MI GURU / Por Eduardo Said
Traducción de Mirko Lauer*
Ibrahim Abu-Lughod, quien fue catedrático de ciencia política en Northwestern University y más tarde vice-rector de la Universidad Bir Zeit en la margen occidental, murió de 72 años el pasado 23 de mayo en su hogar de Ramallah, luego de una larga enfermedad. Me llegó la noticia de su muerte a la salida del aeropuerto de Tel Aviv, camino de visitarlo. Fue mi amigo más antiguo y más querido, notable como pensador introspectivo y un maestro y líder de carisma, cuya perspicacia sustentó una amistad que duró casi 50 años. Cientos fueron a su entierro en Jaffa, y al ´azza –el velorio- en su hogar y en el Centro Qattan de Ramallah. Varios de sus amigos hablaron en la conmemoración que hubo en un teatro de Ramallah al día siguiente de que fuera enterrado junto a su padre en un cementerio sobre la ensenada donde solía llevar a sus visitantes a nadar, siempre negándose a visitar el contiguo café playero israelí, que igual parecía de lo más acogedor. Uno de los oradores en el entierro de Jaffa fue Faisal Husseini, quien iba a morir exactamente una semana después en un cuarto de hotel kuwaití.
De muy diversas maneras la rica vida de Ibrahim y su muerte reflejan y aclaran ambos la turbulencia y el sufrimiento ubicados en el meollo de la experiencia palestina: por eso su vida merece ser examinada. Hay en ella mucho que ilustra la situación palestina en toda su irresolución. La cosa que llamaba la atención de todos al momento de su muerte era que Abu-Lughod había ejercido su propio derecho de retornar a Jaffa, algo que sólo una persona con su extraordinaria voluntad podría haber hecho. Nadie dejó de comentar su retorno a Palestina en 1992, tras una ausencia de 44 años, ni la década que pasó allí redondeando su vida de maestro, intelectual público y fundador de instituciones.
A pesar de ese desenlace teatral, subsistía en él una vasta inestabilidad. Seguía insaciado e inestablecido. Pero el retorno no lo cambió, aunque su contento fue mayor en casa que en el exilio. Para él Palestina fue una interrogación nunca completamente respondida, o siquiera adecuadamente articulada. Todo en su personalidad confirmaba ese desasosiego, desde su gregariedad hasta los humores de su introspección, desde su optimismo y energía hasta el paralizante sentido de impotencia que ha afectado a tantos de nosotros. Su vida expresa a un tiempo derrota y triunfo, abyección y logro, resignación y decisión. Para decirlo con brevedad, era una versión de Palestina, vivida en toda su complejidad por uno de los mejores palestinos de nuestro tiempo.
Ibrahim –un hombre implacablemente articulado- será recordado menos por sus escritos, relativamente pocos, que por su capacidad de organizar personas y de establecer instituciones que les permitieran jugar un papel más efectivo que como individuos. En Estados Unidos fue clave en la fundación de la AAUG (la Asociación de Graduados Universitarios Arabe-Americanos), el Fondo Unidos de la Tierra Santa, El Instituto de Estudios Arabes, el Arab Studies Quarterly, y la editorial Medina Press. Fue el primer motor en el proyecto de una Universidad Abierta Palestina, cuya sede debió estar en Beirut hasta que en 1982 la guerra en el Líbano truncó la idea. En la margen occidental diseñó un centro para la reforma curricular y más tarde el Centro de Investigaciones Qattan para la Educación. Aun así, parecía consciente de que la lucha por Palestina no podría ser ganada fundando instituciones de este tipo, o incluso mediante la repatriación y el retorno. A la postre se trataba de estructuras reflexivas, autoreferenciales, y serían minadas por la desposesión, la lucha y la interminable pérdida. Como un héroe de Conrad, Ibrahim siempre parecía estar intentando rescatar sentido y orgullo de los dramas que ocurrían en torno suyo, así como de sus propias debilidades.
Consideren los dramas que rodearon su vida. Al momento de su muerte una poderosa pero desorientada intifada se desarrollaba bajo su ventana. En 1982 había sido el sitio de Beirut, cuyos resultados fueron las masacres de Sabra y Shatila y la evacuación de Líbano (la suya propia así como la de la OLP); en 1948 había sido la caída de Jaffa, la dispersión de su familia, el inicio de su largo exilio norteamericano, y su defensa abierta de la causa palestina; hasta, en 1992, su abrupto retorno a la margen occidental. Casi todo árabe-americano que combate el estereotipamiento racista, el racismo ideológico sufrido por los palestinos, y el perenne antagonismo al Islam, tiene una tremenda deuda con Ibrahim. El empezó la lucha, y en el caso de la mayoría de nosotros, hizo la lucha posible en primer lugar.
Luego de casi cuarenta años de lucha en norteamérica, hubo en efecto algún tipo de retorno –o ´awda- pero sólo devolvió a Ibrahim a un sustituto fallido: no a una Palestina liberada sino al Area A de Oslo y, con su pasaporte estadounidense, a una Jaffa muy bajo control israelí. Probablemente fue el primero en advertir que el retorno palestino estaba sujeto al poder israelí aun al momento de su muerte (personal de inteligencia anónimo amenazó con cancelar su entierro), igual que fue el primero en advertir en 1988 que el Consejo Nacional Palestino y la OLP se habían transformado de movimiento de liberación en movimiento de independencia nacional. Algo mucho menos, como iba a revelar Oslo.
Nadie mejor que Ibrahim sabía convertir los escombros de la derrota en algo así como un logro. Pero nunca se quedaba satisfecho con triunfos puramente morales. Era de un realismo que le impedía no comprender el poder militar descarnado a tomar en consideración en, por ejemplo, la supervivencia de Arafat a los cataclismos de Beirut 1982. «No tenemos tanques,» decía, «No tenemos poder real. Por eso ha sido tan fácil para los israelíes destruir nuestras instituciones y matar a toda esa gente».
Conocí a Ibrahim en Princeton, en 1954. En esos días no había alumnos de pregrado extranjeros en las universidades. No habia afro-americanos, ni mujeres: sólo los hombres jóvenes de la élite blanca recibiendo una excelente educación clásica y aprendiendo a sentir que era su derecho gobernar el mundo. Más tarde muchos de ellos lo hicieron. Un acaudalado residente del pueblo le había dado al departamento de música dinero para que los alumnos graduados asistieran al muy respetable programa de conciertos de Princeton. Me encargaron ir entregando los boletos. Una tarde particularmente calurosa y lenta de setiembre llegó un joven de modales vivaces, penetrantes ojos verdiazules y un denso acento, pidió boletos, me mostró a la volada su carnet de identidad (no pude pescar su nombre, solo registrar que se trataba de un estudiante graduado), y luego, cuando ya se iba, se volvió y me pidió repetir mi nombre. Cuando se lo volví a decir regresó hasta el interior de la oficina y me preguntó de dónde era. Yo dije algo así como soy de Egipto ahora, pero antes era de Palestina. Se le encendió el rostro: yo también soy de Palestina, dijo, de Jaffa. Ibrahim estaba estudiando con Phillip Hitti, un inmigrante libanés que había montado un destacado departamento de "Estudios orientales", es decir historia y cultura árabes. Me presentó a otros estudiantes graduados árabes, y en un santiamén tuve un grupo de amigos mayores con quienes podía hablar en árabe y lamentar la presencia sionista en Princeton, particularmente evidente durante la crisis de Suez.
Ambos dejamos Princeton en 1957 –él con un doctorado, yo con un bachillerato- y volví a Egipto por un año. Ví a Ibrahim y a su esposa Janet regularmente en El Cairo, donde él trabajaba para la Unesco. En aquel tiempo había pocos indicios de las actividades políticas que nos aguardaban. Yo me desplacé hacia el posgrado de Harvard y me ví menos con los Abu-Lughod, aunque sabía que habían vuelto a los EE.UU. a empezar sus carreras docentes. Entonces nos cayó encima a todos el rayo de 1967, y de pronto recibí una carta en que Ibrahim me pedía colaborar con un número especial de Arab World, el mensuario de la Liga Arabe que se publicaba en Nueva York. Él era el director invitado para el número, concebido para observar la guerra desde una perspectiva árabe. Aproveché la ocasión para examinar la imagen de los árabes en los medios, la literatura popular y las representaciones culturales desde la Edad Media. Ese fue el origen de mi libro Orientalism, que dediqué a Janet e Ibrahim.
Los años que siguieron los Abu-Lughod los pasaron en Chicago y yo en Nueva York, pero fueron de mayor acercamiento a partir de la política. Testificamos ante el Congreso, nos reunimos con George Shultz en 1988, instalamos el Instituto de Estudios Arabes en Boston, fundamos el Arab Studies Quarterly, y asistimos a sesiones del Consejo Nacional Palestino en el Cairo, Amman y Argel. Durante esos años de gran actividad Ibrahim reveló una capacidad genial para descubrir individuos talentosos en los Estados Unidos y en el mundo árabe, a los cuales ponía en contacto y ayudaba a trabajar en grupo. En junio de 1982, luego de un año en París, se mudó a Beirut a poner en marcha la Universidad Abierta Palestina, que había diseñado junto con la Unesco y la OLP. Dos días después de su llegada, la fuerza armada israelí invadió Líbano, y casi inmediatamente después su nuevo departamento fue destruido por un cohete israelí. Pasó los siguientes dos meses asediado en Beirut, viviendo en casa de mi madre con su buen amigo Shoeil Miarri. Durante esas difíciles semanas nos comunicábamos de manera regular, casi siempre a instancias de Arafat, quien utilizaba a diversas personas, yo entre ellas, como intermediarios con el gobierno estadounidense.
Beirut probablemente fue para Ibrahim la experiencia más importante vivida hasta ese momento. Primero le enseñó que hasta las mejores instituciones pueden ser minadas por la mediocridad y la brutal inestabilidad de política y sociedad en el Medio Oriente. Segundo, le enseñó la verdadera dinámica del poder, tanto cómo afecta a quienes lo tienen, como a quienes carecen de él. Tercero, y acaso lo más importante, le enseñó que uno siempre puede seguir adelante, aunque el fracaso aceche. Ese fue el verdadero Ibrahim: el hombre que comprendió que lo único que cabía era seguir adelante, mantenerse optimista y leal a los camaradas (y sacarle el jugo al sentido del humor, no importa cuán macabro).
Cada tanto, me decía: somos mediocres, Eduardo, mediocres, y a la postre quizás sea esa misma mediocridad la que va a derrotar a los israelíes y a toda su brillantez. Pero siempre añadía: somos un buen pueblo, y terco, aunque no siempre seamos muy hábiles. Lo que más le indignaba de Oslo eran las ignominias que implicaba para los palestinos. El obsequioso y payasesco histrionismo de Arafat nos perturbaba mucho a ambos, y nos daba gran vergüenza habernos dejado convencer por él antes de Oslo. A diferencia de mí, Ibrahim quiso vivir en la parte de Palestina que Oslo había excavado y parcialmente arrancado a los israelíes –el área A- y fue allí donde se aplicó al trabajo, con sus colegas y sus alumnos.
Ibrahim creía en los estándares académicos e intelectuales, fuera en la cultura árabe o en Occidente. Lo ponía eufórico descubrir a alguien en quien discernía potencial o talento, pues eso le daría la oportunidad de sacar a luz lo oculto y hacerlo brillar. Hay muchos –yo soy uno de ellos- que se sienten descubiertos, apreciados y luego llamados a filas por Ibrahim. Era el más grande de los alentadores, protectores, patrocinadores. Nada le gustaba como un cumplido («estuviste fantástico») y nada tan definitivo como sus ataques («He is a jerk», la «j» pronunciada con un denso acento de Jaffa). Como maestro se debatía entre un prurito por influir y dominar, y el deseo de que predominara la igualdad. Como padre de tres muchachas talentosas y esposo de una académica de gran valor, era más tolerante con las mujeres que el árabe, o para el caso el occidental promedio. Aun cuando estaba siendo paternal, ese monitoreo tenía una calidad fraterna, y rara vez podía uno sentir tiranía, aunque sí era capaz de asumir un gesto tiránico, por lo general con muy buenos fines. Debajo del rugiente aplomo había un corazón amable.
Como muchos de nosotros, nunca se repuso realmente de la pérdida de Palestina, y su primeros días de refugiado lo marcaron indeleblemente. Los recuerdos de ese tiempo, si bien nunca dicho con todas sus letras, siempre parecían ser parte de su furia contra Israel; y él comprendía que nuestra lucha sería larga y compleja, y que la autodeterminación no sería algo que veríamos en nuestras vidas. De una manera u otra, «la transformación de Palestina» (título de su recopilación de ensayos más conocida y un eufemismo para el robo del país por parte del sionismo) dominó la obra de su vida. Pero no era un militante irreflexivo, sino un intelectual feroz, y a veces hasta corrosivamente independiente. A pesar del hecho de que profesional y personalmente siempre estaba trabajando por la causa, nunca se le hubiera podido describir como un profesional. Era demasiado un amateur, impulsado por el amor y el compromiso.
Ibrahim me introdujo al tema y a la experiencia, por así decirlo, de Palestina. Como era siete años mayor que yo, y más versado en la vida de la Palestina del mandato, despertaba en mí y en otros el deseo de desenterrar memorias de nuestros primeros días, antes de que la nabka lo cambiara todo. Tenía un enorme, puntillosamente acumulado y articulado conocimiento de nuestra historia, así como una memoria viva de los orígenes de todas las personas y las cosas, dónde habían ido, dónde estaban ahora, o cuándo habían desaparecido.
Jaffa tiene que haber sido un lugar notable en los años 40. La escuela donde fue Ibrahim, Amariye, produjo una sorprendente colección de adolescentes, que en su condición de refugiados pasaron a vivir vidas distinguidas como activistas, académicos, empresarios. Ibrahim me presentó a esas personas y ellos se han vuelto amigos cercanos. Entre ellos están Shafik El-hout, su aguerrido amigo, el bastión de la OLP que nunca abandonó su puesto en Beirut, ni siquiera durante la ocupación israelí de la ciudad, en el otoño de 1982, pero que renunció al Comité Ejecutivo por su profundo desacuerdo con Arafat respecto de Oslo; y Abdel Mohsen al Qattan, un exitoso empresario que ha gastado buena parte de su fortuna en ayudar a los palestinos a construir instituciones y que, igual que Shaftik e Ibrahim, ha sido abiertamente crítico de Oslo.
Ibrahim se mantenía al día sobre sus vidas con el celo de un cronista medieval. En las reuniones del Consejo Nacional, o durante las asambleas de la Asociación Benéfica, me iba introduciendo a un siempre creciente círculo de palestinos de cuyas vidas podía extraer, en la incómoda presencia de los individuos mismos, una increible cantidad de información erudita y de homilía útil. Maestros, abogados, académicos, empleados bancarios e ingenieros obtenían de él evaluaciones expertas en su condición de parte concreta de la historia de Palestina. Uno podía sentirlo rechazando la evanescencia a medida que su relato se desarrollaba, otro rasgo conradiano que daba profundidad a lo que estuviera diciendo.
Fue Ibrahim quien introdujo a los árabes de Estados Unidos al mundo de las luchas de liberación nacional y a la política poscolonial. Lejos de ser un nacionalista palestino provinciano, tenía un punto de vista amplio, alimentado por una envidiable ambición de conocer el mundo entero. Hablaba en forma sobrecogedora sobre lugares a los que yo nunca había pensado viajar, incluidos Perú, China y Rusia. Amaba estar en la gran ciudad y a menudo pasaba temporadas en París, El Cairo y Chicago. Más importante aún, vivía alerta al potencial –y a los límites- de la capacidad de las personas para ayudar a la causa palestina. Un decenio antes de mi tiempo, por ejemplo, comprendió que C.L.R. James se veía como un occidental y que no le sería fácil identificarse con los árabes. En el mismo sentido, como director del Programa de Estudios Africanos de Northwestern University tenía una impresionante familiaridad con los movimientos de liberación africanos. A muchos de sus líderes los conocía e invitaba a Northwestern. Le llevó años de ventaja a su tiempo en el reconocimiento del valor de figuras como Amilcar Cabral y Oliver Tambo, en distinguir sus movimientos y el tipo de colonialismo o sistema de opresión que ellos combatían, así como en encontrar paralelos con la situación en Palestina. A través de él uno también se encontraba con las grandes figuras del discurso nacionalista árabe, como Mohhammed Hassanein Haykal y Munif el Razzaz.
Fue gracias a Ibrahim que en 1970 conocí a Eqbal Ahmad, el otro compañero de armas cuya extemporánea muerte me dejó tan disminuido. Como Ibrahim, Eqbal fue (para usar uno de los más altos elogios de Ibrahim) asil, un «auténtico», con el mismo don de una elocuencia infatigable, interminablemente fértil. Sentarse a escucharlos hasta las altas horas de la noche era ser lentamente intimidado hacia el silencio, mientras ellos iban tejiendo sus dilatadas disquisiciones, sus informados y hasta arcanos análisis, nunca del todo libres de un celo competitivo. Ninguno de mis gurús fue jamás mezquino con su tiempo y a ninguno –acaso por el mismo motivo- le interesaba mucho la relativa parsimonia de lo impreso. Estilistas de la palabra dicha, plurilíngues, generosos con sus ideas y sus historias, me apoyaron durante mi enfermedad de maneras que la timidez me impide presentar aquí. Lo que me desconsuela es que hayan tenido que morir antes que yo, en especial ahora que sus voces hubieran sido tan elocuentes y humanitariamente informativas.
Escribiendo sobre Eqbal al momento de su muerte hace dos años, y ahora sobre Ibrahim, me ha resultado dificil hacer una relación de sus logros esencialmente performativos. Ambos causaban una impresión duradera en todo aquél con quien se encontraban; sin embargo su recuerdo no está encarnado en un cuerpo de obras, sino disperso por entre varios grupos, sociedades, asociaciones y familias, todos los cuales fueron visible e invisiblemente transformados por la naturaleza de estos hombres y de sus logros.
Ambos volvieron a sus lugares de origen en sus últimos años: Eqbal, oriundo de Bihar, a Islamabad; Ibrahim, oriundo de Jaffa, a Ramallah. Pero en verdad no volvieron a casa. Al intentar capturar su memoria, uno la confina y la solidifica, y en tal sentido la traiciona: lo que estos hombres representaban era energía, movilidad, descubrimiento y riesgo. En el desarrollo de la historia palestina Ibrahim, creo, seguirá siendo un modelo de lo que significa haber estado dedicado a una idea: no como algo ante lo cual uno se inclina, sino algo con lo cual uno vive y que reexamina constantemente. Comprenderlo adecuadamente es reestrenar el drama de la lucha y los principios en que vivió enfrascado, no copiándolo, sino volviéndolo a vivir, y al hacerlo, dejándolo abierto para futuras revisiones y reflexiones críticas. [London Review of Books, Londres, 13 de diciembre, 2001. Traducción de Mirko Lauer]
(*) Poeta y periodista de opinión en el diario La República. El año pasado publicó su poemario «Tropical cantante».