Las corridas de toros en el Perú ¿son un espectáculo popular?

Raúl Aramburú Tizón*


 

Existe, entre algunos aficionados taurinos y, por supuesto, entre aquellas personas que no presumen de serlo, la absurda creencia de que la fiesta de toros en el Perú se circunscribe a la plaza de Acho y su Feria del Señor de los Milagros. Nada más lejos de la verdad.

Si bien es cierto que las festividades taurinas de octubre en Lima, su más que bicentenario coso —Acho es la tercera plaza del mundo en antigüedad solo superada, y por muy poco tiempo, por la de Sevilla y alguna otra de España— y su feria del Cristo Morado —una de las de más prestigio del mundo taurino—, constituyen un acontecimiento de relieve y máxima importancia entre todas las que se celebran en el ámbito taurino mundial, no es menos cierto que la fiesta de la lidia y muerte de toros bravos es un ritual profundamente arraigado en el acervo cultural del poblador peruano desde sus inicios, quinientos años atrás. Al punto que no es ni descabellado ni exagerado afirmar que en el territorio nacional se celebran durante el año aproximadamente cuatrocientos festejos taurinos. Es decir, casi uno y medio por día. ¿Sorprendidos? Sí, es probable, pero es la pura verdad: las corridas de toros son en nuestro país, sin el menor asomo de duda, el espectáculo al que más peruanos asisten y el que más presencian durante el año. Más, mucho más, que los partidos de fútbol.

Lo que sucede es que para entender este fenómeno, debemos remontarnos en la historia y hurgar en los orígenes. Eso intentaremos.

LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES

La tauromaquia llegó al Perú con las huestes conquistadoras. Los guerreros españoles, una vez asentados en lo que llamaron el Nuevo Mundo, introdujeron y procuraron instaurar en la vida cotidiana de los autóctonos sus propias costumbres.

Y no sólo los usos que ponían en práctica en su ámbito privado, sino también las actividades que servían de marco a su quehacer público. Fue por ello que junto con la imposición de sus creencias religiosas, el idioma, su música y bailes, los nuevos cultivos, el uso de los equinos —desconocidos hasta entonces por el poblador de estos lares— y tantas otras innovaciones de práctica común en la lejana península, llegaron a estas tierras los festejos taurinos, expresión heroica, ritual, autóctona y auténtica del alma española.

LA DIFUSIÓN DE LAS CORRIDAS EN LOS TERRITORIOS CONQUISTADOS

Esta costumbre de correr toros y alancearlos desde el caballo —por aquella época el toreo a pie estaba en sus inicios— tuvo mayor repercusión en ciertas áreas específicas de la muy vasta expansión del dominio español. Si bien se implantó en todas las extensiones conquistadas —sabido es que hubo toros hasta avanzado el siglo XX tanto en Cuba como en el norte de Chile, Montevideo, Buenos Aires y Centroamérica, especialmente en Panamá—, lo cierto es que tuvieron mayor arraigo en los virreinatos de Nueva España (México) y Nueva Castilla (Perú), donde inclusive adquirió matices nacionalistas con aportes propios (la Suerte Nacional o el capeo a caballo, contribución peruana, es buen ejemplo de ello).

En esta simbiosis costumbrista, que en un principio se limitaba al juego alardeante de los caballeros de alcurnia alanceando toros desde sus bellamente enjaezadas cabalgaduras (ayudados por sus lacayos que burlaban las acometidas de los bureles... a pie y con la utilización de sus capas, verdadero inicio del toreo moderno tal y como se conoce hoy en día), juegan papel importante tres elementos fundamentales: los toros bravos, los caballos y las plazas centrales de las poblaciones que servían de escenarios para estos eventos.

EL ARRIBO DEL GANADO DE LIDIA AL PERÚ

Tal y como se consigna en el libro La Fiesta Nacional, el primer desembarco de ganado bravo en la caleta del Callao ocurrió en setiembre de 1536 desde el bergantín español San Antonio. Y si nos atenemos a lo que nos enseña nuestro tradicionalista Palma, la primera corrida de toros que se llevó a cabo en Lima data de 1538 y sirvió de celebración de la victoria de los ejércitos del Marqués sobre los almagristas. Años más tarde, en 1540, fue el propio Francisco Pizarro el que alanceó con mucho éxito un toro en uno de los tres festejos realizados en la Plaza Mayor de Lima con motivo de la consagración de los óleos de parte del obispo Vicente Valverde. Así queda demostrada la llegada casi simultánea de los conquistadores junto a la raza bovina brava que luego se extendió por todos los territorios conquistados. En 1543, por ejemplo, don Hernando de Aguilar la introdujo en Arequipa y don Antonio Altamirano en las escarpadas tierras cusqueñas.

No es sino hasta 1568 en que la Compañía de Jesús, al inicio de su larga influencia en los avatares políticos y sociales del virreinato, trajo desde España un lote de reses navarras de gran agresividad, destinadas más que nada a fungir de guardianes de sus vastísimas propiedades, y que con el tiempo se convirtió en la primera simiente seria de crianza de toros bravos en nuestra tierra. Es por eso que a los jesuitas se les considera los primeros ganaderos de lidia de la historia del Perú, aun y cuando su propósito —al menos el principal— no era ni por asomo el de fomentar las corridas.

LA PRESENCIA DEL CABALLO EN LA LIDIA

Desde el siglo XV en que se inicia la práctica de este «juego con toros» hasta las primeras épocas del siglo XVIII, la tauromaquia consistía básicamente en la habilidad de un jinete —generalmente un caballero de alcurnia, un hijodalgo o noble— para sortear y alancear desde su caballo a un toro bravo. Lo hacía por mero deporte, lucimiento personal, alarde de valor, diversión, o por último adiestrándose para la guerra (que era en realidad su principal ocupación) y le ayudaban, como ya se ha dicho, el peonaje que corría y burlaba los toros a pie. Esta jerarquía del protagonismo en el espectáculo se invierte con el tiempo y aquellos hombres a caballo, personajes centrales de la lidia en sus inicios, fueron, con el tiempo, el preludio de los picadores y la suerte de varas en las corridas modernas. El caballo, desconocido en el incanato e introducido en América junto con la conquista, resulta así un elemento primordial del espectáculo.

LAS PLAZAS MAYORES

La organización urbana de las ciudades que se construyeron durante el virreinato y de ahí en adelante, giraba alrededor de la plaza central o Plaza Mayor —ahora Plaza de Armas—, cercada por la residencia del gobernador, el Cabildo y la Catedral. Servía de mercado por las mañanas y luego de centro de reunión y lugar de ocasionales celebraciones en lo que restaba del día. Antes de que se utilizaran los cosos desmontables y se edificaran las plazas de toros fijas, fueron escenarios de las fiestas populares y en ellas se corrían y alanceaban toros.

En Lima, por ejemplo, cuando había festejo taurino, se cerraban con talanqueras y graderías las bocacalles de Bodegones, Mercaderes, Mantas y Pescaderías; el toril se ubicaba en la calle de Judíos y las localidades restantes, luego de adjudicar las más importantes a los personajes de relevancia —el virrey y su corte, autoridades seglares y eclesiásticas y demás—, se alquilaban para cubrir los gastos de las obras.

LA FIESTA DE TOROS Y LA DEVOCIÓN RELIGIOSA

Conocido es que los conquistadores, hombres de profunda convicción católica, encomendaban siempre —y así justificaban por cierto— sus acciones guerreras a Dios, a los santos y a toda la corte celestial. Es por ello que en el proceso fundacional de las ciudades del virreinato está siempre presente un icono religioso que luego se convertía en el Santo Patrón, protector de esa ciudad. Esta costumbre se mantiene hasta nuestros días y cada localidad, pueblo o villorrio del Perú tiene su patrono al que la población celebra al menos una vez al año, generalmente durante las fechas de conmemoración de la fundación. El Apóstol Santiago en los pueblos de Ayacucho, la Virgen de la Puerta en Moche, San José en Trujillo, la Virgen del Carmen en Celendín, San Juan Bautista en Chota y Cutervo y tantos otros cuyas imágenes salen en procesión durante sus ferias, que es cuando reciben el sentido homenaje y la profunda veneración de sus devotos, los pobladores del lugar. Y desde tiempos inmemoriales dichas celebraciones contienen como fin de fiesta y en homenaje al Patrón, las corridas de toros. Se creó así un lazo costumbrista indisoluble —luego transformado en tradición cultural— entre la celebración religiosa anual y los festejos de toros como parte ineludible de las fiestas de aniversario (y algunas otras). En la actualidad esta coincidencia subsiste como costumbre tradicionalista a lo largo de todo el territorio nacional.

LA MODERNIZACIÓN DEL TOREO, DEL SIGLO XVIII A NUESTROS DÍAS

Lo que se inició como un alarde ecuestre de valor y destreza de las clases nobles españolas con la asistencia, como se ha explicado, del peonaje de a pie, empieza a revertirse con la llegada al trono español de Felipe V, el monarca francés. A partir de 1700, año de la ascensión al trono del nieto de Luis XIV, primer Rey de España de la Casa de Borbón, la alta alcurnia española se afrancesa y deja de lado muchas de las prácticas cotidianas de diversión, entre ellas el juego de lidiar los toros bravos, con lo que el toreo pasa al dominio de las clases populares que mantienen vivo el culto y la afición por la lucha contra los toros y lo hace a pie, cuerpo a cuerpo, con la espada. Surgen entonces, paulatinamente, las figuras descollantes de esta práctica y el espectáculo poco a poco se moderniza y reglamenta bajo la férula de las Maestranzas de Sevilla, Ronda y Granada, que a su sombra hacen surgir las primeras grandes figuras del toreo a pie a mediados de ese siglo.

Como en los virreinatos americanos se emularon desde siempre los usos y costumbres de la Corte, en estas tierras se operó el mismo fenómeno en lo que respecta a las corridas: a partir de la segunda mitad del siglo XVIII empiezan a llegar toreros españoles de a pie, ya para entonces profesionales aunque de baja categoría y sin oportunidades en su tierra, que se convirtieron en los precursores del arte del toreo en América, un fenómeno que se propaló rápidamente a lo largo de todos los territorios conquistados. Los émulos autóctonos de estos precursores empezaron a surgir, y el toreo se instauró también es esta parte del mundo como práctica exclusiva de las clases populares en un proceso de desarrollo y modernización que dura hasta nuestros días.

DESDE LIMA HACIA EL INTERIOR DEL PAÍS

A partir de la edificación de la plaza de Acho en 1766, y por el mismo proceso de imitación, surge entonces la necesidad de contar en los pueblos del interior con plazas fijas, de material noble, donde pudieran llevarse a cabo las corridas de toros conmemorativas de las fechas más importantes de cada ciudad. Es por ello que es difícil encontrar en estos tiempos alguna ciudad, pueblo o simple villorrio del interior que no cuente con una plaza, y allí donde no la hay se improvisa, ya sea una desarmable o el acondicionamiento de la Plaza de Armas del lugar para estos acontecimientos de celebración. En nuestro país existen en la actualidad más de ciento diez plazas firmes —sin contar Acho— y algunos ruedos improvisados en los que todos los años se realizan festejos taurinos con motivo de las fiestas patronales de sus ciudades o pueblos de locación.

LOS TOROS EN LAS PROVINCIAS DEL PERÚ

En la época actual y como producto del proceso descrito, ya lo hemos señalado, se dan centenares de corridas a lo largo del territorio de nuestro país en un culto que ha pasado a formar parte indisoluble de la expresión cultural de nuestro pueblo —entendida la cultura de un grupo étnico, como la transmisión oral o escrita de sus usos y costumbres a través de las generaciones—, que además le ha dado en diferentes aspectos aportes propios y la ha hecho suya, al punto de que a la fiesta de toros en el Perú se le conoce, con toda justicia, como la Fiesta Nacional.

Hagamos un viaje imaginario por el periplo taurino peruano para hacernos una idea más clara de lo antes descrito. Y si lo hacemos cronológicamente debemos mencionar como punto de partida la hacienda azucarera Tumán, al norte, donde hasta hace muy poco se daban toros el primer día del año. Como la bella placita está aún en pie, es probable que en muy corto tiempo esta costumbre auroral se restablezca y allí se celebre el año nuevo con una corrida de toros, como antaño. En febrero, el día 7 y todos los años, se reabre la plaza de Paiján (La Libertad), donde es tradicional celebrar el día de la ciudad con una corrida; y en el balneario de Las Delicias de Trujillo el homenaje al día de San José, el 19 de marzo, tiene como festejo central no sólo un festejo de toros, sino la tradicional pamplonada cuando reses bravas se corren por las calles al mejor estilo de la ciudad Navarra, oportunidad para que lugareños y visitantes —que se cuentan por miles— prueben su valor y arrojo.

Para Semana Santa se ha instaurado como costumbre organizar un festejo en Las Palmas, moderno balneario situado a cien kilómetros al sur de Lima. Allí se ha reconstruido una antigua plaza y se dan también toros todos los años. Y durante el mes de mayo hay fiesta en Sucre (Cajamarca), donde el entusiasmo de sus pobladores hace que por esas fechas adornen sus festividades con varios festejos taurinos.

En junio destacan dos nombres: Chota y Cutervo. En la plaza El Vizcaíno de la capital chotana —la de mayor aforo de cuantas existen en el Perú (descontando Acho), con aproximadamente 10 000 localidades— se dan, los días 24, 25 y 26 de junio tres corridas en homenaje a San Juan Bautista, patrón de la ciudad, y con toreros que vienen de diferentes latitudes incluyendo España y México. Otro tanto ocurre en Cutervo, cuya feria es la más extensa del país y la conforman hasta siete festejos taurinos seguidos, donde también alternan matadores nacionales y extranjeros. En Huasahuasi (Tarma) hay toros el Día del Indio y las fiestas del Corpus Christi son motivo de celebrar corridas en muchos pueblos de la sierra, principalmente en el departamento de Cajamarca.

En Fiestas Patrias se intensifica la actividad taurina en los pueblos del interior del Perú. Huancayo, en la sierra centro; Chiclín, en Trujillo; Bambamarca, en Cajamarca; Quiruvilca y Santiago de Chuco, en la sierra de La Libertad; Celendín y sus fiestas en honor a la Virgen del Carmen; Lachaqui, en la sierra de Canta; Pausa, en Ayacucho y muchos más, son algunos de los numerosos ejemplos de actividad taurina que se llevan a cabo durante el mes de julio.

Siguiendo con nuestro imaginario recorrido por el mapa taurino de nuestro país, nos topamos con la Feria de la Primavera en Trujillo. La tradicional plaza de la capital liberteña —donde se dan muchos festejos a lo largo del año— es escenario central de al menos una corrida como fin de fiesta una vez culminadas las tradicionales celebraciones de setiembre, y en ella alternan, muchas veces, connotadas figuras del toreo internacional.

¿Sabía usted, amigo lector, que en setiembre la ciudad de Canta rinde devoción al Mariscal Chaperito con hasta tres festejos taurinos? ¿Y quién cree usted que es este personaje? Pues ahí va la histórica anécdota: cuando las huestes chilenas —a fines del siglo XIX, durante la Guerra del Pacífico— pretendían ingresar a Lima entrando por la sierra norte y prestos a invadir y saquear la ciudad de Canta, divisaron desde las alturas la numerosa procesión de la Virgen de la Natividad y el Niño Chaperito, así bautizado el niño Jesús por los pobladores del lugar. Los chilenos creyeron que tamaña multitud era un reagrupamiento de las fuerzas patriotas, por lo que optaron por cambiar de ruta y así Canta no fue ni invadida ni saqueada. Los canteños, agradecidos, decidieron ascender al niño Chaperito al grado de Mariscal y desde entonces sale en procesión la sagrada imagen engalanada con uniforme y charreteras acorde con su «rango» militar.

Pero sigamos. Entre setiembre y octubre destacan las fiestas de Hualgayoc (Cajamarca), donde el intenso frío es un espectador más, así como las tradicionales fiestas de Carhuaz (Ancash), a fines de mes. Se suman San Miguel, Santa Cruz y Cajabamba, todas ellas ubicadas en las sierras cajamarquinas, y en el norte de Lima hay toros con motivo de las fiestas, por esas fechas, de Huaros, Pariamarca, Carhua y Culuhuay.

La lista, sin exagerar, se hace interminable y por eso es que en este resumen quedan señaladas solo las más importantes ocasiones de fiestas taurinas en el Perú.

Lo que sí ha quedado claro, espero, es que difícilmente los pueblos del interior conciben sus festividades patronales sin el ingrediente de una corrida de toros. Ahora, visto este panorama, cabe la pregunta inicial: en el Perú ¿la fiesta de los toros es una expresión popular?

Usted, amigo lector, tiene la respuesta.

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(*) Ingeniero de profesión. Colabora en Expreso escribiendo sobre asuntos taurinos.

 

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