BELLEZA PERUANA
Guillermo Nugent *
El Congreso debatirá este año una nueva ley de telecomunicaciones; abundan las declaraciones sobre la mala calidad de los programas televisivos; las pugnas por ganar audiencia en los horarios estelares son crudamente explícitas; las primeras planas de los periódicos cada vez se ocupan menos de lo que pasa en la calle para dejar espacio a las ocurrencias en la pantalla. La situación legal de los canales que estuvieron al servicio de la mafia Fuijimori-Montesinos es materia de toda clase de pronunciamientos políticos. En suma, una buena parte de los debates públicos tiene por tema central a la televisión.
¿ DERECHO DE ADMISIÓN?
La tele es la cosa mejor distribuida en nuestro mundo (no te he olvidado, viejo René): por encima de los ingresos, la buena salud, la alimentación, la propiedad, la educación letrada, el transporte y cuantas otras áreas cuya situación impide una cultura pública civilizadamente igualitaria entre los peruanos. Esta es una constatación inicial para entender la importancia primaria de este medio de comunicación entre nosotros. Si pasamos por alto este entorno sería muy difícil entender el especial magnetismo de los mensajes televisivos en este momento de nuestra historia.
Estamos en un mundo público donde todas las instituciones llevan o hacen sentir el célebre cartelito «Se reserva el derecho de admisión». En este contexto, cuando la gente se pone a ver la pantalla del televisor obtiene un sentimiento de estar «en reunión» que rara vez es vivido sin conflictos en los espacios públicos de la calle. Como es sabido, y notorio, las calles, los lugares públicos tienen ese uso pendular entre la discriminación y la protesta: hay tantos huachimanes de más como llantas quemadas en las pistas. En otras palabras, la tele no solamente informa o entretiene. Por sobre todo, al mirar la pantalla nos asomamos a un mundo social donde nadie tiene que mostrar credenciales a un vigilante, las lágrimas corren por cuenta de las telenovelas, no de los gases lacrimógenos, ni hay que estar sujetando la cartera pensando en un posible robo.
En otras sociedades, con una tradición individualista que viene desde la revolución industrial y la difusión de la imprenta, el consumo de la televisión se ha asociado con el enclaustramiento, con el retiro de la esfera pública o con la perversión de los individuos, especialmente niños. Con la apatía ciudadana y la hipnotización de los menores. En el Perú, como en varias otras sociedades de América Latina, el enclaustramiento es de hecho una experiencia que es más referida al mundo público que al doméstico: la notoria segregación de espacios residenciales, por ejemplo, es un rasgo del que no se salva ni la más moderna urbe latinoamericana. Desde Sao Paulo a Puerto Príncipe, la historia no es muy diferente: el pueblo empieza ahí donde ya no hay calles asfaltadas, sólo cuestas empinadas que por azar estadístico cuentan con alumbrado público, agua potable, algún precario y tambaleante transporte público. Estar en la calle, la experiencia del espacio público es una cuestión de decidir en qué lado y de cuál reja o muro uno va a estar. No señoras, señores, jóvenes, niñas, niños, ésta no es la galaxia de Gutenberg. No es el caso de sociedades que una vez creyeron y vivieron el orden de calles rectas y paralelas como los renglones de un libro y que luego sucumbieron a la ligereza enervante de la tele. Evitemos el malentendido de empezar a entender el mundo social a partir de un No. Esto es lo que debemos aplicar a nuestros propios prejuicios.
De los medios audiovisuales sabemos que son importantes, y cómo actúan, pero cuesta trabajo entender por qué son tan imprescindibles en la vida social. La mayoría de los estudios hechos sobre los medios de comunicación audiovisuales, los que son publicados y vendidos en librerías, y enseñados en las universidades, con las excepciones de rigor, parten del ideal normativo del mundo tipográfico: hubo una vez que la lectura fue difundida y luego la gente abandonó esta sana práctica y se dedicó a frivolidades como escuchar música bailable en la radio o mirar programas de televisión carentes de cualquier sentido de profundidad. De la edad de oro del libro a la era del cobre de la TV. Esa narración idílica, que ya fuera criticada por el canadiense McLuhan a mediados del siglo pasado, es considerada todavía como la forma más natural de abordar un debate sobre los medios de comunicación audiovisuales.
¿Por qué no empezar, mejor, por esa contraposición tan característica entre declaraciones y sentimientos que producen los debates sobre la televisión? Por una parte declaraciones de diferentes personajes públicos que deploran o denuncian la calidad de tal o cual programa, pero la contraparte es que esos mismos programas tienen niveles de sintonía nada desdeñables y que cubren, con variaciones mínimas, a todos los sectores socioeconómicos. Lo coherente, en todo caso, sería hacer esa crítica despiadada al público mismo que es capaz de ver semejantes adefesios. En realidad, toda crítica a los medios de comunicación, pero en especial a los audiovisuales, es una crítica a la propia sociedad a los vínculos que establece entre sus miembros. No se trata en primer lugar de un problema de «contenidos» como del tipo de vínculo que es promovido entre los diferentes sectores de la sociedad. Si aceptamos esta perspectiva resulta importante poner el acento crítico tanto en la propuesta que es difundida, como en la demanda del público que la recibe y elabora.
DEBATIENDO LA CALIDAD DE LOS PROGRAMAS ¿A QUÉ PROGRAMA DE TV LE DARÍA UD. EL PREMIO NOBEL?
En la crítica de los programas televisivos predomina un moralismo que se expresa en dos vertientes: la escandalizada y la culturosa. Ambas resultan inocuas en la práctica al momento de medir fuerzas con la inercia marketera de los programadores de la tele. La argumentación merece ser vista con un cierto detalle.
La crítica escandalizada se mueve aproximadamente con los criterios equivalentes de la censura cinematográfica: programación según la edad. Niños, jóvenes, adultos, clasificación que usualmente coincide con poquito, regular y harto erotismo. Qué se entienda por erotismo es un problema aparte. La falta de escrúpulos en estos casos siempre está referida a alguna escena o personaje discordante con un sentido estrecho de la decencia. Rara vez van a considerar a algún cómplice inescrupuloso de la dictadura, por ejemplo, como una imagen impresentable para los niños.
En esta perspectiva, la televisión debe ser ante todo un espacio de inocencia. Aunque la palabreja rara vez es definida, del uso constante que de ella se hace podemos inferir que la inocencia es el sinónimo de la ausencia de conflicto: infancia sin sexualidad, calles sin violencia, felicidad en el trabajo, cordialidad omnipresente. El mundo del Truman Show, sería el ideal de televisión, y probablemente de sociedad. Como la película de Weir muestra, semejantes dosis de inocencia sólo son posibles a costa de una ilimitada capacidad de manipulación. En la aspiración a la inocencia, a la televisión «blanca», el discurso cultural de masas pretende ser reducido a esos exámenes de opciones múltiples, donde toda la acción se limita a marcar una opción de cuatro o cinco posibles. Ninguna extravagancia. El mundo queda reducido aplanado, a las dimensiones del acierto y el error. Tal tipo de exámenes tiene por principal mérito y ventaja hacer más sencillo el trabajo de los evaluadores, y poco o nada dice acerca de la imaginación o creatividad de los evaluados. De la misma manera, una programación al margen de cualquier riesgo o escándalo supone un auditorio con una existencia tan plana y sin conmociones como la proyectada en la pantalla.
A diferencia de la anterior, la crítica culturosa no se detiene en los síntomas de conflicto individual o público que aparecen en la pantalla. Ahora se trata de cuestionar el «bajo nivel cultural» de la TV. Se supone que la programación debe educar. Así como la crítica anterior tiene el modelo escolar del veinte en conducta como ideal moral, de manera no menos escolar se reclama, si no un veinte, al menos un diecisiete o dieciocho en historia y geografía y así se puede «elevar el nivel cultural» de la población. Todos los discursos en torno a la «caja boba» forman parte de esta categoría. La cultura, sin embargo, no parece estar asociada al debate, la aceptación de la incertidumbre, la capacidad de hacer cuestionamientos atrevidos y el esfuerzo por inventar nuevas propuestas. Muchas veces la demanda culturosa se asocia con un presentador o presentadora pulcra y sobriamente vestidos y con una voz de tono controlado, sin estridencias del tipo «Señoooooras y señoressssssss» o «ya pues hijito, ponte a cantar de una vez».
En ambos casos las críticas suelen quedar cortas ante la avidez por aumentar la audiencia por parte de los programadores de las estaciones de TV, cuando no poseen un cierto aire de censura en el sentido amplio, especialmente en la variante escandalizada. Lo primero que cabe destacar como un error común a ambas posturas es enjuiciar el modelo cultural de la radio y la televisión según el ideal escolar, es decir según un modo de comunicación escrito: un salón de clase, de preferencia algún grado de primaria, donde los niños y las niñas –suponiendo que se tolere un escenario educativo mixto- no hacen bulla, ni siquiera cuando el profesor sale de clase, todos con la ropa bien limpia y planchada y que están dispuestos a responder correctamente cualquier pregunta de una materia tratada el día anterior. De acuerdo a esta línea de pensamiento, el mejor programa de radio o TV, en consecuencia, debería ser uno que esté en condiciones, idealmente hablando, de ganar una especie de premio Nobel. El inconveniente no está en que el Perú sea un país con pocos recursos económicos para hacer una superproducción en TV. La cosa es más simple: el Nobel –con excepción del dedicado a la paz- se entrega a productos de la escritura, en el campo de las ciencias o el arte.
LA TV ES PARA TODOS Y DE (CASI) NADIE
¿Cómo abordar, entonces, la crítica y el debate sobre la TV? Un problema central en la actual presencia de la televisión en el escenario público es la peculiar situación que otorga mayor importancia y visibilidad a los propietarios o accionistas mayoritarios de las empresas que a los periodistas o personajes del espectáculo y entretenimiento. Desde antes del escándalo desatado por los videos de Montesinos sobornando a empresarios de televisión, el perfil público de los propietarios era bastante mayor que el de los periodistas y animadores. Los dueños de los canales se definen socialmente más por su condición de propietarios que, incidentalmente, también poseen estaciones de TV. Este rasgo le agrega un aire de arbitrariedad a la programación y en muchas ocasiones ha creado la imagen de presentadores sin opinión propia a propósito de temas políticos. Una consecuencia de este modelo jerárquico de subordinación es bastante ostensible: los periodistas televisivos, que necesitan persuadir con la palabra, el tono de voz y los gestos de la cara, eluden su responsabilidad en la corrupción política, afirmando que las decisiones políticas eran un asunto de los propietarios.
Así, nos encontramos ante una sutil incoherencia. De una parte la sintonía decide todo, pero de otra los dueños de las acciones también deciden todo. Es un modelo de propiedad que tiene un carácter más doméstico que propiamente empresarial. La televisión adquiere esa mezcla tan familiar de confluencia entre la inercia y la arbitrariedad. En momentos de crisis política, la capacidad manipulatoria de la TV ha podido ganar algún terreno, pero a costa de perder credibilidad.
Por una parte hay una televisión que es el medio de comunicación más difundido en una sociedad donde la desigualdad es la norma, y del otro una televisión imprevisible por la omnipotencia de sus dueños. Casi sin temor a equivocarnos podemos decir que mientras más visible y público es el perfil del propietario, mayores son las posibilidades de control político del medio por parte del gobierno de turno: una cordial invitación a almorzar o cenar con los dueños de los canales es el atajo irresistible de los políticos profesionales para sustituir el esfuerzo de lograr un consenso real. Esa falta de consistencia política de la tele, tal vez una de las principales diferencias con la prensa escrita e incluso radial, es el principal elemento que banaliza la programación. De ello, por cierto, el auditorio es bastante consciente. Es la propia tele la que predispone a un consumo poco consistente de su producción en general.
EL SECRETO DE ARRIBA Y EL SECRETO DE ABAJO
¿Quiere decir que estamos en una situación sin salida? Ese es el atajo argumental, ya no de los políticos sino de los intelectuales para evitarse el trabajo de imaginar otras conclusiones. La mayor parte de las soluciones en la vida social no tienen la forma de un aerolito que súbitamente irrumpe en el firmamento y se estrella en algún lugar en especial. Por lo general, en la propia vida cotidiana se van elaborando nuevos estilos que son una mezcla de síntesis e innovación respecto de prácticas anteriores. A esta norma la televisión no escapa, incluso cuando pretende manipular y adormecer, o estimular tendenciosamente, una inquietud política.
En vez de hacer el inventario de los datos de la cultura escrita que no circulan por la pantalla y el esfuerzo presuntuoso de querer hacer una escuelita a colores, la cultura de masas, no sólo la tele, ocupa en nuestra sociedad un espacio de una importancia que está más allá de los caprichos domésticos de los dueños o de los afanes de corruptela de los gobernantes.
La idea básica es que la cultura de masas, políticamente tan poco de fiar, pone al descubierto serias omisiones o límites de la cultura oficial y que no tienen nada que ver con deficiencias en la educación del auditorio. Así como desvergonzado fue el soborno a los medios televisivos durante la era Fujimori no menos directa fue, y es, la acción de ponerle nombre e imagen a la sexualidad y las diferencias de género. La aparición de las vedettes, primero en la prensa amarilla, posteriormente en la tele y no en versión de «arrepentidas», de las cantantes de tecnocumbia de la amazonía, fue una primera transformación de la imaginación pública. ¿El protagonismo de las vedettes refuerza concepciones arcaicas como la de mujer-objeto, trozo de carne, sumisión al hombre en la esfera doméstica? Más bien, lo apropiado sería contrastar esas imágenes con la presencia todavía exclusiva o abrumadoramente masculina en instituciones dedicadas a la tutela política como las fuerzas armadas, la Iglesia Católica .
El protagonismo de presentadores en televisión francamente autoirónicos respecto de su orientación sexual son la parte más visible, explícita, de un movimiento más amplio que abarca a toda la sociedad y que bien podemos calificar de una secularización de las costumbres. Pero, además, lo que todos tienen en común es que hacen una narración de su biografía que en absoluto apela a sentimientos de conmiseración o de culpa ante la audiencia. Si bien el escándalo, la falta de naturalidad en muchos casos, expresa la distancia que todavía hay respecto de la tolerancia en las prácticas cotidianas, incorpora en la discusión ordinaria temas que usualmente no son reconocidos como válidos por la cultura oficial.
Aunque la privacidad en algunos casos ha sido objeto de intrusiones, lo más importante es el trabajo lento pero muy efectivo de suprimir las barreras que dejaban en el terreno de lo secreto el ejercicio del poder. Entre las escenas de la famosa salita del SIN donde Montesinos compraba influencias y vendía favores y las que ocurren en la alcoba de una vedette, aquello que se buscaba mantener lejos de la atención pública se convierte en una referencia públicamente compartida. ¿A quiénes afecta esta nueva dirección de la cultura de masas?
Hay tres espacios institucionales directamente afectados: el militarismo, el clero y la cultura «seria».
Los militares no sólo han quedado desprestigiados por las denuncias de corrupción en las compras de armamento y por la complicidad con Montesinos. Han perdido algo más grave: el acceso a la fuente más secreta de su poder –la salita del SIN-, al escenario que reproducía sin cesar el aura de misterio durante los años noventa. El gran secreto de arriba. Una vez cruzado ese umbral la revelación de otros secretos infames, en especial el de las desapariciones, es prácticamente una cuestión de tiempo. El soporte psicológico del secreto y del misterio fue difundido a todo el planeta desde que apareció la escena del soborno al patético congresista Kouri. Los militares deben una parte de su poder a la fuerza, pero el factor decisivo emocionalmente es la certeza de poseer un secreto que los civiles no poseen.
En las escuelas públicas, los cursos de educación sexual han tenido que superar grandes dificultades para ser llevados a la práctica, especialmente por la oposición del clero católico. En la cultura oficial se sigue aceptando mansamente el veto clerical a toda referencia razonable y respetuosa de la individualidad de las personas a propósito de la sexualidad. De ahí que la discusión de dispositivos legales referidos a esta cuestión sea considerada como «un tema muy delicado». La contraparte es el desborde carnavalesco de vedettes, chistes de travestis, y conductores de televisión de la escena gay que al menos tienen el mérito de plantear las alusiones a la sexualidad como un vínculo legítimo en la relación con el auditorio público. La recepción del público a estas propuestas no necesariamente implica la convalidación, pero sí es una forma de afirmar que la censura clerical contra la sexualidad y el erotismo no tiene por qué traducirse en un completo silencio.
El tercer aspecto, y acaso el más sorprendente, es el que se relaciona con la cultura académica y de periodismo «serio». Llama muy poderosamente la atención la enorme diferencia entre el empecinado silencio respecto de la sexualidad, la relación con las identidades individuales por parte de la cultura letrada y el desenfado pantagruélico de la cultura de masas a este respecto. Un debate académico sobre el ejercicio de la sexualidad, sobre las orientaciones sexuales, sobre la relación entre un grado determinado de organización social y la moral sexual prevaleciente es algo de lo que no se oye hablar ni por asomo. Acaso es a propósito de la sexualidad, aún más que de la política y la economía, que se aprecia la situación lamentable, común a muchos países latinoamericanos, de haber tenido diversos procesos de modernización sin la correspondiente formación de una cultura pública urbana, laica y secular.
La tele, escribimos al comienzo, es la cosa mejor repartida entre nosotros. El problema está en que las otras cosas necesarias para la vida social, ni por asomo son compartidas a ese grado. Con todas las limitaciones que se reconocen, muchas veces con acierto, la cultura de masas, sin embargo es el más implacable testimonio de los secretos del poder jerárquico que una cultura oficial ciudadana apenas se ha atrevido a poner en discusión. Tal vez sea pedir mucho a la cultura oficial, seria, que esté a la altura de las circunstancias. Ya sería bastante si alcanzara a abordar las cuestiones que incansablemente plantea la cultura de masas en la vida diaria.
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(*) Sociólogo, investigador de DESCO. Profesor universitario en la Unidad de Postgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Historia y Sociología) y de la carrera de periodismo en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).