EL «Sí» DE LAS NIÑAS

Una entrevista con Juan Gasparini* , por Abelardo Sánchez León


 

¿Cómo definirías, en pocas palabras, el proyecto de tu último libro, recientemente publicado, «Las mujeres de los dictadores»?

–En muy pocas palabras, son retratos de mujeres que están vivas, vinculadas a dictadores que también lo están y que no tienen biógrafos, salvo Imelda Marcos cuya biografía aún no ha sido traducida al castellano. Hay dos excepciones, Marcos está muerto y una de las cuatro mujeres de Fidel ya falleció. Son reportajes sobre el presente que pretenden que la erosión del tiempo sea la menor posible, que podamos leerlos dentro de diez años y aún sean útiles.

De lo que se trata es de aportar elementos que permitan comprender las decisiones de los dictadores, que son los que tienen la responsabilidad penal de los crímenes cometidos.

Como toda relación humana, no se puede explicar en abstracto; entonces, hay que ver en situaciones concretas qué papel pueden haber jugado por acción u omisión o por comisión las mujeres que están al costado de cada uno de estos dictadores.

–¿Cómo trabajaste sus biografías?

–No son biografías. Son, como yo digo, retratos de ellas para entenderlos mejor a ellos. En algunos casos hubo necesidad, en otros no, de buscar entrevistas con los personajes implicados o con sus entornos, porque muchas veces los implicados no tenían intención de hablar. Son grandes reportajes, en el sentido amplio de la palabra; es decir, reportajes periodísticos en los cuales uno trata de construir un relato cronológico en el tiempo, aséptico, relatos en los que se trata de arrojar una luz distinta sobre este fenómeno.

–¿Te mueves siempre en el plano político del poder o también te interesa el afecto, la relación más doméstica que se establece entre la mujer y el dictador?

–Creo que deontológicamente los periodistas estamos habilitados para meternos en la vida privada, en la medida en que los hechos de la vida privada expliquen los de la vida pública. No hay voyeurismo en el libro, no hay nada que signifique entrar en la vida privada en forma gratuita. Si es importante explicar algunos hechos de la vida privada, sentimental o sexual de algunos de estos individuos, es para explicar hechos públicos concretamente. No hay ninguna intención de violentar la vida privada de nadie.

–Yo lo decía más bien en el sentido de saber si habría un rasgo nuevo en la personalidad del dictador en algún tipo de relación, por ejemplo, amorosa. Un amor intenso, apasionado, un lado bueno con su mujer.

–No sé si son lados buenos o lados malos. Yo no hago juicios de valor en el libro, sino trato de contar los hechos. Pero, efectivamente, en las relaciones hay —me refiero al caso de Milosevic— un aspecto sumamente importante. La dictadura yugoslava de Milosevic —pienso que la califico correctamente— era una dictadura bicéfala; es decir, Milosevic solo no podría haber hecho lo que hizo si no se hubiese formado otro partido con el cual se alió y logró conseguir el poder en Yugoslavia. Ese nuevo partido fue creado y liderado por una mujer. El JUL, por sus siglas en serbio, es una conjunción de 21 partidos neoizquierdistas y fue obra de Mirjana Markovic, novia de Milosevic desde la adolescencia y luego su esposa.

En este caso hay, en efecto, una interacción política sumamente importante entre ambos. Milosevic era un señor que no daba entrevistas, que hablaba poco en público, que no escribía; mientras tanto, su mujer, que compartía el poder, era una mujer académica, profesora, columnista de diarios, etc., con una actividad política muy intensa, lo cual invitaba a la opinión pública a leerla.

–Un poco que en este resumen insinúas tres posibilidades. Una es ella, la otra es la que se rebela y la tercera la que se pliega. En el caso de Marcos, por ejemplo, parece que ella se enamora de un Marcos y luego descubre que hay otro y se pliega. Susana Higuchi se rebela, y la tercera sería la de Milosovic, que es tan política como él.

–Efectivamente, yo traté de buscar si se comprobaba aquel eslogan un poco machista de que detrás de un dictador tiene que haber una mujer de determinadas características. No, no se comprueba. Detrás de un dictador hay un poco de todo. Sin embargo estas mujeres, por lo menos los seis casos que investigué, tienen un rasgo en común. En el momento del asalto al poder, de la instalación en el poder de los dictadores, todas ellas cumplen un rol de apoyo, de sostén, de aliento, de complicidad. Después, cuando el señor comienza a ejercer el poder, el ejercicio criminal del poder genera en estas mujeres situaciones diferentes que se resuelven de una u otra manera.

Efectivamente seducida y casada, en once días Imelda Marcos, cuando descubre el verdadero marido que tiene, vive una crisis. Ella la resuelve a su manera, se pliega a su modo, crea un espacio propio de poder dentro de la dictadura, desplaza al vicepresidente y la dictadura deja de ser una dictadura de Ferdinand Marcos para convertirse en una dictadura de los Marcos, en una dictadura matrimonial. Susana Higuchi no, ella se rebela, a su manera también, y lo enfrenta, descubre una fuerza que no le gusta y pienso que, con sus sinuosidades, de alguna manera ejemplifica una situación de rebeldía, de enfrentamiento con el poder. Otras no viven ninguna de estas situaciones sino todo lo contrario: profundizan y ahondan la condición de apoyo. En Chile, Lucía Hiriart fue una instigadora del golpe del 73. Dicho por ella misma, juega un papel muy importante en la tentativa frustrada, menos mal, de legalizar la dictadura a través de un mecanismo democrático como fue el referéndum del año 88, en el que fracasaron. Si no hubiesen perdido en el referéndum, habría habido que quedarse con Pinochet hasta el año 1997. Ante la derrota, ella incluso avizora la posibilidad de presentarse a las elecciones en 1990. La idea es abandonada, Aylwin es elegido presidente y comienza el desmoronamiento y la desarticulación del fenómeno de la dictadura que todavía no ha concluido, como todos sabemos.

Ella ha tenido actitudes críticas con Pinochet porque éste no fue lo suficientemente duro. Cuando Pinochet cede y disuelve la DINA por presión de los americanos, ella da un portazo y se marcha de la casa por varios días y va a la casa de Contreras, Jefe de la DINA, a manifestarle su solidaridad, para demostrarle públicamente que está en desacuerdo con la política de su marido.

–Habría un vínculo entre la manera como se forman las mujeres en Latinoamérica y como se comportan en el poder. Pienso en la mujer de Videla, a quien también presentas como una mujer conservadora, religiosa, y en la de Pinochet y su actividad política de derecha, capaz de seguirlo en actos criminales.

–Creo que la formación que tienen las mujeres de estos dictadores se condice con la actitud política que asumen en el momento de la dictadura. Hablaré, por ejemplo, de algunas mujeres que seguí, cuya formación tiene mucho que ver con la actitud que tomaron. La familia de Alicia Hartridge de Videla pertenece a la oligarquía argentina; su padre, Hartridge, de origen británico, pertenecía a aquel sector de la clase dirigente argentina que a fines del siglo pasado exterminó a los indios y en este siglo exterminó a los que podían representar lo mismo que los indios representaron en aquella época, es decir la oposición, la negativa a aceptar el poder dominante, injusto y oligárquico.

Mirjana Markovic es el prototipo de la mujer de los regímenes comunistas, los cuales expresan el totalitarismo de otra manera. El ejercicio del poder de los Milosevic, la voluntad de desplazar, de anular, de aniquilar a la oposición, manifiesta la intolerancia hacia adversario, donde la resolución de las contradicciones se concreta en la eliminación del adversario. Es un poco la misma cosa. Entonces, en el caso de las mujeres que tuvieron una influencia cultural importante de sus ancestros, de sus familias, creo que hay un alimento ideológico que expresa su actitud como adultas, siendo ya mujeres de dictadores.

–La educación religiosa conservadora de esa época —hasta el día de hoy— de las mujeres latinoamericanas explicaría su posición de derecha en la política.

–En mi libro no hay conclusiones, sino cuento retratos concretos. En el caso de la mujer de Videla sí, en efecto, recibió una formación católica de derecha. Creo que ese catolicismo acérrimo, mentiroso, de Alicia Hartridge tiene un antecedente en Carmen Polo de Franco. Ambas fueron impermeables a la clemencia, vinculadas a una amnesia sobre la realidad y ligadas muy estrechamente a una negativa de la existencia de los crímenes que se estaban perpetrando. El punto común entre estas dos mujeres que vivieron en geografías distintas y en períodos diferentes es justamente ese catolicismo de derecha que le hace decir hoy a la Videla, por ejemplo, que está atravesando un «valle de lágrimas» —lo que también diría la Franco—, pero que algún día llegará el reconocimiento político de todo el bien que le han hecho a la República Argentina.

–Y en el caso de Susana Higuchi y Fujimori habría también un elemento cultural: su ancestro japonés, oriental, la noción de la geisha.

–Yo veo un elemento, no en ella sino en él. A mi juicio, hay una similitud como percepción, desde mi mirada externa, sobre la dictadura de Fujimori, en la cual él se somete a determinadas condiciones que sicológicamente —supongo— él considera humillantes, es decir: me caso con una mujer que profesionalmente es superior a mí, una mujer más rica. En las empresas económicas que emprendieron como pareja, ella descollaba mientras él jugaba un papel secundario; ella era mucho mejor ingeniera hidráulica que él ingeniero agrónomo y de la familia de ella es de donde surge el millón doscientos mil dólares que es un elemento importante en la campaña electoral.

Desde su óptica él diría, me someto a todo esto, acepto como una humillación la superioridad de mi mujer, y ahora que llegué a lo que quería conseguir —porque lo soporté para conseguir un fin superior que era el gobierno— tomo mi venganza, traiciono, lanzo toda la fuerza del poder contra ella.

–El matrimonio de Fujimori no habría sido feliz desde que estuvo en el poder. Los peruanos tienen la imagen idílica de que sí lo eran cuando salían a la playa a pescar con sus cuatro hijos. El poder habría alejado a Fujimori de su esposa y de su familia. También se cree que Montesinos es el que le dice «hay que sacarla» porque le incomoda y que Fujimori no manejaba la situación. Existe la doble versión de un Fujimori fuerte y uno débil, incluso se insinúa algún grado de homosexualidad latente entre Montesinos y Fujimori, no sé si real, pero dormía en el SIN, tenía su cuarto ahí, había una relación muy cercana, horas conversando, planes juntos, como un matrimonio, una pareja, ¿no?

–El comportamiento de él en el matrimonio con Susana Higuchi es similar sicológicamente a los otros. Me resisto a creer que las conductas de estos individuos son determinadas por otros individuos. Creo que la responsabilidad política y penal es total y absolutamente individual por parte de Fujimori y por parte de los otros. Pienso que las decisiones son tomadas por él, las toma por determinada conveniencia, por una situación sicológica concreta, etc., etc.

–La dictadura siempre ha estado vinculada, por lo menos en América Latina, con lo militar, con la lógica militar, jerárquica. Hay un paralelo entre esa lógica jerárquica y una mentalidad femenina latinoamericana.

–Yo no he encontrado ese paralelo. Efectivamente, las dictaduras están emparentadas con el funcionamiento militar, son sostenidas por poderes militares; todas surgen de situaciones de crisis sociales y para resolverlas se encuentra una solución a partir de la violencia. Estas crisis sociales generan dictaduras de dos tipos, algunas son progresistas y van en el buen sentido de la historia, pero después se transforman en otra cosa: Lenin, Nasser, Fidel Castro. Y también hay dictaduras que surgen de esas crisis, pero para frenar los cambios, para impedir salir de la situación en la que se está: Franco, Ríos Montt y , Pinochet son claros ejemplos al respecto.

¿Dónde encuentra mejor acogida la canalización posterior de todo eso? Efectivamente, el poder piramidal, la concentración del poder en la cúspide, la decisión absoluta y definitiva en una persona, se condicen mucho más con una lógica de tipo militar que con una de tipo civil, en la cual el poder tiene que ser compartido, donde un espacio del poder puede pensar una determinada cosa, pero en la división de poderes puede darse un debate, contradictorio quizá, pero un debate al fin. Las situaciones de dictadura reniegan de ese poder, tienden al partido único, no hay libertad de prensa ni de expresión e independientemente de las fachadas institucionales existe un poder autoritario.

–En los años 60 y 70 hubo una nueva generación de mujeres que fue en otra dirección, ¿no? Era la época del hippismo, la droga, Woodstock, la independencia. Nada de eso está en estas mujeres. ¿En todo caso insinúas que está en las hijas de Pinochet?

–Las hijas de Pinochet no tienen nada que las emparente con el movimiento de la revuelta ni nada que ver con el movimiento hippie al que aludes, sino con el movimiento represivo contra todo esto. Ellas forman parte de las compañeras de militares que vieron el tema del comunismo, la subversión y el terrorismo —como se llamaba en aquella época, independientemente de la connotación que se le dé a esa palabra hoy— como un peligro. Son mujeres que han estado enfrentadas con los cambios que tienen relación con el progreso social.

–¿No hay un conocimiento público de la vida afectiva de Fidel Castro, el lado privado?

–Él ha dicho públicamente que se ha dado una gran libertad para su vida con las mujeres, pero a su vez con un alto grado de secreto; es su concepción de vida y la ha impuesto, dado que él ejerce el poder de forma omnímoda en Cuba. El papel de primera dama ha sido confiado a la presidenta de las mujeres cubanas, que es la esposa de su hermano Raúl Castro.

A pesar de él, las historias con sus mujeres han trascendido a raíz de los escándalos que han originado algunas de ellas. Cronológicamente, a partir de los casos que se han hecho públicos, creo que hay cuatro mujeres que marcan la vida de Castro en determinados períodos. Mirta Díaz Valer es su primera esposa, con la cual se casa, muy joven, entre el 48 y 55. Es el dirigente estudiantil que estaba por abrirse paso en la política pero que ya tiene esa gran libertad en su vida sentimental y afectiva, porque es paralelamente que tiene esta relación marital con la hermana del viceministro del Interior de la dictadura batistiana. Tiene una relación con una amante, Natalia Revuelta, una mujer casada madre de una niña fruto de su matrimonio legalmente constituido y que también tiene una hija con Fidel Castro. Estas dos mujeres signan su vida en aquella época hasta el asalto al Moncada y la época de la prisión, si bien hay otras dos aventuras fugaces que dan lugar al nacimiento de dos hijos que han sido reconocidos por Fidel.

La tercera mujer, Celia Sánchez, es la mujer de la guerrilla. Él la conoce en el monte y es un poco su gran cómplice ideológica, además de compañera sentimental. Creo que esta última es la mujer del reposo del guerrero, con la que él tiene por primera vez una vida matrimonial y familiar medianamente estable, un lugar físico donde convivir, donde tener los hijos.

La vida anterior de Fidel Castro fue muy alocada, tenía relaciones con mujeres pero podían ocurrir en cualquier lugar. Él ha impuesto este secretismo a tal punto que hay un solo documental en la televisión cubana donde se dice que Fidel Castro está casado con una señora que no se sabe quién es y que tiene siete hijos, que en realidad son los cinco con esta señora y los dos reconocidos de sus matrimonios anteriores, a los que nosotros en el libro agregamos estos dos más que han sido reconocidos legalmente por él. Uno es Jorge Ángel Castro, que es fruto de una relación efímera con una compañera de militancia del movimiento 26 de julio a fines de los 40 y comienzos de los 50, y la otra Francisca Pupo, que es fruto de una noche y vive hoy en Miami y que nunca se metió en política. Esta muchacha, hoy una mujer de 50 años, se presentó a un sorteo de visas para ir al exterior que todos los meses realiza la Oficina de Intereses de los Estados Unidos y ganó y se fue. Ha reconocido ser hija de Fidel, éste no lo ha desmentido y esto ha quedado...

–¿Qué luces puede dar tu libro a los latinoamericanos? ¿Qué pueden entender de esta tradición de dictaduras y de dictadores a través de tu libro?

–Creo que las mujeres de todos ellos, la filipina, la yugoslava, las latinoamericanas, que son las seis a las que me he referido, juegan un papel en la medida en que estos dictadores son seres humanos que obviamente buscan —lo consigan o no— un sostén sicológico, afectivo, sentimental para realizar sus crímenes. No hay un papel tipo, cada una de ellas juega un rol determinado, conflictivo o no, con el dictador, porque el dictador puede tomar medidas que encuentran oposición en ellas, lo que forma parte de todo universo individual. No hay que pensar que los señores que llevan adelante las dictaduras no son seres humanos. Creo que dentro de cada uno de nosotros late un criminal. Nosotros pudimos haber sido los genocidas de Ruanda; ocurrió en África, pero pudo haber ocurrido aquí. Creo que la respuesta al porqué los seres humanos cometen esa clase de cosas forma parte de una búsqueda en la que consumiremos nuestras vidas y las próximas generaciones seguirán tratando de aportar elementos para entender por qué, en determinadas condiciones, los seres humanos pueden llegar a tener comportamientos de este tipo. No son específicos de América Latina, sino son propios de la condición humana.

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(*) Periodista argentino radicado en Suiza. Estuvo en Lima para presentar su libro Las mujeres de los dictadores.

 

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