DE LA TAPADA A LA SILICONA
Eloy Jáuregui*
Aquel Quijote de la crónica periodística, de costumbres y jijunetas; acaso nuestro Tom Wolfe del siglo XIX, y que se llamó Ricardo Palma (1833-1919) —tan omitido como monumental—, escribía en una de sus tradiciones que, allá en los tiempos del rey, el fin de año era, en la ciudad fundada por Pizarro, de lo bueno lo mejor. Que el mes íntegro se dedicaba a la jaraneta y bebendurria y que en las casas de media mampara se levantaba el altar de Purísima frente al que las jóvenes (con ganas) solteras se diferenciaban de las casadas (con más ganas) por las flores que se clavaban en el peinado. Las rosas y claveles al lado izquierdo daban cuenta de que la propietaria se hallaba en disponibilidad para admitir huéspedes en el corazón o que se encontraba pasando por un estado grávido y supremo de incontinencia (o arrechura).
Qué diferencia, damas (si las hay) y caballeros (si quedan), con las mujeres de hoy; las privadas y las públicas, quiero decir. Qué rosas o claveles ni ocho cuartos. Hogaño, hoy por hoy, uno sabe a ciencia cierta y gracias a las ciencias ocultas, cuándo una dama reclama, está regalándose, se oferta o exige emociones fuertes. Así ¡qué bien te quedó la lipoescultura! ¡Hija, qué te hiciste en los pompis! ¡Mami, seguro que tu silicona es de Estambul! Cierto, la cirugía estética arregla los cuerpos amorfos y las estructuras trajinadas. Y el Dr. Johnny Del Castillo, en su cadena de consultorios «bambas» de San Juan de Miraflores y Comas, saca grasas, mete implantes, chupa celulitis, enchapa mamas, recaucha nalgas, injerta caderas, reemplaza sebos y remacha la hipotenusa del Monte de Venus. Sus precios giran de acuerdo a sus sueños húmedos, su estado de excitación y al trance de sus feromonas. Su debilidad son las chiclayanas de pechos insolentes y grupas enyeguadas.
Para reconstruir una cirugía social entre las minorías ilustradas (las lectoras de Hola y Cosas) y las mayorías analfabetas (los mirones del Ajá y de Cueros), hay que esculturizar el cuerpo femenino nacional, glorificar su figura contra el bate y el debate de aquellos del oficio estético, los sebosos de las grasas y las gracias. Como el tristemente célebre Dr. Max Álvarez —cirujano ciruja, fogoso farragoso, impenitente impotente—, cazado en plena operación por el video de su paciente Lucy Cabrera, que pedía un culo rotundo, prominente y sexy, como el de Jennifer López —el trasero más espectacular en la historia del showbusiness universal—; luego, penetrada por el galeno a gritos contranaturales más por su pipilí de goma que por su bisturí láser. Después, el video exhibido en el programa Magaly TV para el vomitorio colectivo y ese mórbido orgasmo del vidente bajopoblano, que exige cultura y respeto por el artista nacional en la tele, y no a los enlatados tipo Los expedientes secretos X o La familia Ingalls, que eso no instruye, que no es popular, que no se come.
Lo mórbido del gusto «combi-fujimorista» se encuentra en proceso de destilación. El ex presidente del Perú, el ciudadano japonés Alberto Fujimori, dice orondo (para eso tiene su página web y su rebote hediondo en el diario «La Razón») que vuelve en el 2006 y que nadie impedirá el retorno del Baile del Chino porque para eso tiene un pueblo que lo extraña y añora su mano dura. Las elecciones municipales y regionales explican que su virus está vivo. Maquillados, disfrazados o encubiertos, los herederos del combi-fujimorismo han ganado en zonas clave. Eso habla respecto de que los clientes no han olvidado las bondades populistas y caudillistas del japonés. Los soportes del estilo pestífero y corrupto se hallan enraizados como la hiedra en los corazones de aquellos peruanos apolíticos e independientes, los que votan con la tripa negra, esa masa doméstica electoral, pérfida e infiel.
¿Peruanos del siglo XXI? Sí, los pobres del segmento P. Sí, los que nacieron y se maceraron en las pozas del estilo chicha. Sí, los desarraigados de un país inconexo y desarticulado. Sí, los que no tuvieron oportunidad para un trabajo decente, para la universidad, para una vida vitaminizada. Sí, los de los conos y los de las clases medias y los de San Borja. Sí, aquellos del «recurseo», los cachueleros y los del reciclaje. Sí, los de la technocumbia, la pollada y la tinka. Sí, los que mataron el vals, las peñas y enterraron a Chumpitaz. Sí, los que extrañan a Ferrando, exigen que liberen a Laura Bozzo y tiene tatuada a Sarita Colonia en el alma. Peruanos del taxi cholo, el fashion Gamarra y la marca chancho. Peruanos que han reinventado una lengua propia y desplazado un lenguaje oficial1.
En el refinado texto: «El río, el puente y la alameda», Raúl Porras Barrenechea afirmaba que Lima había persistido en situación original y autóctona, en lo social y estético, a pesar de las oleadas migratorias destructivas. Jamás imaginó el maestro Porras que aquella urbe hispana fundada sobre una megalópolis precolombina tenía, por nombrar a su arteria más famosa, la avenida Abancay —la calle de transfiguraciones—, a su emblema estercolero. La masa amorfa y cetrina en esta cartografía de la improvisación, avanza lentamente —un catastro al ritmo del Aserejé— entre las promesas del capitalismo Tico y las ofertas de la cultura comercial del consumo. No obstante, los mercaderes de Abancay, en el colmo del fundamentalismo liberal, han sincerado sus precios. Así, los siervos de la gleba admiten que un cuarto de pollo a la brasa, más papas, más ensalada, más gaseosa, más helado figure en la lista de parrilladas Norky’s con cascada a 5,90 Nuevos Soles. De igual modo, que en el peluquería Salón Sagitario «el maquillaje eterno» el corte de cabello esté a 2,50 Nuevos Soles y el masaje mantra-puneño a igual precio. Ni hablar de la oferta culinaria que mantiene a la fritanga (la yuca, el hígado y la maca) como ultima defensa del llamado patriotismo económico y del yantar protonativo a un Nuevo Sol. Es que esta Lima es un retrete antes que un retrato y la avenida Abancay, su herida sanguinolenta.
Y entre sus peluquerías donde uno puede ingresar como el flatulento Tongo y salir como el mismísimo Rafael Rey, se erigen las construcciones oficiales del Congreso y el Ministerio Público; los juzgados civiles, las galerías del retroceso antropológico, las fábricas del neocapitalismo apache con sus edificios del jean chancho, los edificios del posfuncionalismo utopía andina y los maniquíes Giorgio Armani y La Biblioteca Nacional, último reducto del fracaso de la educación en el Perú, el mancaje de la escuela primaria y secundaria, la profusión de las academias preuniversitarias, el cenecapismo hemorrágico, la carencia de valores cívicos, la anemia de la ciudadanía, el gran triunfo la televisión basura.
Sin embargo, de esta avenida y sus carpas, entre el ICPNA, Mesa Redonda y la calle Capón, «lo chicha» se consolidó en las playas de estacionamiento de los jirones que la cruzan; la Playa Asunción, la pionera, allí irrumpió el grupo Los Shapis en 19842, se relanzó el caldo de gallina, otrora mejunje del criollismo apachurrante de los 50 (Odría y Esparza Zañartu como Fujimori y Montesinos), sopa oficial con huevo, revitalizador de conciencias y presa angular contra la desmoralización proteica. Hoy el caldo de gallina se luce en los restaurantes 5 tenedores de Miraflores, aquellos de los gourmets de nuevo cuño. La renovada cocina bicolor, la paila novoandina, la olla del gran sur, los peroles de la independencia globalizada. Así, el sabor virreinal sintoniza con la melancolía y ésta, con los reflejos mediáticos y de finanzas. El caldo de gallina vs. combo 1 McDonald y opiniones divididas.
Y porque la nuestra no es una cocina de la abundancia ni de las carencias. Es la olla coyuntural de los antojos. La pobreza y la segregación fueron la madre del imaginario del jamar nacional. El peruano come como camina. Los negros zapateaban como las negras angolas movían las caderas, aquel batán de la sensualidad; así nació el cau cau. En la sierra hasta ahora zapatean, he ahí el origen del chairo, chupe liberador del trauma de la conquista (Atahualpa envenenado por el vino de un odre tramposo), entonces se comía más rico (reeleer Los Ríos Profundos de Arguedas). Y lo crudo y lo cocido en maridaje de las cocinas regionales. Entonces la pachamanca se «apituca». Aparecen los restaurantes campestres en Santa Eulalia y en Cieneguilla. Sus fuegos son pétreos, la edad de la piedra de una culinaria sin tiempo.
Se unen las pastas al charqui, los brócolis a la carne de alpaca, los ñoquis al cuy. Se afirman las identidades nacionales y las cocinas departamentales reclaman un lugar en las ciencias sociales. ¿Comemos igual todos los peruanos? No creo. ¿Tienes trabajo? ¿Eres informal? ¿Cuánto vale tu Audi? ¿Qué hacías tú mientras el crimen de Barrios Altos? La democracia se ve mejor solo cuando se proyecta en el menú. La cocina popular se ha fregado con las pailas del populismo y las mamás de los clubes de madres dejan las mejores presas para sus maridos. La oferta es múltiple y cruel y tiene el vómito de la corrupción. Persisten dos formas de existir. Dos conceptos de trepar al cielo dirigencial. Dos paisajes culinarios se enfrentan en un solo país y los anticuchos pican como tus ojos mi morenita, tienen bastante ají, culantro y perejil.
En el Jirón de la Unión el mistic market funciona dentro del templo de La Merced. Mendigos con la divina oferta de biblias y estampitas de San Judas de Tadeo. El Padre Urraca pelea a brazo partido contra los fans de Sarita Colonia. Y el McDonald de la esquina con Miró Quesada es una provocación para los defensores del rachi y las pancitas con choclo y papa Tomasa. En El Jironazo Andino, antro vernacular, el menú económico tiene el olor del olluquito pero es más; la oferta agarra la tendencia posmoderna: el bufet serrano, un solo precio y uno se pude atragantar en el prisma que va de un asquiento arroz con pollo, pasando por un seco con frejoles y hasta su mondonguito a la italiana. Muerden con ardor la troncha ardiente los empleados con tufo a colonia de contrabando y las secretarias del fotocheck con pinta a honrada trabajadora de Las Cucardas.
Y los pollos broster «Don Tito» en los bajos del renovado Palais Concert —¡Ah, si estuviese vivo don Abraham Valdelomar!— presenta un show con tres muchachas en ropa de baño con lentejuelas y botas de piel de chivo, bailando al ritmo de «La Bocina», tema del grupo «Alma Bella». No es cumbia ni technocumbia, ni chicha serrana. Es una suerte de Sanjuanito, aire norteño de frontera entre Perú y Ecuador, mezcla de pasillo, huayno, cumbia y salsa. Agarra al cholo y friega al negro y jode al blanco. Un género que tiene del «espaldas mojadas» mexicano —Selena en vida era una diosa coronada, más aún mitificada con su muerte— con su onda grupera, puro texmex. Esa es la onda hoy, grupos de mujeres con trajesitos y botitas y potitos remolinos: «Agua Bella», «Bella Bella» son los otros colectivos, el glamour de las cholas caderonas con harto gym y breve pelambre. El gusto ha cambiado. Y que lo diga Nilber Huarac —el zar del erotismo autóctono, el ex de July Pinedo y de Janet Barboza—. Ahora Dios es peruano y ha parido a sus vírgenes del sol, Giuliana Rengifo en Piura y Maricarmen Marín en Chongoyape. Y menciono a dos únicamente, retratadas hasta el hartazgo en las portadas de la prensa locro, «El Chino» y «El Ajá», con sus caderas y muslos y pechos alimentados por la erección nacional.
Y ahora tiene caché y pedigrí. La yerba. Devuelta por culpa de los laboratorios a su lugar protagónico, el elixir, la cura y el alma del pobre. Es remedio y devuelve la fe. La medicina folclórica a base de las pócimas de la tierra, las raíces maceradas y las hojas procesadas, tiene memoria, sana y cura. En Lima, los medicamentos de farmacia están prohibidos para las mayorías. Son caros y discriminan. Así, las enfermedades más fieras son tratadas por naturistas y curanderos desde una visión retro en un largo viaje de retorno a la misma semilla. La botica está en la naturaleza. Se ha regresado a la sábila, la maca, la uña de gato. El San Pedro, de uso mágico-chamánico, cierra heridas del espíritu y, adormeciendo los tejidos neurovegetativos, limpia de males, desinfecta, purifica y zurce. La ruda, ahora, mezclada a otros zumos del campo, se toma en el desayuno peruano a pasto. Los quioscos y los mercados ofrecen una oferta integral. Famoso es el jugo de rana viva en Puente Nuevo. El batracio eviscerado ingresa a una licuadora junto al caldo de maca y el salvado de trigo. Luego el extracto espumoso salva al tuberculoso y perdona al flácido.
Los centros naturistas tienen programa en la televisión. Entonces Janet Enmanuel, sacerdotisa de Santa Natura, recomienda desde aletas de tiburón, pasando por las algas y hasta caca de abeja reina. Todo es bueno, mientras la yuxtaposición de las visiones milenarias se apoye en el testimonio del curado. Las experiencias son válidas contadas por el sanado. Radio Santa Rosa —emisora de los dominicanos— acepta este tipo de visión. El enfermo adhiere a su fe los poderes curativos de raíces, tallos y hojas. No es suficiente el baño de asiento, hay que meterle diente al hongo y olvidarse de la clínica. Total, todo es más barato, si uno ha dejado su destino en manos del ser superior y de la mata inferior.
La cultura chicha, aquella que generó sin factura desde la década del ochenta el país anémico de institucionalidad e ingresando al vórtice de la guerra sucia, ha ganado en aceptación y sus goznes achorados y combistas se han adherido a los usos cada vez más amplios de la sociedad. Lima es el crisol de este encontrón. El nuevo milenio sumó actores y tendencias más sofisticadas3. La bisagra se da desde la yuxtaposición de poderes: Gobierno central, regional y local, hasta en la industria del espectáculo que ha desplazado a la cultura popular ahora refugiada en la esfera de los estudios culturales. Como afirma Monsiváis, el debate enconado entre multiculturalismo, pluralismo y diversidad. Lo popular se encuentra entre la tenaza del cambio de vocabulario y la atracción de las oposiciones incluir/excluir, local/global, público/privado. En resumen, la internalización (lo chicha) es un hecho que, en diversos niveles, a todos afecta. Mientras, la silicona de los pechos de Gisela Valcárcel también sirve para tapar los huecos del bolsillo y agrandar y endurecer los avances de nuestros deseos de usos cada vez más democráticos.
Notas
* Periodista y poeta. En abril del año 2003 aparecerá su libro de crónicas periodísticas Usted es la culpable, en el sello Norma.
1 Julio Hevia: Lenguas y devenires en pugna. En torno a la posmodernidad. Lima: Universidad de Lima, 2002. Hevia traslada la tensión del habla de Lima al presentar una serie de conceptos con que la posmodernidad cuestiona el funcionamiento de las esferas del poder, y aborda un conjunto de casos donde convergen las lenguas dominantes con las prácticas y usos menores que las resisten.
2 José A. Lloréns ("Reflexiones en torno a la música chicha", Cuestión de Estado, N° 24, Lima, 1999) advierte que el género ya dura casi tres décadas. Desde esa mazamorra cultural con la cumbia hasta los procesos de hibridación con el rap o el techno, Lima ha tenido que adaptarse a la vorágine atemporal. Hoy hay una chicha tierna, pegada más a los asuntos del corazón que denunciando su marginalidad. Así, Chacalón es inmortal.
3 Carlos Monsiváis: Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina. Barcelona: Editorial Anagrama, 2000. A fines del siglo XX, dice Monsiváis: «la diversidad se impone como tema de la ampliación de espacios que dan la bienvenida a la posmodernidad, se vislumbra sin precisión y con entusiasmo el multiculturalismo, la globalización moderniza (…), los intelectuales ya no son visionarios sociales sino figuras mediáticas…».