NUNCA DIGAS NUNCA

Alan García y el APRA nunca mueren

Sandro Venturo Schultz*


 

Como bien sabemos, el desprestigio de los políticos no es un fenómeno privativo del Perú ni es un asunto reciente en el mundo. Aquí y más allá, cada vez que un «independiente» busca develar un intento de manipulación o de corrupción, sólo tiene que acusar «un interés político» y punto. La opinión pública toma nota. La política es y seguirá siendo para la gente una estafa, y allí estaba la memoria del gobierno de Alan García para demostrarlo.

EL DESIERTO

Sin embargo, que García haya logrado durante las últimas elecciones aplacar parcialmente ese desprestigio tan bien ganado durante su gobierno es, sin duda, un triunfo. Un triunfo moral y, a la larga, un triunfo político. Que hoy esté disputando el liderazgo del no-oficialismo –o de la oposición, según cómo se mire– desde una dramaturgia responsable, resulta desconcertante para quienes el recuerdo de su trayectoria política es aún imborrable. García viene fluctuando en los últimos meses entre la oposición de «dos cañones» (constructiva en las alturas, confrontacional en las bases) y el coqueteo táctico con el actual oficialismo. Y parece que no le va nada mal.

¿Cómo fue posible que Alan García triunfara en las elecciones pasadas si para muchos representaba lo más selecto de los cadáveres políticos de los años ochenta? Pues bien, comencemos analizando cuál fue el escenario electoral previo a su reaparición.

Se trataba de una arena donde los contendientes se presentaban demasiado parecidos. Todos los candidatos aceptaban como realista el sentido común dominante del neoliberalismo. Hay que mantener la armonía con la banca internacional. Resulta imprescindible contar con inversión extranjera. El Estado debe ser reducido a su mínima funcionalidad. Los políticos deben ser técnicos y no «políticos». Etcétera. Del mismo modo, las formas de hacer política eran también semejantes. Todos se postulaban como antipolíticos y estaban convencidos de que los problemas del país se resolvían construyendo obras y no palabreando. Todos se apoyaban en la misma idea de partido oportunista y electoral (acaso Alberto Andrade y su movimiento «Somos Perú» intentaban marcar la diferencia). Todos intentaron inicialmente hacer la posta con el tercer gobierno de Alberto Fujimori (¿recuerdan a Toledo hablando fuera de Palacio y pidiéndole al Presidente que le deje las riendas del futuro?). Todos los candidatos decían y hacían lo mismo; la diferencia radicaba en las trayectorias individuales de cada cual y en la simpatía que podían generar en los distintos auditorios a los que se enfrentaban (¿recuerdan cuán desconocido se veía al ex Defensor del Pueblo aclarando malos entendidos con Gisela Valcárcel?). Pues bien, se trataba de un escenario de líderes inspirados en Fujimori, tratando de disputar con Fujimori un liderazgo certificado por él.

Ciertamente después la cosa reventaría y se haría evidente esa pus que ya brotaba sin necesidad de que el pequeño dedo de la oposición apretara. Allí la defensa de la democracia adquirirá prestigio y recién en ese momento la diferenciación con el padre del modelo autocrático tendrá valor político.

Cuando Castañeda y Andrade estaban fuera de juego y Toledo se ubicaba en la primera línea del frente «democrático», surgió la idea de lanzar a García para la Presidencia de la República mientras algunos esperaban que encabezara prudentemente la lista de su partido al Congreso. Una locura para muchos apristas agotados. Un sin sentido para quienes pensábamos que un personaje de ese calibre ya no tenía cuerda ni futuro. Pero Alan aterrizó en Lima una vez resueltos de forma sospechosa sus problemas judiciales y declaró decididamente: «ya hemos acabado con la dictadura política, ahora nos toca acabar con la dictadura económica». ¿Puede imaginar, estimado lector, cuánta gente necesitaba escuchar precisamente eso?

Si una parte considerable de la ciudadanía le achacó a Fujimori su autoritarismo no fue en última instancia, valgan verdades, en defensa de la democracia y el Estado de Derecho; no, sino porque ese esquema de gobernabilidad apoyado por una «nueva mayoría» no había sido capaz, después de tanta resignación y sacrificio, de sacar a las familias de su depresión e incertidumbres históricas.

Los analistas sostienen lo siguiente: i) vivimos en un escenario político carente de opciones discursivas y de organizaciones políticas atrayentes, ii) un desierto programático que devela a un Estado sin agenda de desarrollo, y iii) un espacio de correlaciones políticas absolutamente precarias donde la carencia de unos determina las posibilidades de los otros. Pues bien, es en este panorama estructural que la vocación de liderazgo de García y el APRA encuentra cancha para dominar la pelota.

EL OASIS

Cuando García regresa tiene dos tareas por desarrollar, a saber: combatir su desprestigio y ofrecer un discurso político que lo distinga programáticamente del resto de los candidatos. Y así lo hizo: puso el tema de los jóvenes en el tapete; lo mismo con el asunto de los services y del Banco Agrario. García intentó construir una intersección entre las demandas inmediatas de la gente, es el caso de las tarifas de los servicios públicos, y un horizonte discursivo distinto al de sus contendientes. Rápidamente despuntó con su perfil concertador y amenazó hasta el final al líder de los Cuatro Suyos. De alguna forma Toledo debería agradecerle a García su triunfo definitivo. Así como un año antes un sector considerable de electores había votado por «el cholo» para evitar la re-reelección de Fujimori; ahora nuevamente otro sector votaba por él para evitar que el «Caballo loco» volviera a las andadas.

De este modo una porción de la población que marchó y gritó en las calles y que reclamaba un liderazgo politizado, una parte del sector anti-antipolítico, encontró en las declaraciones de García una referencia electoral atractiva y sorpresivamente potente. El peligro acechaba para los antialanistas mientras él se presentaba tenue y hábilmente autocrítico.

Cuando Alan García retorna, lo que cuenta es su sonrisa. El partido pasa una vez más a segundo plano y la campaña electoral se sostiene en su inacabable oratoria, en su despliegue de información, en su divertida capacidad de interpretar valses patrioteros junto a la leyenda del Zambo Cavero. Mientras tanto, el partido se reactiva por lo bajo como maquinaria electoral y los mítines se suceden sin descanso como en las viejas épocas. La bola rueda y rueda y crece hasta dejar atrás a Lourdes Flores Nano y sus torpezas tácticas.

Actualmente los ánimos en el Partido del Pueblo son inmejorables. Las bases se reconstituyen y los organismos de apoyo también. El énfasis en la captación de jóvenes se extiende por todo el país a través del despliegue de «Perú Joven» (un flexible organismo tangencial al partido que propone la reinvención de la política), mientras la mira está puesta en las elecciones del 2006. García ha lanzado públicamente una campaña de renovación partidaria y son varios los jóvenes que sienten que la fuerza y la tradición de un partido como el APRA les ofrece una estabilidad que los oportunismos electorales nunca satisficieron. Claro está que esta nueva ola militante se enfrenta a obstáculos infinitos: para la gente, ya lo dijimos, la política es una estafa y al mismo tiempo una oportunidad para pescar lo que el mercado es incapaz de ofrecer para todos: empleo y reconocimiento, bienestar y satisfacción personal.

Alan García ha vuelto a las plazas y a las conferencias de prensa con un brillo que a muchos nos cuesta reconocer; y con él, se despliega hoy un partido-maquinaria todavía plagado de corrupción y electorerismo, incapaz de estructurar una propuesta política de largo plazo y de reinventarse inspirado en los valores de la socialdemocracia.

EL ESPEJISMO

Recuerdo a Alan García hablando en el mitin del Callao poco antes de cerrar la campaña electoral de 1985. Yo tenía mi corazón progresista, estaba orgulloso porque acababa de ingresar a la universidad de donde habían egresado los más notables líderes de la izquierda legal peruana y no podía dejar de emocionarme con lo que veía a mi alrededor: pasión, esperanza, admiración. Tenía frente a mí a un líder que seducía a las masas (y yo me resistía racionalmente a formar parte de esa euforia), a un visionario que estimulaba una esperanza que casi se había apagado después de la insoportable pasividad del segundo gobierno de don Fernando Belaunde. El populismo decimonónico descrito por los profesores de sociología latinoamericana estaba más vivo y exaltante que nunca, y yo tenía al ejemplo personalizado frente a mí.

Recuerdo un artículo de Carlos Franco publicado en esas épocas que buscaba desnudar la envidia de algunos izquierdistas leninistas frente a quien lideraba una expectativa popular que por fin encontraba en el Papá Gobierno a su proyección idealizada. Esto le otorgó a García una impunidad política que revertiría rápidamente en su contra. Es así que, poco después, Alan se veía envuelto en una crisis de gobierno que resultaría imparable hasta la llegada de Fujimori. Ese seductor de masas de pronto aparecía ante la mirada de su pueblo como un sujeto alienado, megalómano, desbordado, irresponsable. ¿Cómo alguien podía convertirse en un chiflado después de haber levantado el ánimo de un país que se encontraba, según las sentencias del profesor Pablo Macera, en ruinas?

El verdadero destierro de García no sucedió en Colombia ni en Francia, sino en la incredulidad de los peruanos. El encantador de serpientes había sido picado por su propia lengua. Durante los años noventa fue considerado el político más desacreditado del país y las encuestas lo recordaban periódicamente. Quienes se estimularon con él no le podían perdonar que hubiera jugado con los sentimientos más nobles de una población que se consideraba pueblo y que había encontrado en él a su líder histórico.

Por todo esto, Alan García es un personaje imprescindible. Genera admiración con la misma intensidad con la que provoca odio. Unos lo siguen, otros desconfían de él. Está más vivo que nunca. Su desprestigio lo enciende, le da cámara gratuitamente. En esta época donde el liderazgo universal resulta imposible, no existe mejor escenario que el dedicado al personaje mediático y polémico, al político pedagógico y aparentemente bien informado. En la época del recelo, los partidos ya no requieren jefes sino comunicadores sociales por excelencia.

García no esperaba ganar en las elecciones y, sin embargo, avanzó más de lo previsto por sus incondicionales. Algunos colaboradores suyos sostienen que nadie esperaba esa revancha moral y que bastaba con iniciar un proceso de posicionamiento que debía ser evaluado en el mediano plazo. Lo cierto es que disputó la última segunda vuelta y, dicen las buenas lenguas, que secretamente evitó ganar. Quizá todavía es consciente de que no está preparado para semejante responsabilidad.

* Sociólogo y comunicador social. Gerente de Proyectos de la Red Científica Peruana.

 

 

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