- El protagonista de la novela es un
viejo, personaje poco frecuente en la literatura peruana donde
abundan sobre todo adolescentes y jóvenes. ¿Por
qué escogiste a un personaje así?
- La novela transcurre en varios períodos de la vida
del personaje, pero sobre todo en la vejez. En realidad, los
viejos que he conocido han sido mi mamá, mi papá y
algunos parientes cercanos. Y cuando uno no los frecuenta y los
vuelve a ver reconoce el olor de la vejez, que es un olor
deprimente. El personaje, sin embargo, es un viejo joven; no
sólo recuerda su vida de joven sino que se trata de un
viejo bien conservado.
- ¿Con una actitud vital?
- Exacto. Está enamorado, tiene sentido del humor y
quiere postergar la muerte.
- ¿El tema de la novela es el deterioro corporal?
- Es uno de los temas. La vez pasada Giovanna Pollarolo me
preguntó si podía resumir en dos líneas mi
novela y le dije que la historia es de un viejo nadador que nada
para postergar la muerte. Esa es su obsesión. Ahora,
¿la historia, la trama? En mi caso se trata de un defecto,
pero no tengo trama.
- ¿Cómo comienzas a escribir?
- Comienzo a escribir en la noche, en el laberinto de la
noche. La cultura del laberinto es la cultura de la oscuridad,
uno tiene que seguir siempre adelante aunque no sepa
adónde está yendo, y nunca puede retroceder. Tiene
que avanzar. Así escribí la novela.
- ¿De qué partiste primero: de una idea, de una
escena, de una imagen del viejo?
- La novela se fue armando en el transcurso de la escritura;
lo que sí había primero era un vinculo profundo con
la natación. Mis hijos han nadado, yo he nadado
traumáticamente, en mi familia es inconcebible que alguien
no haya nadado nunca.
- ¿Tu padre?
- No, mi padre es una excepción. Nunca lo vi nadar,
aunque sí en el mar. Las primeras escenas que se me
ocurren, con las cuales se abre la novela, se producen en un
hotel en Fort Lauderdale, Estados Unidos. Se trata del viejo que
viaja para nadar en una piscina.
- Tu primera novela transcurre en Lima y se trata de una
disección de la ciudad y sus personajes, en la misma
línea de Conversación en La Catedral; digamos que
de alguna manera se relaciona con lo sociológico. En
cambio ésta tiene otro punto de partida. ¿Es
más intimista que la anterior?
- Es más intimista en el sentido de que hay un gran
personaje que va de la primera página a la última.
No hay momento en la novela en que no esté ese personaje;
en eso se diferencia de la otra. En eso creo que he madurado y
aprendido. Pero es una novela que también transcurre en
Lima, así como en Estados Unidos y en Berlín.
También he aprendido que uno no debe quedarse en los
detalles porque el lector de ahora viene del cine, entonces los
detalles no le interesan. No la escribí pensando en eso,
lo digo como conclusión después de haberla escrito.
Y lo sociológico está si uno quiere leerlo. La otra
novela, como me dijeron algunas personas, tenía
páginas parecidas a ensayos. Eso sí está
mal. Aquí he tratado de que lo sociológico
esté en los personajes, en la situación y no en la
opinión de un narrador.
- ¿Por qué motivo cambiaste de la tercera a la
primera persona en la narración? Esto parece irrelevante
para los lectores no especializados, pero es importante en la
medida que el uso de la primera persona gramatical te involucra
más, tanto como lector que como autor.
- Probablemente ese cambio se debía a que
todavía no sabía cómo escribir. Poco a poco
dentro de ese desorden fui descubriendo que ese cambio le daba
una variación a la novela porque le pasaba la pelota a la
otra persona. En este libro me he soltado mucho más. Lo he
escrito con el hígado y con el corazón, sobre todo
con el corazón.
- ¿Otro de los temas de la novela son las relaciones
filiales?
- Los lectores de PEISA dicen que es el argumento central. Ese
diálogo entre el hijo y el padre.
- ¿Y de alguna manera la natación es lo que
vincula al hijo con el padre?
- La novela está armada así. No sólo
entre el padre-nadador y el hijo, sino incluso con el padre del
nadador, esto es, el abuelo. Se trata de un padre distinto al
mío. Este es un padre exitoso, realizado, fuerte y digno;
el mío también, pero no a través del deporte
sino de la vida intelectual. Es una recreación. Esa es la
maravilla y el placer de la narrativa.
- ¿Escribir te produce placer o te desgarra?
¿Qué sentiste con esta novela?
- Si no hubiera escrito esta novela no sé qué
hubiera sido de mí; esta novela me ha acompañado
muchísimo durante ese período tan duro del 94 al
95.
- En la actualidad hay una obsesión por el cuerpo y por
evitar la vejez. ¿Esta novela es una propuesta de
cómo entender a la vejez con dignidad?
- En esta novela el personaje es un deportista, por lo tanto
se diferencia de aquel hombre que hace aeróbicos o corre
sólo por lucir bien o por salud. En este caso el
deportista no nada por salud o por sentirse bien, sino por una
motivación más angustiante: él no se mete a
la piscina para bañarse sino para enfrentarse consigo
mismo. Yo no me imagino a este personaje dando vueltas alrededor
de El Golf, ni con buzo ni con zapatillas. Es más,
él nada solo. La natación es un diálogo con
uno mismo. La motivación no es estar bien, ni siquiera
sano (que es la de esta cultura light o anticolesterol),
sino que se trata de un desgarramiento interior.
- ¿El enfrentamiento se da por una especie de competencia
con uno mismo?
- No tengo respuesta. Toda la novela juega también con
el absurdo: el esfuerzo de hacer un récord que a nadie le
importa, que ni siquiera halaga la vanidad del nadador. Los
esfuerzos son tan personales que ni al vecino le
importan.
- Y ahí está la soledad.
- Si, ahí está la soledad. No porque nade solo
sino porque su esfuerzo no tiene mayor trascendencia. Incluso
algunos se burlan de lo que hace: ¿A quién quiere
demostrar este viejo qué cosa?
- ¿Cuándo está más solo el nadador,
cuando gana o cuando fracasa?
- Cuando está fuera de la piscina. Cuando está
en la vida.
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