. Era común escuchar la frase «uno aprende mucho», cuando terminaban las reuniones con el jefe terrorista.
-III-
Tanto Abimael como Vladimiro, a fin de cuentas, valoraban muy poco a los militares, a los hombres que utilizan las armas para dirimir los conflictos políticos. Siempre se sintieron superiores a ellos, y aunque sabiendo guardar las apariencias y hasta repartiendo elogios, nunca los trataron de igual a igual. En el caso de Abimael, el término «militarejo» acuñado en su crítica al camarada Feliciano era una muestra de lo anterior. En el caso de Vladimiro, de igual manera y para quien tuviese dos dedos de frente, su prólogo al mediocre libro del general Hermosa acerca del papel de los militares en la lucha antisubversiva, particularmente su rol en el rescate de los rehenes de la residencia de la embajada japonesa, es un falso y lisonjero mensaje de supuesta admiración al general. Algún tiempo después llegará a traicionarlo, obligándolo a aparecer ante todo el país al momento de abandonar el palacio de gobierno, indignamente, después de haber sido relevado de Comandante General del Ejército y Presidente del Comando Conjunto de las FF.AA. de manera deshonrosa.
Pero además de sentirse superiores a los profesionales en el uso de las armas, tanto Abimel como Vladimiro despreciaban y no tenían ninguna consideración por la vida de cualquiera de sus adversarios. La vesanía era común en las acciones llamadas «ejemplarizadoras» contra quienes consideraban se habían atrevido a cuestionar su poder o autoridad. Las órdenes dadas para los asesinatos de María Elena Moyano, o de la agente Barreto, o la tortura de Leonor La Rosa, son ejemplo de esta increíble cobardía. Felizmente esta historia, como las viejas películas de Pili y Mili, jamás volverá.