1990: EL MIEDO
La alarma cunde en la comunidad peruano japonesa por el crecimiento exponencial del protagonismo político de uno de sus miembros, quien -seguramente en un arrebato de delirio (según la percepción nikkei)- decidió postular a la presidencia. Un grupo humano que cultiva con tenacidad el perfil bajo no ve con buenos ojos al outsider que se atreve a desafiar una vieja tradición.
Los resultados de la primera vuelta electoral no sólo ponen en vitrina al candidato sino también a toda una colectividad, silenciosa, casi invisible, que durante 91 años había pasado piola para satisfacción propia e indiferencia ajena. El japonesito buena gente y tranquilo, al que nadie prestaba demasiada atención, se convierte en la vedette de moda. Y ese japonesito está azorado, incómodo. Era feliz cuando no lo miraban; ahora, tantas miradas lo intimidan.
Alberto Fujimori, el audaz aventurero, no es sólo Alberto Fujimori, quienquiera que sea ese desconocido; es también, y sobre todo, una multitud de rostros orientales. Los partidarios del otro candidato, Mario Vargas Llosa, están furiosos con ese chino maldito que se ha orinado en la gran torta de su fiesta electoral, y vuelcan su rabia en cualquier hombre o mujer de ojos rasgados.
Los descendientes de japoneses están asustados. En la calle los agreden verbalmente, en algunos lugares públicos no les permiten el ingreso o los atienden de mala gana, y temen las represalias que provocaría un mal gobierno de Fujimori. Ningún nikkei va a votar por él, por supuesto, pero es inútil; con los votos de los apristas y los izquierdistas ya puede sentirse presidente.
Por precaución, por miedo, para evitar que en la calle los miren feo y les griten: «¡japonés, lárgate a tu tierra!», «¡chino de mierda!» y otras lindezas, algunos nikkei no salen de sus casas sin una vincha o un polo que los identifique con el FREDEMO de Vargas Llosa. Asisten a sus mítines y visitan al escritor para aclararle que ellos no tienen nada que ver con ese advenedizo («por culpa de él nos fastidian, señor Mario»). También le exigen a Fujimori, por todos los medios y en todos los tonos, que renuncie. En las reuniones sociales los mayores maletean con fiereza al hombre que está violando un pacto social casi sagrado:
- ¡Cómo es posible que se presente!
- ¿Y si gobierna mal cómo quedamos nosotros?
- ¡Va a ser como en la guerra!
- ¡Se la van a agarrar con nosotros!Ese nosotros no involucra a todos los peruanos, mucha gente pues.
Sin embargo, todo esfuerzo es inútil. Fujimori es elegido presidente.
- Ahora sólo queda rezar para que no la cague; si no, nos jodimos.
UNA DÉCADA DESPUÉS
Fujimori huye a Japón y su tercer gobierno cae abatido por una monstruosa corrupción. La gente está indignada y los nikkei temen convertirse en el blanco de su ira. Esta vez no es sólo un sector de la población, como en 1990, sino el país entero. Y ya no hay vincha ni polo que ponerse.
Sin embargo, Fujimori ya no es «un chino»; es «El Chino». Diez años han sido suficientes para conocerlo bien y desligarlo, como personaje público, de la colectividad peruano japonesa. El pueblo lo sabe y por eso deslinda claramente responsabilidades y culpas: El Chino no es «los chinos».
Aun así, existen excepciones que convierten a cualquier persona de fisonomía japonesa en sospechosa de fujimorismo: «Tú eres fujimorista hasta que demuestres lo contrario». En la calle le gritan: «¡japonés ladrón!» El nikkei se asusta y empieza a tener pesadillas de diluvio en una ciudad de lloviznas. La ojeriza de cuatro gatos es el agravio alevosamente premeditado de un pueblo xenófobo. Entonces, poniéndose en guardia, activa un radar muy sensible que detecta hostilidad hasta en el pensamiento y en la mirada, olisquea la animadversión con la sagacidad del perro entrenado para ampayar burriers.
Si el cobrador del micro se molesta con él, no es porque le paga con un billete de cincuenta soles, sino porque es antifujimorista; la demora del mozo en traer su comida no guarda ninguna relación con la numerosa clientela que llena el restaurante, sino con el tiempo que se toma para derramar su «antiponjismo» en cada escupitajo sobre el plato; si una combi lo cierra violentamente, no se debe a que el chofer sea una bestia como todos los de su especie, sino a su odio a Fujimori, y por extensión, a sus «paisanos».
El miedo es comprensible pero exagerado; es un viejo fantasma sesentón que despertó Fujimori hace diez años y hoy vuelve a las andadas, un trauma que la colectividad nikkeino ha asimilado bien. No ha entendido que la luctuosa época de los saqueos y las deportaciones, durante la Segunda Guerra Mundial, felizmente se fue sin visa de retorno.
Sin embargo, el temor se comprende mejor si la memoria histórica se ejercita un poco. En la década de los treinta, la inmigración japonesa empezó a verse con desconfianza y desagrado. Importantes grupos políticos, financieros e intelectuales desarrollaron campañas antijaponesas, alertando sobre la «amenaza amarilla». Los japoneses eran considerados agentes encubiertos del imperialismo nipón y siniestros conspiradores que estaban limpiando la cancha para una invasión militar. Además, la significativa participación japonesa en actividades comerciales no era vista con buenos ojos.
La situación se agravó con el estallido de la guerra. El 13 de mayo de 1940 una oleada de saqueos provocó numerosas víctimas. Después del ataque japonés a Pearl Harbour, en diciembre de 1941, la política contra los inmigrantes se endureció. El gobierno confiscó propiedades, cerró colegios e intensificó las persecuciones contra los miembros más importantes de la comunidad japonesa para deportarlos a campos de internamiento norteamericanos, de acuerdo con un convenio establecido con los EE.UU.
Hasta que acabó la guerra, los japoneses y sus descendientes vivieron a salto de mata, asustados, estrangulados por la incertidumbre de no saber si al día siguiente seguirían en el Perú o serían expulsados a tierras extrañas. El fin de la guerra clausuró ese tiempo terrible e inauguró otro de paz y reconciliación.
A pesar del tiempo transcurrido, el miedo no se va en algunos que otorgan excesiva importancia a actos que usualmente mueren en insultos, y que han disminuido ostensiblemente. ¿Para qué arañarse tanto? La respuesta a ofensas como «¡japonés, devuelve la plata que robaste!» sería: «si tuviera plata… a) estaría veraneando en Punta del Este; b) no estaría viajando en combi; c) estaría en el hotel New Otani, uno de los más caros del Japón, escribiendo mis memorias», etc. Las variantes son innumerables.
En esta historia no hay perseguidores ni perseguidos.
LA FUGA
La mayoría aún está desconcertada por la huida de Fujimori. Se ensayan las más disímiles hipótesis, desde las que lo condenan sin contemplaciones hasta las absolutorias.
Algunas condenas no tienen carácter político, sino moral y étnico. Es muy frecuente escuchar:
- Fujimori no se ha portado como un nikkei.
¿No sería correcto decir: Fujimori no se ha portado como una persona honorable? ¿Es qué acaso, en el comienzo de los tiempos, los japoneses llegaron primero a la repartición de virtudes y sólo dejaron lo malo para las otras razas?
- Fujimori nos ha dejado mal.
El nos, como el nosotros de 1990, tiene espíritu de ghetto, un sesgo excluyente, porque no se piensa como país. Fujimori ha dejado mal a todo el Perú, no sólo a un grupo. Esa óptica marginal se refleja claramente en cierta terminología nikkei que felizmente se está extinguiendo: nihonjin (japonés en idioma japonés), es decir nosotros, los que estamos de este lado; perujin(peruano en japonés), o ellos, los que están del otro lado, los de afuera; y ainoko(hijo de un solo padre nikkei o japonés), que es y no es, que es nosotrospero también ellos.
Sin embargo, no sólo los nikkei toman esa actitud. También lo hacen quienes comentan: «Fujimori ha dejado mal a la colonia, ¿no?», sin entender que él fue presidente de todos los peruanos y al escapar vergonzosamente enlodó a todo un país.
Sus defensores se desviven por exculparlo:
- Seguramente está amenazado de muerte por Montesinos.
Una de las preguntas que se cae de madura es: ¿si Fujimori no fuera un Fujimori, sino un Quispe o un Martínez, lo defenderían con el mismo fervor o ya habrían sentenciado: es un cobarde? (La otra es: ¿tanto temía por su vida que no le importó abandonar a su hija y a su madre?)
La tesis de sus escuderos es que Fujimori tiene un as bajo la manga que pondrá sobre la mesa en el momento oportuno, un argumento contundente e irrebatible que explicará su extraña conducta (Montesinos, la CIA, los narcotraficantes, etc.), y que lo absolverá ante la historia.
Los inmigrantes japoneses descendieron en costas peruanas persiguiendo sueños de prosperidad. Trabajaron dura y honestamente, sin levantar muchas olas. Poco a poco fueron conquistando el respeto y la admiración de los peruanos, y materializando sus sueños de juventud.
Gracias a ellos los peruanos decían: los japoneses son honrados y laboriosos. Ese valioso legado lo heredamos sus descendientes. Lamentablemente, muchos nikkei creen que lo merecen por el mero hecho de serlo; piensan: el nikkei, per se, es honrado y chambeador.
Al nacer, los seres humanos no somos una poética composición sobre la pureza o un papel carbonizado; somos una hoja en blanco que va poblándose con nuestros actos. Entonces, somos como somos y no necesariamente como fueron nuestros antepasados.
Si en 1990 la colectividad peruano japonesa choteó a Fujimori, en el 2000 lo apoyó mayoritariamente (en ese respaldo influyó, y en algunos casos fue determinante, el parentesco racial: «Hay que votar por el paisano»). A pesar de los casos de Barrios Altos, La Cantuta, Leonor La Rosa, Mariela Barreto, Ivcher, el Tribunal Constitucional, la falsificación del millón de firmas, la recesión, el desempleo, etc., Fujimori había logrado derrotar al terrorismo, estabilizar la economía y acordar la paz con Ecuador. Fujimori era el Nisan (hermano mayor).
Hasta la difusión del vídeo Kouri – Montesinos. Las deserciones empezaron, pero seguían siendo mayoría los hermanos menores del Nisan. Entonces, Montesinos se convirtió en el diablo, la bestia negra, el Abimael.
- Fujimori no sabía nada. Montesinos era el malo.
Pero Fujimori huyó. La fuga fue un pisotón con chancabuques al corazón, un mazazo al orgullo de sus seguidores. La tierra se abrió a sus pies y se hundieron en la amargura y la cólera.
Les está costando muchísimo a bastantes nikkei abrir los ojos (qué ironía) frente al asunto Fujimori. Algunos aún no lo hacen. ¿Cuándo, pues? Tal vez nunca, pues todavía le tienen ley.
EPÍLOGO
Es difícil que después del escándalo fujimontesinista haya una activa participación nikkei en la vida política del país. Volverán el repliegue, la discreción, el perfil bajo. En el fondo muchos se sienten aliviados de que a Fujimori lo estén borrando, pues sin él los reflectores desviarán su atención hacia otros objetivos. Y el japonesito volverá a pasar piola, a ser el pata buena gente y tranquilo de siempre. Pero tendrá que pasar un buen tiempo porque todavía está con roche, ya no es considerado tan honesto como antes. Como dijo alguien: «los ponjitas ya no serán tesoreros».
Sería bueno, para terminar, que a los nikkei nos consideren ya, de una vez, peruanos cabales y no peruanos a media caña, exóticos, o algo así.
¿A ustedes las fastidian en la calle?Conversamos con dos adolescentes, Cinthia (15) y Mariela (16), para conocer las impresiones de los nikkei más jóvenes. Nos sorprendió descubrir la buena salud de los prejuicios raciales, que aún se siguen transmitiendo a las nuevas generaciones.Cinthia: Te miran mal, te insultan, pero trato de no darle importancia; si no me afectaría más. Te dicen: «vete a tu país», y no soy de responder, de gritar en la calle, pero me gustaría decirles que yo soy de acá, soy peruana y puedo serlo más que ustedes; mi país es éste, qué voy a hacer en otro lado. Te hacen sentir extranjera, incómoda, como que no eres de acá.
¿Qué sientes?
C: Cólera, pero prefiero ignorarlo para que no me choque más. Después me pongo a pensar: por qué me gritan, si yo no tengo nada que ver con eso. Ahí es cuando me acuerdo de todo lo que me contaron, de todo lo que pasaron mis abuelos.
¿Hasta ahora te friegan?
C: No, ahora no tanto, más en la época de la renuncia y de las elecciones.
¿Tomabas precauciones?
C: Claro, hasta mi papá llamaba desde Japón para decir que no saliera. Y no iba a ser tan tonta como para ir a un mitin de Toledo.
¿Y a ti también te fastidiaban?
Mariela: Sí, cuando salía del colegio, o en mi barrio que es toledista. Me decían: «oye china, ya te vas a tu país, ¿no? ¿Qué haces acá?» Yo trato de sobrellevar la situación, de contenerme y prefiero no contestar porque podría ser peor.
¿A ustedes les contaron lo que pasó en los tiempos de la guerra?
C: A mí sí, desde pequeña mis abuelos me contaban sobre los saqueos que sufrió su bodega, el maltrato, la marginación. Me lo contaban como si fuera un cuento, como si me estuvieran leyendo un libro, y se me quedó grabado.
¿Lo hacían con resentimiento, como diciéndote mira cómo se portaron los peruanos; ten cuidado?
C: Había un poco de resentimiento por todo lo que les hicieron, por echar al agua tanto esfuerzo, pero no al extremo de decirme que no me juntara con ellos porque te van a hacer lo mismo.
¿Y a ti?
M: A mí una vez, mi ojichan (abuelo), pero fue algo muy rápido, muy breve. Me acuerdo que estaba leyendo una revista que hablaba sobre eso y le pregunté, porque yo no sabía nada, y me dijo que sufrió mucho, que no era exageración como yo pensaba.
¿A ustedes les dicen que no se junten con gente que no sea del ojo?
C: Mi oba (abuela) más que todo. Cada que vez que entra un perujin en mi casa, pregunta quién es, qué hace acá… Mis padres no, ellos normal.
M: Tengo amigos del barrio y a mi mamá al principio no le gustaba eso. «Cómo te vas a juntar con ellos si son perujin, uno no sabe cuáles son sus intenciones»; y mi papá me decía que eran «malas juntas». Pero ahora normal. Eso sí, en cuestiones de enamorado tiene que ser del ojo de todas maneras. Me acuerdo de una chica a la que su papá casi bota de la casa por tener un enamorado que no era del ojo, y tuvo que romper.
¿Para ti eso es una consigna?
M: No, a la hora que llega, llega; yo le digo a mi mamá que ya deje eso, que ya fue.
C: Yo creo que eso de que te cases con nikkei es para mantener la tradición, las costumbres.
¿Cómo se sienten cuándo están en un ambiente no nikkei?
C: Cuando recién entré en el instituto de inglés no veía a otro nikkei y me sentía rara, un poco diferente, pero después normal.
M: Yo fui una vez a una fiesta donde era la única del ojo, y me miraban y me preguntaban: «¿tú eres de acá?, ¿has nacido acá?» Me sentía un poco incómoda. Entre nikkei me siento más en confianza, más segura.
¿Qué piensan de Fujimori?
M: Yo lo tenía en un altar; pensaba que el tío era bueno, mi «tío» decía, pero después se portó como un cobarde. Debió renunciar acá y no en Japón.
C: En el instituto me paran preguntando sobre Fujimori. Nosotros pensamos que nuestra raza es trabajadora y honesta, y como que todo lo que pasó te decepciona, ya no crees. Fue cobarde al irse a Japón, quedarse allá y renunciar.
Uds. tenían en un altar a Fujimori y se les cayó cuando renunció. Ahora que se están descubriendo tantas cosas feas de su gobierno, ¿creen que él no sabía nada?
M: Yo creo que sabía. Él era muy capaz y sabía lo qué hacía cuando le dio tanto poder a Montesinos.
C: No creo que haya sido tan tonto como para no darse cuenta.