País esquina con vista al mar
Historias de Montevideo, año 2002
Rosalba Oxandabarat
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Una: Gente grande
Un hombre entró al anexo del Palacio Legislativo, donde tienen sus oficinas los parlamentarios. Dijo que iba a visitar a uno de ellos. Pasó. Estuvo adentro toda la tarde. Al anochecer, se metió en un baño, y se pegó un tiro. Había entrado con una escopeta. Dejó una carta explicando que las deudas lo acosaban y no podía pagarlas ni continuar su vida. También decía que había un club de suicidas y que irían matándose de a uno si el gobierno no dedicaba unos cuantos millones a la reactivación nacional.
Por ahora fue el único. Las autoridades no cesan de preguntarse cómo diablos pudo ingresar al parlamento un tipo con una escopeta, y nadie se dio cuenta.
Dos: gente joven
Las autoridades españolas devolvieron sin templanza y sin derecho a pataleo a una pareja de uruguayos jóvenes que llegaron a Madrid. La muchacha estaba embarazada de 7 meses. Ambos alegaron que iban de turistas, pero como no supieron dar direcciones de hoteles reservados ni un plan de viaje, los chavales de Migraciones supusieron que planeaban quedarse y trabajar, como tantos. Hubo ruido, protestas, explicaciones. El tratado que acuerda a españoles y uruguayos el derecho a establecerse y trabajar en cualquiera de las dos patrias, que data de comienzos del siglo XX y trajo a cientos de miles de españoles al Uruguay, no ha sido derogado.
Pero la nueva ley de migraciones española no hace distingos, y no es precisamente favorable al ingreso de extranjeros, aun de aquellos en cuyas naciones se habla comúnmente de España como «la madre patria».
Yo te voy a dar madre, sudaca. Quién te ha visto y quién te ve, gallego. Es escupir hacia arriba y hacia el costado, pero qué se le va a hacer. Las tierras de promisión, ahora, quedan al norte.
Tres: gente chica
Un niño de 12 años corrió por su pelota, un domingo en que la tormenta se desató truculenta y sin aviso. La pelota cayó en un desagüe de enorme boca, por la que el agua se escurría como una catarata. La pelota, y el niño, fueron tragados por ella. No era sólo de agua. Botellas de plástico, desechos de todo tipo, ratas, convivían en el oscuro pasillo debajo de la tierra.
Eso sucedió el 6 de octubre. Una semana después, el cuerpo aún no ha aparecido. Los bomberos que se metieron en los caños rastreándolo, salieron mordidos por las ratas. Hay 5 por habitante, dijeron voceros de la municipalidad.
Las tres historias, que se dieron en ese orden, son de todas maneras prácticamente simultáneas. Historias que desvelan aún más, en búsqueda de correlaciones que se intuyen, a gente que vive en una situación generalizada de perplejidad y desazón. Este país que cultivó con ahínco el «bajón» ahora tiene razones suficientes para tenerlo gratis; se extraña cuando uno se bajoneaba por gusto, nomás, por masoquismo tanguero.
Nos ha pasado de todo. Desde un presidente-príncipe que durante un buen tiempo no dio razón de sus dichos ni sus decisiones, hasta que de tanto abrir la boca se pisó el palito –el palito era una importante cadena norteamericana– y tuvo que ir a llorar frente al presidente argentino –agraviado junto con todos sus compatriotas: «una manga de ladrones...»– para reparar la macana. No se reparó. Hasta hoy, hay campañas en la República Argentina, la tradicional nación hermana, para que sus pudientes turistas no vayan en verano a Punta del Este. Como si Punta del Este fuera Uruguay.
Palito más grave fue el de la «crisis bancaria», bonita expresión. El príncipe-presidente, y su (hoy, ex) ministro, de economía, Alberto Bensión, se cansaron de dar mensajes optimistas sobre la solidez del «sistema» de este país. Acá no iba a pasar lo de Argentina, porque éste es un país serio, que cumple sus compromisos. Los transeúntes miraban compadecidos y ajenos a un puñado de argentinos que, habiendo puesto sus ahorrillos en la filial uruguaya del Banco de Galicia, uno de los primeros que saltó del otro lado del charco, se encontraron con que, al no responder los dueños de afuera, tampoco en Uruguay se les pagaría lo guardado. (Cosa de gallegos, al fin y al cabo. Sólo que Manolito se lavó las manos sólo después de que gente de apellido tan poco castizo como Rohm, llenó las suyas y se mandara mudar.)
Como el Uruguay cumple, el Estado, vía el Banco Central –que no se había dado cuenta, pobrecito, de las mañosida-des que se tramitaban en 4 bancos– se empeñó, primero, en asistirlos (a un costo colosal y con su dinero, es decir, el de todos los ciudadanos). Pero las arcas (del Estado) quedaron exhaustas sin por eso impedir el descalabro. Los depósitos a plazo fijo, no salen. Los que se fueron a las Islas Caimán (!!!), olvídense. Las deudas en dólares siguen siendo en dólares; pero doctor, yo...; así es el capitalismo, mi amigo. El que toma riesgos, toma riesgos.
Y el país que recibió el hachazo hace rato que ya no era la Suiza de América (invento ridículo, porque acá no hay cantones, ni relojes cucú, ni Alpes, ni orden, ni eficiencia). En la década anterior, la de mayor crecimiento global (dicen) de todas maneras aumentó sostenidamente el desempleo. Cosas del «modelo» (lo que sea eso) que, como en otras partes, sembró el paisaje de grandes cadáveres de fábricas, arruinó a los productores rurales llenando los supermercados de productos subvencionados de Europa y Estados Unidos, segmentó la clase media: una parte de ella se compraba cero kilómetros y daba vida a los shoppings, la otra seguía el camino del pobrerío. Enterrado el sueño del progreso y el ascenso social, los desocupados tomaron el camino de la informalidad, en el mejor de los casos, de la exclusión lisa y llana, en los peores. Después de desatada la «crisis bancaria», el desempleo alcanzó el récord en toda la historia del país de un 17,2 % (45, para menores de 25 años) y eso que la emigración de gente joven seguramente ayuda a maquillar el asunto.
Hay pobres de las décadas anteriores, y pobres nuevos, y todos lo son aún más, porque el trabajo informal y precario es el primero que se resiente cuando los pagos comienzan a demorarse o a no llegar para los que aún tienen trabajo y medios. «No, no me corte el pasto, lo corto yo». «No venga más, María, yo sola me ocuparé de la casa». «Desde mañana, este edificio prescinde de los porteros. La puerta permanecerá con llave». Miles de trabajadores «independientes», que por esa calidad no tienen asistencia del seguro de paro, recibieron en estos últimos tres meses mensajes parecidos. La famosa cadena de pagos empezó a resentirse, como siempre, por los eslabones más débiles, mucho antes de que el Estado declare su propio cese de pagos. No está declarado, pero al menos parcialmente, sucede; el gran hospital universitario, llamado de Clínicas, por ejemplo, toda una tradición nacional, ha debido suspender servicios y los que mantiene en buena medida es por movimientos solidarios en su favor. El Estado está pagando todavía, pero a la manera de una familia que vive por encima de sus recursos y si paga la luz no paga el agua, y si paga el agua no come. Caro y molesto, nuestro Estado, extendido e ineficiente, lleno de culpa y petulante, pero armó este país de tal manera que cuando falla, es como quedar huérfanos.
Así que el único oficio que ha crecido exponencialmente (además del de delincuente: roba bien y no mires a quien) es el de hurgador. Con carrito y caballo, en bicicleta, a pie, revuelven la basura, sacan lo que sirva o tenga algún valor de canje o reventa, el resto va a parar al desagüe. Los desagües destilan plástico –esa cosa infame, fea y barata que acabó con cualquier posibilidad de equilibrio natural– y desechos, y ratas. En tanta mierda arrojada hay necesidades, hay descuido, y también hay bronca. La Intendencia (alcaldía, a cargo de la izquierda desde 1990) se la pasa haciendo campañas de sensibilización: «Montevideo, tu casa». Pero ya no son muchos los que parecen querer limpiar, mantener, querer a secas, esta casa. Con los mejores sueldos que jamás tuvieron los empleados municipales, con tanta campaña sensibilizadora y un Intendente (alcalde) arquitecto y urbanista que parece amar y entender su ciudad como nadie, igual un caño monstruoso se traga a un niño, hay otros, niños pero también adultos, contaminados con plomo, un porcentaje incalculable –porque crece a diario– vive en los llamados asentamientos (barriadas de gestación espontánea) con o sin servicios, en casas de lata, cerca o en medio de la basura, mientras las zonas centrales, bien estructuradas, bien servidas, se vacían sin cesar. Se parecen, esos barrios, a la vieja querida clase media, pilar del Uruguay que fue; abandonados, solitarios, con su discreto y cálido perfil expuesto para nadie. Es que ya muchos no pueden pagar un alquiler, y los que tienen plata hace rato huyeron a la costa. Montevideo, tan marítima, tan europea, tan socialdemócrata, tiende a parecerse a un anillo con un borde dorado –la costa sur y este– y otro borde de plomo –norte y oeste–. Cientos de hermosas casas y edificios vacíos están a la venta, al remate, al alquiler, y se deterioran mientras el incansable viento en algún momento les arranca el cartel de «Se alquila/Se vende», cansado de esperar quien lo lea.
La gente que guardaba sus dinerillos en los bancos se quedó en buena medida sin dinerillos y sin bancos, porque la catarata financiera arrastró –al igual que las aguas cenagosas a un pobre muchacho– no sólo a los cuatro bancos de infausto nombre sino también a los bancos del Estado. Qué sabia era la abuela, que sólo confiaba en el colchón. Para colmo de males, mucha de esa gente también se quedó con deudas; en dólares. Acá no se devalúa, había dicho el actual equipo de gobierno en su campaña electoral. Acá no se devalúa, repitió el impenitente Bensión. Y los bancos ofrecían el oro y el moro para que la gente tomara sus dólares «baratos»: invierta, agrande su empresa, su casa, compre otra, cambie el auto, compre otro auto, viaje, compre, compre..., tome dólares.
Lo tomaron (entre ellos, el suicida del Palacio Legislativo). Los uruguayos deben, hoy, 7290 millones de dólares a los bancos públicos y privados, y según fuentes de las recién formadas agrupaciones de deudores, hay otros 2 mil millones que se deben fuera de los bancos. Hay deudas enormes (empresarios audaces, como reclama el capitalismo), y otras más chicas (compras de consumo por tarjetas de crédito o crédito directo) y ninguna se puede pagar con este nuevo dólar caro y esquivo, que baila una danza incomprensible y siempre, exceptuando mínimas fluctuaciones, hacia arriba. Ahora se asocian, los deudores, discuten con el ministro, los bancos o lo que queda de ellos, hasta amenazan –eso pasó en el norteño departamento de Artigas– al personal judicial que va a rematar propiedades otrora usadas como garantía.
Ese dólar. Desde que empezó el trauma bancario las orejas chorreaban cifras inconmensurables del billete verde, que las radios, la televisión, los diarios, destilan impiadosamente. Los Peirano –miembros de una culta y católica familia, dueños del banco de Montevideo– se autoprestaron tantos miles de millones de dólares. Los Rohm –acá la vocación banquera viene en familia– hicieron lo propio desde el Comercial. Los nombres respetables no pasaron a la crónica roja porque en este asunto danzan banqueros y ministros, jerarcas del Estado y empresarios copetudos, consultores internacionales y organismos financieros ídem. Pero los ahorristas afectados resultaron más vengativos que los pobres de solemnidad. Hubo un par de saqueos a supermercados, es verdad, pero muy a la escala uruguaya: chiquitos, y en un solo día. En cambio, las amenazas, manifestaciones con gritos e insultos a los miembros de la familia Peirano, banqueros o no, eso que acá se llame escrache y por ahora estaba reservado a torturadores identificados (y libres y cobrando su jubilación), alcanzaron niveles de crónica roja y hasta de película de terror. Uno de los cometidos de los ahorristas estafados (acabo de oír en la radio) es que los dos hermanos Peirano detenidos –hay un tercero prófugo–, y que por consideración a su alcurnia y a la peligrosidad actual de los penales uruguayos están alojados en la llamada cárcel central, en la misma Jefatura de Policía, sean pasados a esos infiernos donde se amontonan, hacen motines, se matan, los delincuentes «comunes», los infortunados hijos de la pobreza y la violencia. Eso equivale, casi, a pedir para los hermanitos la pena de muerte; pero la igualdad ante la ley es la igualdad ante la ley, que también, sostienen los que (no) vieron sus ahorrillos volar para las Islas Caimán.
Para el común del común, el que no es ahorrista ni deudor y ni siquiera desocupado, la disparada del dólar lo que determinó fue la inflación. La población mejorará su estado físico, primero porque la carne (¡la carne!) se fue arriba arriba, donde se supone no deben flotar las vacas, y segundo porque por ahorrar algunos pesos todo el mundo camina de aquí para allá, donde el aceite cuesta menos o el azúcar no subió o donde ofertan los fideos a dos paquetes por 12. Los más conscientes copian prolijamente recetas del tiempo de la guerra (europea), recuerdan las 50 maneras que tenía la abuela de hacer la polenta, dejaron la coca cola por la limonada casera y el vino por el agua de la canilla.
Pero no todo disminuye; igual, algunas cosas crecen. Los viajes, por ejemplo; sólo de ida. El aeropuerto de Carrasco parece, los días de vuelos internacionales, alojar una manifestación.
Cientos de personas casi de dos fajas etarias claras –de 50 hacia arriba, de 12 hacia abajo– despiden a su gente. Los de la primera dicen «Cuidate mucho. Volvé cuando puedas»; los otros, los chicos, casi no dicen nada. No entienden por qué se va papá, o mamá, o papá y mamá, o ese hermano mayor que sueña con recogerlos a todos y llevarlos allá, a España, a Italia, a los Estados Unidos, donde todo el mundo tiene auto y hasta los lavaplatos, dicen, pueden pagar un alquiler. Los más afortunados o más osados viajan con la familia completa, sin olvidar a la abuela. Los regresados de mala manera –como la parejita que fue a España, que no son los únicos– no desalientan a los audaces. La sangría del recurso humano (como dicen los diarios), sigue y sigue. Sólo falta que, como ocurrió cuando la dictadura militar, algún gracioso escriba en un muro de Carrasco: «El último que salga que apague la luz».
También aumentaron las colas. Frente a los bancos, claro, pero también frente a los comedores y merenderos, viejos y nuevos; se han fundado muchos, la mayoría por iniciativa espontánea. Y frente a los consulados, el de España y el de Italia, sobre todo (nadie dijo si la embajada rusa tenía interesados). En el de Italia se armó casi una mini-industria. Si, como se afirma, el 40% de los uruguayos desciende de italianos, ahora es tiempo de recordar al nono. Las colas empezaron por un día, después por dos, después hubo gente que acampaba hasta 5 días frente al consulado para llegar a tener un numerito para empezar a recorrer las raíces. Por supuesto hay gente que se hace su –módico– salario vendiendo café, agua para el mate, sandwiches, y, como en Buenos Aires, apareció el nuevo oficio de «colero». Cobro tanto por guardar un lugar. Es verdad que se prefiere España, por el idioma, porque estos italianos sorpresivos no hablan en su mayoría ni jota de la lengua del Dante, pero la Unión Europea, santa ella, habilita a vivir en cualquier lado con un pasaporte de alguno de sus integrantes.
¿Todo es horrible en este Uruguay casi a finales del 2002? Un viejo lector de Brecha, el semanario donde trabajo, dijo un día cuando fue a buscar su ejemplar, después de ojear el menú del día: «Esto es lo que me gusta de Brecha. Por eso compro Brecha. Porque no trae nunca ni una sola buena noticia. Y como este país es una mierda, no puede tener buenas noticias. El que dé una buena noticia, miente».
La palabra «noticia», claro, da lugar a confusiones. Pero, a riesgo de defraudar a nuestro fiel lector, hay datos que, si bien no van a incidir nada en el «riesgo país», ni en el Investment Grade, ni en el precio de los bonos de la deuda pública, ni en las condiciones del FMI, ni en qué solución se dé a los deudores o a los ahorristas –ambos estafados, ahora resulta que militan en trincheras opuestas– dan un poco de tibieza al desengaño. Nunca, en este país que supo cultivar, en tiempos no tan lejanos, el «no te metás...» o el pedir al Estado todas las soluciones, hubo tantos ejemplos de solidaridad, por un lado, y de buscar salidas propias, por otro.
Si los comedores populares brotaron como hongos, es porque a alguien –a muchos– se les ocurrió armarlos, y no desde la opulencia sino apenas desde la vecindad. Si se mantienen pese a la escasez del Estado –hay muchos a su cargo, hay que reconocerlo, pero no alcanzan– es porque de muchos lados, desde los teatreros a los escritores, de las amas de casa a los futbolistas, desde los clubes de barrio a los comerciantes minoristas, se gestaron movimientos que los apoyan.
«Letras por kilo», «teatro por kilo», «fútbol por kilo», ... son eslóganes que movilizan a miles de personas, que arman jornadas de gente corriendo de acá para allá con su kilito de arroz o su paquete de gasas o sus contactos o su tiempo o sus propias escasas posibilidades para que esto salga mejor. Desocupados con trabajadores activos, veteranos con adolescentes o jóvenes que se «enganchan», ya no por el hombre nuevo, el futuro luminoso, la utopía, sino por el aquí, hoy, ahora, ayer, parecen desafiar esa otra tendencia, siniestra, corporativista, la del me salvo yo y los demás que se arreglen que –bajo la bandera de derechos adquiridos en arduas luchas sindicales–, también se advierten en este Uruguay–.
Desechando el escurridizo paternalis-mo estatal, por otra parte, se organizan por todos lados clubes de compra en común, para obtener mejores precios, y de canje, cada vez más organizados, más grandes, más extendidos: clases de matemáticas por un plomero, arreglos de electricidad por una niñera, duraznos por inyecciones. Y soluciones que hubieran hecho las delicias de Bakunin: para alimentar este comedor, plantemos frutas y hortalizas en ese campito que nadie usa, o que es de uno de nosotros, o que es del Estado o del estanciero pero qué importa. Una curiosa, espontánea y ya densa red de huertas por necesidad aparece en el norte, el sur, el este. No sólo aportan comida; también trabajo, organización propia, redes «de gente humana», diría el Pulga (personaje de historieta de los años 50 y 60). Con esas mallas se pueden confeccionar tejidos muy interesantes.
«Este país nació y vivió de la tierra. Por ella se salvará», dijo solemnemente uno de los animadores de este movimiento que en seguida abrazó el rechazo a los agrotóxicos y el retorno a los métodos naturales de cultivo. Quizás, Dios lo escuche (porque el gobierno no lo hará). El país nació y vivió de la tierra, es cierto, pero se las arregló para volverse urbano y clasemediero, y ahora ese esquema tan cómodo parece definitivamente herido de muerte. Las señales de esperanza parecen velitas en una oscuridad donde nadie ve el rumbo (no parece verlo el gobierno, por cierto, pero tampoco la oposición).
«¿Los países pueden morirse, como las personas?», me preguntó mi sobrino de 13 años. Pueden, pensé (pero no le dije; una tía debe ser optimista). Después de todo, aparte de los únicos interesados –sus habitantes– ¿a quién le interesa un país más chico que un barrio de Buenos Aires? En ese barrio se sigue haciendo buen teatro (malo, también), la música popular recicla con soltura inesperadas herencias –los rockeros no pueden dejar de sonar a tango, dice un crítico de música– y crece en las salas pero también en las esquinas, hay centenares de artistas plásticos que exponen en las galerías y en los cafés, y hasta los escritores y poetas dejaron de mirarse de reojo para enfrentar la «crisis» a su manera. ¡Hasta se hicieron un par de buenas películas!
No se puede contar hasta cuándo tendrá sangre suficiente, pero el cuerpo (cuerpecito, como el del Curro el Palmo de Serrat), machucado, sigue vivo.
(*) Periodista uruguaya. Escribe en el Semanario Brecha