SOCIEDAD, LIDERAZGOS Y LÍDERES
Baltazar Caravedo*
I. LÍDERES : ¿QUIÉNES SON?
En los grupos, en los barrios, en la escuela y en las comunidades siempre hay alguien que destaca o porque toca un instrumento, o es un bailarín, o es un buen deportista, o es muy estudioso, o es un organizador de eventos y reuniones, o por alguna otra característica. Esa persona suele ser un referente. Y, eventualmente, puede influir en los demás para realizar alguna actividad o cambiar su manera de ver el mundo. Esto ocurre normalmente en cualquier dinámica en la que intervienen las personas.
Los referentes no siempre son positivos. Los individuos destacados pueden ser delincuentes, asesinos, traficantes de drogas, corruptores, etc. En ciertos ambientes son esas cualidades perversas las que hacen posible el ejercicio de su influencia o un reconocimiento que les otorga poder. Por ejemplo, en el bajo mundo o en las mafias de narcotraficantes no se puede influir si no es trasgrediendo la ley una y otra vez.
Esas personas que se convierten en referentes e influyen en los demás son admitidos, explícita o implícitamente, como líderes. De hecho, ejercen un poder y lo administran sea para su propia conveniencia sea para favorecer al grupo que los acoge y al que representan, sea para cumplir con ambos objetivos.
Existen diferentes definiciones de lo que es un líder. En el prólogo al libro Leaders of the Future (The Drucker Foundation, 1996) Peter Drucker sostiene que hay cuatro elementos en común que él ha encontrado en los líderes que ha conocido o ha observado y que han sido o son eficaces: tienen seguidores; sus seguidores hacen las cosas correctas; esos líderes son un ejemplo; ellos entienden que su liderazgo es una responsabilidad y no una cuestión de rango, privilegios, títulos o dinero (Op. cit., p.xii). A pesar de las diferencias de personalidad, estilo, habilidades e intereses se trata de personas que se han comportado siguiendo un patrón similar. En este sentido, se han preguntado qué se necesita hacer y no qué quiero hacer yo; igualmente, se han preguntado qué puedo hacer yo para establecer una diferencia; se preocupan por la perfomace y los resultados de su organización; son tolerantes con las personas salvo cuando se trata de perfomance, estándares y valores; no tienen temor de las fortalezas de los asociados con los que se vinculan; no se limitan a predicar sino que hacían lo que predicaban para los demás (p. xiii).
Kouzes y Posner (The Leadership Challenge, San Francisco, 1997) distinguen cinco prácticas para ejercer liderazgo: desafiar los procesos; inspirar una visión compartida; alentar a otros a actuar; modelar el camino con su propia práctica; animar a los corazones de los seguidores, reconociendo su contribución.
Para Joan Ginebra (El liderazgo y la acción, Serie McGraw-Hill, Colombia, 1997) los líderes no necesariamente tienen éxito; distingue entre liderar y dirigir. En este sentido liderar es «mover» o arrastrar a una sociedad, o a una organización (p.5), y ello se puede lograr sin la necesidad de dirigirla. Introduce la idea de que se puede liderar desde afuera del control o el poder.
Otros autores como McFarland, Senn y Childress (Liderazgo para el siglo XXI, Serie McGraw-Hill, Colombia, 1997) proponen algunas ideas respecto a los líderes del futuro, especialmente la que se refiere a que todos tienen la obligación de liderar.
A partir de muchos de los elementos trabajados por estudiosos del tema de liderazgo, estableceremos las principales características que distinguen a los líderes: poseer una visión de largo alcance (miran el horizonte); un ascendiente o influencia en un entorno que va más allá de su institución; una sensación de inconformidad con lo que ocurre y una voluntad de cambiar, cuando menos, su entorno inmediato. Si no se poseen estas tres condiciones, difícilmente alguien podrá ejercer un liderazgo.
La personalidad y el carisma son atributos que pueden variar significativamente de un líder a otro. Sin embargo, nos parece pertinente establecer una distinción a partir del predominio del tipo de mecanismos de influencia y poder que practiquen. Distinguiremos entre los líderes políticos y los líderes sociales . Al primer tipo lo caracteriza la búsqueda del poder. Hará lo que sea necesario para conquistar un lugar en el manejo del poder de una institución, de una comunidad, de una sociedad particular. Quiere y busca tener el control, tomar la última decisión. Este tipo de liderazgo viene acompañado de una intención de ser dirigente; por lo general, estos líderes se vuelven dirigentes. Su liderazgo y su condición de dirigente se hace indesligable. Por ello, la renovación de su capacidad de influencia estará en función del cumplimiento de las ofertas que hizo para llegar al poder.
Al segundo tipo lo caracteriza la búsqueda de la mayor influencia posible para que una idea que considera justa se transforme en práctica habitual o cotidiana de los individuos de una institución, una comunidad o una sociedad particular, sin necesidad de controlar el poder; no se establece necesariamente un sistema de rendición de cuentas entre el líder y sus seguidores.
No todos los dirigentes son líderes. La función dirigencial otorga responsabilidades específicas en cuanto al manejo de recursos económicos, humanos, sociales, ambientales, culturales de una organización o instancia. Quienes ocupen la función de ser dirigentes pueden no tener ellos mismos visión, ascendiente o voluntad de cambiar su entorno. No obstante, pueden saber administrar los recursos para que se cumpla la misión de la organización.
La distinción que hemos empleado en los párrafos anteriores nos da pie para diferenciar líderes de caudillos. A los primeros (líderes) los caracteriza la madurez que les permite reconocer sus limitaciones y la necesidad de establecer alianzas con otros líderes e instituciones para plasmar su idea y transformarla en práctica habitual. Por ello es generoso en la identificación y multiplicación de otros liderazgos. Para los segundos (caudillos), el liderazgo que ejercen es una oportunidad de acrecentar el poder que detentan. Otros liderazgos amenazan el suyo y, por lo mismo, pretenden desmotivarlos, desincentivarlos, de modo tal de hacerse indispensables; la idea originaria con la que escalaron en la estructura de poder se diluye o se debilita. Según la naturaleza de la institución, comunidad o sociedad en la que actúe, el líder político que se hace dirigente puede transitar más fácilmente a la condición de caudillo.
c. ¿Cómo influyen los líderes?
Nos acercamos a las ideas de otros porque los admiramos. Pero sus ideas o sus concepciones las admitimos porque hay algo en esas personas con lo que nos identificamos. No es sólo la idea la que nos subyuga. En otras palabras, hay algo de ese otro que admiro, que encuentro en mí, y por eso me identifico con él o con ella. La imagen que uno suele tener de quien encarna las ideas admiradas se encuentra idealizada. No corresponde necesariamente a la realidad. La idealización de la persona admirada es en parte el resultado de la proyección de lo que yo quisiera poder hacer o lograr. Es decir, me realizo a través de otro, a quien admiro e idealizo.
La cercanía o distancia que uno pueda tener con respecto a un líder, de modo de conocer su verdadera dimensión y naturaleza, sus prácticas, la consistencia entre lo que dice y hace, hará que la idea de la que es portador me siga atrayendo o me desencante; inclusive puede provocar una necesidad de sustituirlo en la difusión y despliegue de la idea subyugante. Desde luego que la madurez y consistencia de los individuos que asumen el mensaje del líder marcará las diferencias en el vínculo entre el admirado o la admirada y sus seguidores. Podrán surgir desde los fanáticos que se fusionan con la imagen idealizada, y a través de ésta orientan su vida; hasta los que conociendo las inconsistencias de la persona admirada rescatan los aspectos positivos de sus ideas, planteamientos o prácticas.
d. ¿Qué tan profunda es su huella o su impronta en los demás?
La idea o mensaje de un líder puede modificar parcial o limitadamente una concepción o una práctica; o lo puede hacer radicalmente, trasformando la concepción del mundo, los hábitos y la práctica misma. Cuanto más vacía esté el alma de los individuos que siguen al líder; cuanto menos experiencia se tenga, mayor será el impacto, más profunda o más traumática la huella que deja la idea. Por lo general, las nuevas ideas se ofrecen a un mundo en el que hay otras ideas dando vueltas, que también pretenden gobernar o inducir. Por ello, un cambio radical en los individuos será más difícil. No obstante, transformaciones parciales que se van sucediendo en el tiempo pueden provocar al cabo de un ciclo, de un período, la alteración sustancial de la práctica de los individuos de una sociedad. Dado que los líderes que originan una idea de cambio tienen un período relativamente corto de vida, su idea sólo se desplegará cabalmente en la medida en que existan otros líderes de diferentes generaciones que la difundan, la practiquen y la ajusten a las necesidades de su tiempo. La profundidad de una idea se medirá por su longevidad y extensión; por el tiempo en que tiene vigencia y por las poblaciones que la admiten y ejercen.
e. ¿Cuánto tiempo puede permanecer un lider?
El ejercicio de los liderazgos puede ser muy variable en el tiempo. Hay líderes efímeros, de circunstancia. Hay líderes duraderos, que estén donde estén, tengan la edad que tengan, seguirán buscando influir, renovarán sus ideas, crearán ideas nuevas, buscarán orientar a los demás y lograrán cambiar sus prácticas. La vigencia de los lideres dependerá del carácter innovador de la idea que encarnan, del ascendiente que sepan mantener, y de su voluntad de propiciar el cambio de su entorno, de su comunidad, de su sociedad.
II. TIPO DE SOCIEDAD Y NATURALEZA DE LOS LIDERAZGOS
La naturaleza de los liderazgo variará según el tipo de sociedad. Para caracterizar a las sociedades, establecemos el grado de cercanía o convergencia entre el acuerdo social declarado y el acuerdo social real. Al primero lo llamamos discurso o mensaje explícito. Al segundo lo denominamos discurso o mensaje subyacente. El primero se plasma y formaliza en normas, leyes, procedimientos legales, valores constitucionales; el segundo se concreta en las conductas habituales de los individuos o de las instituciones que integran una comunidad o una sociedad. Cuando el discurso explícito se encarna en la práctica y conducta habitual de los individuos e instituciones de manera dominante, estamos frente a una sociedad integrada. Cuando el discurso explícito no corresponde de manera dominante a la conducta habitual de los individuos e instituciones, estamos frente a una sociedad escindida o fragmentada.
En las sociedades integradas los referentes o líderes se posicionan muy rápidamente en uno de dos bandos: los que aseguran la continuidad del acuerdo social y, a veces también, propician su renovación ; y los que lo desconocen y violentan las normas que lo sostienen. No hay medias tintas.
En las sociedades escindidas o fragmentadas, los referentes o líderes suelen cabalgar montados sobre dos caballos. El acuerdo social es un pacto perverso entre el deber ser y el ser que es. El reconocimiento de los referentes se hace precisamente porque se pueden mover fácilmente entre dos tipos de mensajes, de prácticas, de culturas. Esa habilidad para acumular poder, dinero o prestigio apelando a maniobras contradictorias es lo que concita admiración. Por ejemplo, puede ser un abogado que corrompe funcionarios para evitar que el alcance de la ley obligue a su cliente a pagar impuestos. Lo curioso de esta situación es que el discurso explícito (el cumplimiento de la ley) se utiliza como una apariencia, un adorno indispensable para mantener su vigencia social. No obstante, su poder radica en el hecho de incumplir la ley y permanecer como si nada hubiese ocurrido.
III. EL DESAFÍO DE LOS LÍDERES EN SOCIEDADES ESCINDIDAS
Nuestra preocupación está referida a los líderes y a los liderazgos en las sociedades fragmentadas o escindidas. ¿Cómo puede un líder en ese contexto contribuir a la transformación de su sociedad?
Es innegable que en toda sociedad existe una resistencia al cambio. James O´Toole ( Leading Change. Overcoming tje ideology of Comfort anf the Tyranny of Custom, San Francisco, 1995) propone dos fuentes de resistencia en las organizaciones. La primera se refiere al sistema de valores que hace la cultura de la organización. Durante más de cinco décadas las empresas han tenido ideas fuerza que las animaban, tales como que la eficiencia no tenía que ver con lo subjetivo o que los trabajadores no tenían impacto en la productividad. Los cambios eran promovidos desde la estructura de la organización e incorporando nuevas máquinas. La segunda fuente de resistencia está referida a los valores de la cultura occidental. De acuerdo a O´Toole, desde esta lógica no hay progreso sin orden, no hay orden sin el gobierno de unos pocos, y esos pocos tienen los méritos para conducir al conjunto en base a su talento, inteligencia, experiencia y sabiduría. Cuando los cambios eran insinuados o sugeridos por fuera de la institución o a contracorriente de lo que pensaban las cabezas de la organización, la transformación era impracticable.
En las sociedades escindidas las resistencias básicas se basan en el hecho de que los individuos viven y practican la fragmentación. Se acomodan a las reglas del juego y se mueven entre la apariencia de respetar un código ético y la realidad de trasgredirlo sin piedad. En los individuos tiende a dominar lo perverso y lo cínico. Los que lideran estas sociedades reproducen esa dualidad y multiplican los equívocos. Están atrapados en esa lógica. Cualquier pretensión de cambiar la sociedad para hacerla consistente e integrada fracasa cuando ellos mismos no modifican sus prácticas, cuando ellos mismos no reanudan sus vidas articulando el discurso explícito y el discurso subyacente..
Para realizar algunos cambios o para transformar cabalmente las sociedades escindidas se requiere de un tipo de líder opuesto al cínico. Es necesario un líder ingenuo, que sueñe y que tenga ideales, que confíe en la capacidad de los demás. Su ingenuidad aparente no proviene de su torpeza o de su desadaptación. Su ingenuidad, en realidad, proviene de su rebeldía ante un mundo incoherente, inconsistente, y por ello profundamente injusto. Su acto de ingenuidad es una sublevación contra el orden establecido por insostenible. Pero es gracias a esta mirada, a esta postura, que logra engancharse a los elementos positivos que hay en la sociedad, en los demás. Su estrategia consiste en hacer dominante lo positivo (el discurso explícito) y en subordinar el lado perverso (discurso subyacente).
El gran reto que tienen los líderes que buscan la transformación positiva de una sociedad escindida es doble. De un lado, convocar sin reproducir las pautas de la misma sociedad que busca cambiar; su convocatoria debe ser la práctica de lo nuevo, sin estridencias, sin enfrentamientos, sin comparaciones; sutil en la afirmación de las conveniencias de adoptar las nuevas estrategias. Pero, de otro lado, convocar sin aislarse, sin aparecer extravagante, desconectado, intolerante. Tomar este camino significa transformarse individualmente, conocer sus límites, disponerse emocionalmente para asociarse a otros. Inevitablemente estos líderes cargan el peso del discurso equívoco, y tratarán con muchos otros que tienen ese discurso equívoco como dominante. Su arte consiste en no «enseñarles» lo mal que hacen sino en convencerlos de transitar juntos otros caminos más beneficiosos para él o ella.
IV. LÍDERES Y LIDERAZGOS EN LA SOCIEDAD PERUANA
En el Perú, el espacio dominante es la política; es allí que se juega y reconoce las pretensiones de liderazgo de cualquiera. No se suele distinguir a un líder social de un dirigente político o de un caudillo. Se entiende que el que ejerce liderazgo es el que tiene el poder o el control de una institución, de una instancia. Es por esto que podemos tener «líderes» sin visión o «líderes» sin voluntad de cambiar su entorno o, inclusive,"líderes" sin ideas. La nuestra es una sociedad plagada de dirigentes y caudillos con escaso o nulo liderazgo.
En una sociedad en la que lo público es la quintaesencia del poder, los líderes que no han administrado una instancia pública, no son reconocidos como tales. Más aún, para que las ideas de los innovadores, los emprendedores o los intelectuales se puedan poner en práctica, o aparentar que ello ocurra, requieren de alguien con poder que los apadrine; necesitan de alguien con apetito de poder para que las «viabilice» desde la instancia pública que domina.
El sentido de transformación de la sociedad se circunscribe a la transformación de la política. O, en todo caso, el orden jerárquico para propiciar cualquier cambio es, primero, desde la esfera política. Pero la política no es el reflejo de la sociedad; la política hace a la sociedad. Debido a todo ello la aspiración de cambio de la sociedad pasa, en primer lugar, por el asalto al poder. Una vez en el gobierno, se cree que se logrará introducir los cambios para que la sociedad cambie.
Desde esta perspectiva, los cambios en la sociedad se hacen a partir de nuevas leyes o normas, y de cambios de personas en las instancias públicas correspondientes. Las explicaciones del fracaso de las normas siempre están referidas a las inconsistencias de las leyes o a su mala configuración técnica. En otras palabras, el objetivo es modificar el discurso explícito. Existe, pues, la fantasía de que el único camino viable para cambiar la sociedad o para reconstruirla es desde la política. Por ello, las organizaciones de toda índole, gremios, partidos, asociaciones de la sociedad civil, ONGs, etc., cuando reclaman se enfrentan al que tiene el control o el poder público, y depositan en esas instancias el manejo de la situación y la responsabilidad de la transformación.
En cada ámbito o esfera de actividad, los liderazgos reproducen ese patrón general. Los empresarios buscan influir en los políticos de turno para modificar las leyes, los tributos o las disposiciones que permitirán una mayor competitividad de su empresa. Las ONGs pretenden influir en el Congreso para ajustar las leyes, para que el sector público destine más recursos a las zonas pobres o a los segmentos más pobres. Las organizaciones sociales emplean más o menos los mismos métodos. Todos miran a la esfera de la política con ansiedad; sienten que su destino inmediato se juega en ese terreno. Con estas expectativas no se hace otra cosa que reproducir todos los mensajes subyacentes y atrapar a la sociedad en una lógica de círculo vicioso.
Desde una visión de desarrollo sostenible es necesario variar el sentido y la orientación de los líderes en el Perú. Ello significa ensanchar el espacio de lo social en el imaginario y en la dinámica de las relaciones. Darle oportunidad a líderes que no necesitan controlar el poder o tomar la última decisión. Ni el mercado ni la política funcionarán adecuadamente si es que no se fortalece la sociedad.
¿Qué significa fortalecer la sociedad? En resumen, es acercar el discurso explícito y el discurso subyacente; es decir, modificar las prácticas de las empresas, las escuelas, los medios y las sociedades locales, desmontando las ideas y los sentimientos de fragmentación, baja participación, trama autoritaria, democracia precaria y violencia. Ello no es factible sin líderes de largo aliento, ingenuos, generosos, portadores de un alma dulce y un nuevo mensaje.
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* Economista, director de LIDES (Liderazgo para el Desarrollo Sostenible)