VOLVERAN LAS OSCURAS GOLONDRINAS

(Un sueño fujimorista)

Jorge Bruce


 

Los procedimientos mediante los cuales se recompone una mafia como la fujimorista, una vez que ha sido desalojada del poder, no carecen de analogía con aquellos mediante los que la psicopatología de una persona se resiste a ser erradicada y busca formas adaptativas que le permitan prevalecer en la nueva organización, ya sea psíquica o social. Acaso por eso los cambios sociales sean, en general, tan lentos. Su base es, en última instancia, personal. Son los miedos de cada uno, la falta de convicciones democráticas, de fe en la construcción del futuro, de carácter o de autonomía los que, sumados y factorizados, permiten que se pueda instalar y medrar el orden dictatorial y corrupto.

El pan cotidiano del psicoanálisis es la íntima resistencia a cuestionar un orden personal que no se ha estructurado con unas características específicas por casualidad: siempre responde a una historia, a unas incidencias traumáticas, a unas carencias o unos conflictos determinados. Concomitantemente, es inevitable toparse con una particular evaluación del costo-beneficio, con los gastos calculados de la economía psíquica, con una teoría privada del mal menor. Por eso éste desarrollará una controladora neurosis obsesiva y aquél se aventurará en alguna modalidad arriesgada de neosexualidad. Lo que para ti sería la peor de las catástrofes, para mí es lo mejor que pude encontrar en unas circunstancias personales e intransferibles.

¿Intransferibles? Esa es precisamente la paradójica apuesta del psicoanálisis. El cambio es posible porque las viejas historias individuales pueden ser transferidas en la persona del analista por parte del analizando, a fin de fabricar juntos un relato distinto, un nuevo guión que si bien lleva la impronta del original, no termina mal -o por lo menos no tan mal. Y en cualquier caso el viaje juntos habrá valido la pena. La forja de una sociedad también responde a la metáfora del viaje común. En el trayecto nos encontraremos con diversas fuerzas que harán lo indecible por arrastrarnos en una dirección -por ejemplo la psicosis, en el caso individual, o el autoritarismo en el social- que deberán ser contrarrestadas por otras fuerzas que pugnan hacia la salud, la que siempre coincide con los caminos de la libertad.

En mi analogía, los fujimoristas, pasados y reciclados, representan esas tendencias que procuran desviarnos de la senda de la democracia, porque para ellos, como para cualquier patología grave, la teoría del mal menor es la del atajo autoritario y forzosamente corrupto. Lo complicado del asunto es que, como resulta evidente, no están solos en el proyecto de un país enfeudado a la psicopatía y el facilismo de la dependencia de la figura idealizada del dictador iluminado o el líder carismático. Y ellos lo saben por experiencia. Por eso, tras el estupor inicial de ver a su líder huir, intempesta nocte, con unas maletas llenas con videos y otros tesoros de su caverna, la esperanza renace en el corazón de los otrora poderosos dirigentes del fujimontesinismo (suena como uno de esos seres extraños de los bestiarios inventados por Cortázar).

¿Cuáles son las razones que tienen para esperar el retorno de su jefe o alguna variante igualmente conveniente, de la cual ya se barajan nombres? Para comenzar, el triunfal retorno de García tiene que haber sido música celestial para sus oídos. De modo que era posible haber estado sumido en el más hondo y resbaloso de los pozos del desprestigio, haber llevado al país a la ruina financiera y moral, haber demostrado una ineficiencia e incapacidad de gobernar que deberían enseñarse como contraejemplos en los colegios y las universidades (para comenzar en su propio curso de -¡increíble cinismo!- realidad nacional en la San Martín de Porres), y después volver, hacer unas cuantas morisquetas apenas más inspiradas que las de Lúcar o Delta, y estar a punto de retomar el poder. Mismo Chávez, sólo que con un intervalo más largo. Entretanto, como para calentar motores, las multitudes lo aclaman y los programas de tv lo reclaman. ¡Cómo no van a estar esperanzados los fujimoristas! Toledo, por su parte, es toda una promesa para ellos. Cada nueva muestra de incoherencia es un balde de agua para su molino antidemocrático. Dale cholo, sigue así, mete la pata, habla disparates, incumple tus promesas, exhibe tu debilidad, ¡yes!

Pero sobre todo está la experiencia que ellos mismos tuvieron de derribar con extrema facilidad, uno a uno, todos los bastiones de la institucionalidad en el Perú. Débilmente enraízado en un suelo todavía pantanoso e infestado de parásitos, el bosquecillo de nuestra incipiente democracia no resistió a esa explosiva combinación de angustia por el caos del aprismo (hoy anestesiada), terror por la guerra contra Sendero y la seducción del camino más corto al desarrollo, ejercida por esa extraña pareja conformada por un misterioso ingeniero japonés y un expulsado militar arequipeño, no menos misterioso e inescrupuloso. Pero hoy la prioridad consiste en hallar una trinchera adecuada para camuflarse (puede ser en el propio Estado) y esperar a ver pasar flotando por el Rímac los cadáveres de sus enemigos. En todos los relatos de ciencia-ficción sobre el día siguiente a la guerra nuclear, hay especies que se destacan por su capacidad de supervivencia. Imagino, sin ánimo de ofender a nadie, que nuestros ex dirigentes deben estar estudiando con ahínco la vida de las ratas y las cucarachas, que deben representar, en estos días, su Yo Ideal.

Hace poco vi a una de las más alharacosas dirigentas de entonces, solapeada en un café del centro comercial Plaza San Miguel, lejos de los espacios de exhibicionismo social más encumbrado, como Larco Mar o el Jockey Plaza. Al verla a la Camucha (ella me miró con aire de a éste lo conozco de algún lado) sentada con una amiga que le daba firme al celular y al helado de gianduja (¡qué fijón!), pensé en el tema de este artículo. ¿Dónde se esconden las rabiosas guardas doradas de antaño? ¿Qué fue de su soberbia y prepotencia? ¿En qué habrá quedado su desprecio por la democracia y los derechos humanos, esa cojudez pastoral? ¿Seguirán defendiendo lo indefendible con tanto ardor? Pocos días antes había visto a Tudela en una librería de Miraflores. Me dio la impresión de caminar pegado a las estanterías con la intención de pasar desapercibido y, acaso por contraste, me vino a la mente la triste imagen de sus intentos de bailar tecnocumbia en los estrados del dictador (ni Vargas Llosa se atrevería a describir una escena como esa, inverosímil en su patetismo). Al parecer, hoy se refugia en el universo de los libros, de donde nunca debió haber salido, pues los libros instruyen pero no necesariamente con valores democráticos. Depende de lo que uno lea, en cualquier caso (no pude ver lo que estaba comprando).

No estoy relatando estos encuentros fortuitos con el ánimo de hacer escarnio de esos políticos venidos a menos, por nefasta que haya sido su participación en la política peruana. Hacer leña de los caídos en desgracia carece de relación con la justicia o la reparación civil. Si esas personas tienen cuentas que rendir al poder judicial, que lo hagan en buena ley, no como la que manejaban ellos al antojo del asesor. El juicio de la posteridad es otra cosa, y tampoco hay que hacerse muchas ilusiones al respecto. De hecho, ellos se ilusionan con nuestra amnesia social, con nuestra pobre capacidad de conservar la verdad con vida, a fin de aprender de nuestros errores y crecer. Por eso los violentos ataques del Apra contra la Comisión de la Verdad tienen una significación particular, que los antiguos fujimoristas, o los neofujimoristas, deben observar con interés y beneplácito. También la dirigencia aprista deja de lado la indispensable refundación del partido y, en vez, apuesta con toda su alma indoamericana por el olvido, la negación, la escasa o nula capacidad de elaboración de una sociedad pauperizada, la mayor parte de cuyas funciones operativas están consagradas a las tareas propias de la supervivencia. ¿En dónde se va a alojar el recuerdo, no digamos la comprensión de lo que ocurrió del 85 al 90, cuando todo el espacio mental está invadido de urgencia y aprensión? Es preferible relegarlo al desván de los malos sueños y creer, con el último hálito de fuerza de los condenados de la tierra que, ésta vez sí, el Mesías ha venido preparado y no será necesario volverlo a crucificar.

Los neofujimoristas, por lo menos los que se manifiestan por ahí, están en esa misma longitud de onda, sólo que con un período de diferencia. Pasado García, piensan, nos toca a nosotros. El pueblo peruano ha demostrado su generosidad en el juicio de la Historia (son almas nobles, caritativas y manipulables). Todo lo que tenemos que hacer es nuestra travesía del desierto. Cada vez que nos sintamos solos o incomprendidos –cuando no juzgados- pensaremos en esos días fastos, cuando todo iba bien y Vladimiro el oscuro, parafraseando a Thomas Hardy, manejaba hasta la televisión, cosa muy importante a la hora de formatear la realidad. La realidad, después de todo -en eso son más bien platónicos- es profundamente subjetiva. Por eso García le llamó al caos y al desgobierno de su época «el desorden aparente». Por eso Martha Chávez dijo que Leonor la Rosa tenía conductas autodestructivas y que Montesinos tenía esas cuentas en el Wiese porque era un tigre en su práctica privada. Por eso Blanca Nélida y muchos generales habían ahorrado tanto. Por eso Fujimori ganaba dos mil soles al mes. Nos metieron tanto el dedo que llegamos a considerarlo una protuberancia, parte integrante de nuestra anatomía.

Ahora todo ha cambiado, es innegable. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo? El deseo es: que fracase estrepitosamente el cholo, que se vaya a la mierda la democracia, que suba García y repita la carrera de caballo loco con su briosa partida y su desastrosa llegada. Que sepan lo que es darse esos lujitos y que se estrellen contra la realidad, la nuestra, la que nadie comprendía como el doctor (después de todo era su creación). Y que nos llamen, nos supliquen, falsifiquen las firmas, las conciencias, los referéndum, la integridad. Que todo vuelva a ser como antes de que cayera la noche de la democracia. Hasta entonces, cada vez que nos sintamos desalentados, basta con comprar Expreso (que cada vez hace pensar más en El Diario de los senderistas) o encender la televisión. Eso no ha cambiado tanto. En ciertos aspectos, incluso, está mejor. Nunca cómo ahora se espió tan frenéticamente en la ropa íntima de la farándula y se atropelló con tanta impunidad el derecho a la privacidad. Inversa y proporcionalmente, nunca se destinó tan poco espacio audiovisual a la reflexión crítica. La telebasura es el mayor legado del ingeniero y el doctor, el que podemos consumir a diario todos los peruanos. Esa es la más clara señal pública de esperanza para los fujimoristas invernando en sus madrigueras, resistiendo con arrogancia o haciéndose los reconvertidos, que son muchos y están en sitios insospechados. Cada vez que cunde el desaliento y sienten que todo este asunto de la democracia es una pesadilla tan horrible como la realidad para los psicóticos, encienden el televisor. A veces, cuando se adormecen delante del aparato, Luz, Carmen, Absalón y otras chicas del montón, tienen un extraño sueño colectivo: ven unas bandadas de oscuras golondrinas volando por la pantalla. Juran que las golondrinas son ellas, regresando a sus curules.

 

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